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CARTA ENCÍCLICA
CARITAS IN VERITATE
DEL SUMO PONTÍFICE
BENEDICTO XVI
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
A TODOS LOS FIELES LAICOS
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD
SOBRE EL DESARROLLO
HUMANO INTEGRAL
EN LA CARIDAD Y EN LA VERDAD
INTRODUCCIÓN
1. La caridad en la verdad,
de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y,
sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza
impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la
humanidad. El amor —«caritas»— es una fuerza
extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con
valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz.
Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad
absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el
proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en
efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta
verdad, se hace libre (cf. Jn 8,32). Por tanto, defender
la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla
en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad.
Ésta «goza con la verdad» (1 Co 13,6). Todos los hombres
perciben el impulso interior de amar de manera auténtica; amor y
verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocación
que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser
humano. Jesucristo purifica y libera de nuestras limitaciones
humanas la búsqueda del amor y la verdad, y nos desvela
plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de vida verdadera
que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la caridad en
la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una
vocación a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto.
En efecto, Él mismo es la Verdad (cf. Jn 14,6).
2. La caridad es la vía
maestra de la doctrina social de la Iglesia. Todas las
responsabilidades y compromisos trazados por esta doctrina
provienen de la caridad que, según la enseñanza de Jesús, es la
síntesis de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40). Ella da
verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el
prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como
en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de
las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y
políticas. Para la Iglesia —aleccionada por el Evangelio—, la
caridad es todo porque, como enseña San Juan (cf. 1 Jn
4,8.16) y como he recordado en mi primera Carta encíclica «Dios
es caridad» (Deus caritas est): todo proviene de la
caridad de Dios, todo adquiere forma por ella, y a ella tiende
todo. La caridad es el don más grande que Dios ha dado a los
hombres, es su promesa y nuestra esperanza.
Soy consciente de las desviaciones y la
pérdida de sentido que ha sufrido y sufre la caridad, con el
consiguiente riesgo de ser mal entendida, o excluida de la ética
vivida y, en cualquier caso, de impedir su correcta valoración.
En el ámbito social, jurídico, cultural, político y económico,
es decir, en los contextos más expuestos a dicho peligro, se
afirma fácilmente su irrelevancia para interpretar y orientar
las responsabilidades morales. De aquí la necesidad de unir no
sólo la caridad con la verdad, en el sentido señalado por San
Pablo de la «veritas in caritate» (Ef 4,15), sino
también en el sentido, inverso y complementario, de «caritas
in veritate». Se ha de buscar, encontrar y expresar la
verdad en la «economía» de la caridad, pero, a su vez, se
ha de entender, valorar y practicar la caridad a la luz de la
verdad. De este modo, no sólo prestaremos un servicio a la
caridad, iluminada por la verdad, sino que contribuiremos a dar
fuerza a la verdad, mostrando su capacidad de autentificar y
persuadir en la concreción de la vida social. Y esto no es algo
de poca importancia hoy, en un contexto social y cultural, que
con frecuencia relativiza la verdad, bien desentendiéndose de
ella, bien rechazándola.
3. Por esta estrecha relación
con la verdad, se puede reconocer a la caridad como expresión
auténtica de humanidad y como elemento de importancia
fundamental en las relaciones humanas, también las de carácter
público. Sólo en la verdad resplandece la caridad y puede
ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y
valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y
la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la
verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su
significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la
caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio
vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal
del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las
emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una
palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por
significar lo contrario. La verdad libera a la caridad de la
estrechez de una emotividad que la priva de contenidos
relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su
horizonte humano y universal. En la verdad, la caridad refleja
la dimensión personal y al mismo tiempo pública de la fe en el
Dios bíblico, que es a la vez «Agapé» y «Lógos»:
Caridad y Verdad, Amor y Palabra.
4. Puesto que está llena de
verdad, la caridad puede ser comprendida por el hombre en toda
su riqueza de valores, compartida y comunicada. En efecto, la
verdad es «lógos» que crea «diá-logos»
y, por tanto, comunicación y comunión. La verdad, rescatando a
los hombres de las opiniones y de las sensaciones subjetivas,
les permite llegar más allá de las determinaciones culturales e
históricas y apreciar el valor y la sustancia de las cosas. La
verdad abre y une el intelecto de los seres humanos en el
lógos del amor: éste es el anuncio y el testimonio cristiano
de la caridad. En el contexto social y cultural actual, en el
que está difundida la tendencia a relativizar lo verdadero,
vivir la caridad en la verdad lleva a comprender que la adhesión
a los valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino
indispensable para la construcción de una buena sociedad y un
verdadero desarrollo humano integral. Un cristianismo de caridad
sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de
buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social,
pero marginales. De este modo, en el mundo no habría un
verdadero y propio lugar para Dios. Sin la verdad, la caridad es
relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado. Queda
excluida de los proyectos y procesos para construir un
desarrollo humano de alcance universal, en el diálogo entre
saberes y operatividad.
5. La caridad es amor
recibido y ofrecido. Es «gracia» (cháris). Su origen es
el amor que brota del Padre por el Hijo, en el Espíritu Santo.
Es amor que desde el Hijo desciende sobre nosotros. Es amor
creador, por el que nosotros somos; es amor redentor, por el
cual somos recreados. Es el Amor revelado, puesto en práctica
por Cristo (cf. Jn 13,1) y «derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo» (Rm 5,5). Los hombres,
destinatarios del amor de Dios, se convierten en sujetos de
caridad, llamados a hacerse ellos mismos instrumentos de la
gracia para difundir la caridad de Dios y para tejer redes de
caridad.
La doctrina social de la Iglesia responde a
esta dinámica de caridad recibida y ofrecida. Es «caritas in
veritate in re sociali», anuncio de la verdad del amor de
Cristo en la sociedad. Dicha doctrina es servicio de la caridad,
pero en la verdad. La verdad preserva y expresa la fuerza
liberadora de la caridad en los acontecimientos siempre nuevos
de la historia. Es al mismo tiempo verdad de la fe y de la razón,
en la distinción y la sinergia a la vez de los dos ámbitos
cognitivos. El desarrollo, el bienestar social, una solución
adecuada de los graves problemas socioeconómicos que afligen a
la humanidad, necesitan esta verdad. Y necesitan aún más que se
estime y dé testimonio de esta verdad. Sin verdad, sin confianza
y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad
social, y la actuación social se deja a merced de intereses
privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre
la sociedad, tanto más en una sociedad en vías de globalización,
en momentos difíciles como los actuales.
6. «Caritas in veritate»
es el principio sobre el que gira la doctrina social de la
Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios
orientadores de la acción moral. Deseo volver a recordar
particularmente dos de ellos, requeridos de manera especial por
el compromiso para el desarrollo en una sociedad en vías de
globalización: la justicia y el bien común.
Ante todo, la justicia. Ubi
societas, ibi ius: toda sociedad elabora un sistema propio
de justicia. La caridad va más allá de la justicia,
porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca
carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo»,
lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No
puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar
lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los
demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la
justicia no es extraña a la caridad, que no es una vía
alternativa o paralela a la caridad: la justicia es «inseparable
de la caridad»[1],
intrínseca a ella. La justicia es la primera vía de la caridad
o, como dijo Pablo VI, su «medida mínima»[2],
parte integrante de ese amor «con obras y según la verdad» (1
Jn 3,18), al que nos exhorta el apóstol Juan. Por un lado,
la caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de
los legítimos derechos de las personas y los pueblos. Se ocupa
de la construcción de la «ciudad del hombre» según el derecho y
la justicia. Por otro, la caridad supera la justicia y la
completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón[3].
La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de
derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de
gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta
siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas,
otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la
justicia en el mundo.
7. Hay que tener también en
gran consideración el bien común. Amar a alguien es querer su
bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual,
hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el
bien común. Es el bien de ese «todos nosotros», formado por
individuos, familias y grupos intermedios que se unen en
comunidad social[4].
No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas
que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella
pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz. Desear
el bien común y esforzarse por él es exigencia de
justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar,
por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones
que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la
vida social, que se configura así como pólis, como
ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se
trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades
reales. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su
vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. Ésta
es la vía institucional —también política, podríamos decir— de
la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser
la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las
mediaciones institucionales de la pólis. El compromiso
por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene
una valencia superior al compromiso meramente secular y político.
Como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese
testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo,
prepara lo eterno. La acción del hombre sobre la tierra, cuando
está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la
edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual
avanza la historia de la familia humana. En una sociedad en vías
de globalización, el bien común y el esfuerzo por él, han de
abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la
comunidad de los pueblos y naciones[5],
dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre,
y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la
ciudad de Dios sin barreras.
8. Al publicar en 1967 la
Encíclica Populorum progressio, mi venerado predecesor
Pablo VI ha iluminado el gran tema del desarrollo de los pueblos
con el esplendor de la verdad y la luz suave de la caridad de
Cristo. Ha afirmado que el anuncio de Cristo es el primero y
principal factor de desarrollo[6]
y nos ha dejado la consigna de caminar por la vía del desarrollo
con todo nuestro corazón y con toda nuestra inteligencia[7],
es decir, con el ardor de la caridad y la sabiduría de la verdad.
La verdad originaria del amor de Dios, que se nos ha dado
gratuitamente, es lo que abre nuestra vida al don y hace posible
esperar en un «desarrollo de todo el hombre y de todos los
hombres»[8], en el
tránsito «de condiciones menos humanas a condiciones más humanas»[9],
que se obtiene venciendo las dificultades que inevitablemente se
encuentran a lo largo del camino.
A más de cuarenta años de la publicación de
la Encíclica, deseo rendir homenaje y honrar la memoria del gran
Pontífice Pablo VI, retomando sus enseñanzas sobre el
desarrollo humano integral y siguiendo la ruta que han
trazado, para actualizarlas en nuestros días. Este proceso de
actualización comenzó con la Encíclica Sollicitudo rei
socialis, con la que el Siervo de Dios Juan Pablo II quiso
conmemorar la publicación de la Populorum progressio con
ocasión de su vigésimo aniversario. Hasta entonces, una
conmemoración similar fue dedicada sólo a la Rerum novarum.
Pasados otros veinte años más, manifiesto mi convicción de que
la Populorum progressio merece ser considerada como «la
Rerum novarum de la época contemporánea», que ilumina el
camino de la humanidad en vías de unificación.
9. El amor en la verdad —caritas
in veritate— es un gran desafío para la Iglesia en un mundo
en progresiva y expansiva globalización. El riesgo de nuestro
tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres y
los pueblos no se corresponda con la interacción ética de la
conciencia y el intelecto, de la que pueda resultar un
desarrollo realmente humano. Sólo con la caridad, iluminada
por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir
objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador.
El compartir los bienes y recursos, de lo que proviene el
auténtico desarrollo, no se asegura sólo con el progreso técnico
y con meras relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del
amor que vence al mal con el bien (cf. Rm 12,21) y abre
la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad
y de responsabilidad.
La Iglesia no tiene soluciones técnicas que
ofrecer[10] y no
pretende «de ninguna manera mezclarse en la política de los
Estados»[11]. No
obstante, tiene una misión de verdad que cumplir en todo tiempo
y circunstancia en favor de una sociedad a medida del hombre, de
su dignidad y de su vocación. Sin verdad se cae en una visión
empirista y escéptica de la vida, incapaz de elevarse sobre la
praxis, porque no está interesada en tomar en consideración los
valores —a veces ni siquiera el significado— con los cuales
juzgarla y orientarla. La fidelidad al hombre exige la
fidelidad a la verdad, que es la única garantía de
libertad (cf. Jn 8,32) y de la posibilidad de un
desarrollo humano integral. Por eso la Iglesia la busca, la
anuncia incansablemente y la reconoce allí donde se manifieste.
Para la Iglesia, esta misión de verdad es irrenunciable. Su
doctrina social es una dimensión singular de este anuncio: está
al servicio de la verdad que libera. Abierta a la verdad, de
cualquier saber que provenga, la doctrina social de la Iglesia
la acoge, recompone en unidad los fragmentos en que a menudo la
encuentra, y se hace su portadora en la vida concreta siempre
nueva de la sociedad de los hombres y los pueblos[12].
CAPÍTULO
PRIMERO
EL MENSAJE
DE LA POPULORUM PROGRESSIO
10. A más de cuarenta años
de su publicación, la relectura de la Populorum progressio
insta a permanecer fieles a su mensaje de caridad y de verdad,
considerándolo en el ámbito del magisterio específico de Pablo
VI y, más en general, dentro de la tradición de la doctrina
social de la Iglesia. Se han de valorar después los diversos
términos en que hoy, a diferencia de entonces, se plantea el
problema del desarrollo. El punto de vista correcto, por tanto,
es el de la Tradición de la fe apostólica[13],
patrimonio antiguo y nuevo, fuera del cual la Populorum
progressio sería un documento sin raíces y las cuestiones
sobre el desarrollo se reducirían únicamente a datos
sociológicos.
11. La publicación de la
Populorum progressio tuvo lugar poco después de la
conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La misma
Encíclica señala en los primeros párrafos su íntima relación con
el Concilio.[14]
Veinte años después, Juan Pablo II subrayó en la Sollicitudo
rei socialis la fecunda relación de aquella Encíclica con el
Concilio y, en particular, con la Constitución pastoral
Gaudium et spes[15].
También yo deseo recordar aquí la importancia del Concilio
Vaticano II para la Encíclica de Pablo VI y para todo el
Magisterio social de los Sumos Pontífices que le han sucedido.
El Concilio profundizó en lo que pertenece desde siempre a la
verdad de la fe, es decir, que la Iglesia, estando al servicio
de Dios, está al servicio del mundo en términos de amor y verdad.
Pablo VI partía precisamente de esta visión para decirnos dos
grandes verdades. La primera es que toda la Iglesia, en todo
su ser y obrar, cuando anuncia, celebra y actúa en la caridad,
tiende a promover el desarrollo integral del hombre. Tiene
un papel público que no se agota en sus actividades de
asistencia o educación, sino que manifiesta toda su propia
capacidad de servicio a la promoción del hombre y la fraternidad
universal cuando puede contar con un régimen de libertad. Dicha
libertad se ve impedida en muchos casos por prohibiciones y
persecuciones, o también limitada cuando se reduce la presencia
pública de la Iglesia solamente a sus actividades caritativas.
La segunda verdad es que el auténtico desarrollo del hombre
concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en
todas sus dimensiones[16].
Sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en
este mundo se queda sin aliento. Encerrado dentro de la historia,
queda expuesto al riesgo de reducirse sólo al incremento del
tener; así, la humanidad pierde la valentía de estar disponible
para los bienes más altos, para las iniciativas grandes y
desinteresadas que la caridad universal exige. El hombre no se
desarrolla únicamente con sus propias fuerzas, así como no se le
puede dar sin más el desarrollo desde fuera. A lo largo de la
historia, se ha creído con frecuencia que la creación de
instituciones bastaba para garantizar a la humanidad el
ejercicio del derecho al desarrollo. Desafortunadamente, se ha
depositado una confianza excesiva en dichas instituciones, casi
como si ellas pudieran conseguir el objetivo deseado de manera
automática. En realidad, las instituciones por sí solas no
bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo
vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y
solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este
desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona,
necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja
únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la
auto-salvación y termina por promover un desarrollo
deshumanizado. Por lo demás, sólo el encuentro con Dios permite
no «ver siempre en el prójimo solamente al otro»[17],
sino reconocer en él la imagen divina, llegando así a descubrir
verdaderamente al otro y a madurar un amor que «es ocuparse del
otro y preocuparse por el otro»[18].
12. La relación entre la
Populorum progressio y el Concilio Vaticano II no representa
una fisura entre el Magisterio social de Pablo VI y el de los
Pontífices que lo precedieron, puesto que el Concilio profundiza
dicho magisterio en la continuidad de la vida de la Iglesia[19].
En este sentido, algunas subdivisiones abstractas de la doctrina
social de la Iglesia, que aplican a las enseñanzas sociales
pontificias categorías extrañas a ella, no contribuyen a
clarificarla. No hay dos tipos de doctrina social, una
preconciliar y otra postconciliar, diferentes entre sí, sino
una única enseñanza, coherente y al mismo tiempo siempre nueva[20].
Es justo señalar las peculiaridades de una u otra Encíclica, de
la enseñanza de uno u otro Pontífice, pero sin perder nunca de
vista la coherencia de todo el corpus doctrinal en su
conjunto[21].
Coherencia no significa un sistema cerrado, sino más bien la
fidelidad dinámica a una luz recibida. La doctrina social de la
Iglesia ilumina con una luz que no cambia los problemas siempre
nuevos que van surgiendo[22].
Eso salvaguarda tanto el carácter permanente como histórico de
este «patrimonio» doctrinal[23]
que, con sus características específicas, forma parte de la
Tradición siempre viva de la Iglesia[24].
La doctrina social está construida sobre el fundamento
transmitido por los Apóstoles a los Padres de la Iglesia y
acogido y profundizado después por los grandes Doctores
cristianos. Esta doctrina se remite en definitiva al hombre
nuevo, al «último Adán, Espíritu que da vida» (1 Co
15,45), y que es principio de la caridad que «no pasa nunca» (1
Co 13,8). Ha sido atestiguada por los Santos y por cuantos
han dado la vida por Cristo Salvador en el campo de la justicia
y la paz. En ella se expresa la tarea profética de los Sumos
Pontífices de guiar apostólicamente la Iglesia de Cristo y de
discernir las nuevas exigencias de la evangelización. Por estas
razones, la Populorum progressio, insertada en la gran
corriente de la Tradición, puede hablarnos todavía hoy a
nosotros.
13. Además de su íntima
unión con toda la doctrina social de la Iglesia, la Populorum
progressio enlaza estrechamente con el conjunto de todo el
magisterio de Pablo VI y, en particular, con su magisterio
social. Sus enseñanzas sociales fueron de gran relevancia:
reafirmó la importancia imprescindible del Evangelio para la
construcción de la sociedad según libertad y justicia, en la
perspectiva ideal e histórica de una civilización animada por el
amor. Pablo VI entendió claramente que la cuestión social se
había hecho mundial
[25] y captó la relación recíproca entre el impulso hacia la
unificación de la humanidad y el ideal cristiano de una única
familia de los pueblos, solidaria en la común hermandad.
Indicó en el desarrollo, humana y cristianamente entendido, el
corazón del mensaje social cristiano y propuso la caridad
cristiana como principal fuerza al servicio del desarrollo.
Movido por el deseo de hacer plenamente visible al hombre
contemporáneo el amor de Cristo, Pablo VI afrontó con firmeza
cuestiones éticas importantes, sin ceder a las debilidades
culturales de su tiempo.
14. Con la Carta apostólica
Octogesima adveniens, de 1971, Pablo VI trató luego el
tema del sentido de la política y el peligro que
representaban las visiones utópicas e ideológicas que
comprometían su cualidad ética y humana. Son argumentos
estrechamente unidos con el desarrollo. Lamentablemente, las
ideologías negativas surgen continuamente. Pablo VI ya puso en
guardia sobre la ideología tecnocrática[26],
hoy particularmente arraigada, consciente del gran riesgo de
confiar todo el proceso del desarrollo sólo a la técnica, porque
de este modo quedaría sin orientación. En sí misma considerada,
la técnica es ambivalente. Si de un lado hay actualmente quien
es propenso a confiar completamente a ella el proceso de
desarrollo, de otro, se advierte el surgir de ideologías que
niegan in toto la utilidad misma del desarrollo,
considerándolo radicalmente antihumano y que sólo comporta
degradación. Así, se acaba a veces por condenar, no sólo el modo
erróneo e injusto en que los hombres orientan el progreso, sino
también los descubrimientos científicos mismos que, por el
contrario, son una oportunidad de crecimiento para todos si se
usan bien. La idea de un mundo sin desarrollo expresa
desconfianza en el hombre y en Dios. Por tanto, es un grave
error despreciar las capacidades humanas de controlar las
desviaciones del desarrollo o ignorar incluso que el hombre
tiende constitutivamente a «ser más». Considerar ideológicamente
como absoluto el progreso técnico y soñar con la utopía de una
humanidad que retorna a su estado de naturaleza originario, son
dos modos opuestos para eximir al progreso de su valoración
moral y, por tanto, de nuestra responsabilidad.
15. Otros dos documentos de
Pablo VI, aunque no tan estrechamente relacionados con la
doctrina social —la Encíclica Humanae vitae, del 25 de
julio de 1968, y la Exhortación apostólica Evangelii
nuntiandi, del 8 de diciembre de 1975— son muy importantes
para delinear el sentido plenamente humano del desarrollo
propuesto por la Iglesia. Por tanto, es oportuno leer
también estos textos en relación con la Populorum progressio.
La Encíclica Humanae vitae subraya el
sentido unitivo y procreador a la vez de la sexualidad, poniendo
así como fundamento de la sociedad la pareja de los esposos,
hombre y mujer, que se acogen recíprocamente en la distinción y
en la complementariedad; una pareja, pues, abierta a la vida[27].
No se trata de una moral meramente individual: la Humanae
vitae señala los fuertes vínculos entre ética de la vida
y ética social, inaugurando una temática del magisterio que
ha ido tomando cuerpo poco a poco en varios documentos y, por
último, en la Encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II[28].
La Iglesia propone con fuerza esta relación entre ética de la
vida y ética social, consciente de que «no puede tener bases
sólidas, una sociedad que —mientras afirma valores como la
dignidad de la persona, la justicia y la paz— se contradice
radicalmente aceptando y tolerando las más variadas formas de
menosprecio y violación de la vida humana, sobre todo si es
débil y marginada»[29].
La Exhortación apostólica Evangelii
nuntiandi guarda una relación muy estrecha con el desarrollo,
en cuanto «la evangelización —escribe Pablo VI— no sería
completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que
en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la
vida concreta, personal y social del hombre»[30].
«Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación)
existen efectivamente lazos muy fuertes»[31]:
partiendo de esta convicción, Pablo VI aclaró la relación entre
el anuncio de Cristo y la promoción de la persona en la sociedad.
El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de
justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización,
porque a Jesucristo, que nos ama, le interesa todo el hombre.
Sobre estas importantes enseñanzas se funda el aspecto misionero
[32] de la doctrina
social de la Iglesia, como un elemento esencial de
evangelización[33].
Es anuncio y testimonio de la fe. Es instrumento y fuente
imprescindible para educarse en ella.
16. En la Populorum
progressio, Pablo VI nos ha querido decir, ante todo, que el
progreso, en su fuente y en su esencia, es una vocación:
«En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover
su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una
vocación»[34]. Esto
es precisamente lo que legitima la intervención de la Iglesia
en la problemática del desarrollo. Si éste afectase sólo a los
aspectos técnicos de la vida del hombre, y no al sentido de su
caminar en la historia junto con sus otros hermanos, ni al
descubrimiento de la meta de este camino, la Iglesia no tendría
por qué hablar de él. Pablo VI, como ya León XIII en la Rerum
novarum[35],
era consciente de cumplir un deber propio de su ministerio al
proyectar la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales de
su tiempo[36].
Decir que el desarrollo es vocación
equivale a reconocer, por un lado, que éste nace de una llamada
trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado
último por sí mismo. Con buenos motivos, la palabra «vocación»
aparece de nuevo en otro pasaje de la Encíclica, donde se afirma:
«No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al
Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea
verdadera de la vida humana»[37].
Esta visión del progreso es el corazón de la Populorum
progressio y motiva todas las reflexiones de Pablo VI sobre
la libertad, la verdad y la caridad en el desarrollo. Es también
la razón principal por lo que aquella Encíclica todavía es
actual en nuestros días.
17. La vocación es una
llamada que requiere una respuesta libre y responsable. El
desarrollo humano integral supone la libertad responsable
de la persona y los pueblos: ninguna estructura puede garantizar
dicho desarrollo desde fuera y por encima de la responsabilidad
humana. Los «mesianismos prometedores, pero forjadores de
ilusiones»[38]
basan siempre sus propias propuestas en la negación de la
dimensión trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo todo a
su disposición. Esta falsa seguridad se convierte en debilidad,
porque comporta el sometimiento del hombre, reducido a un medio
para el desarrollo, mientras que la humildad de quien acoge una
vocación se transforma en verdadera autonomía, porque hace libre
a la persona. Pablo VI no tiene duda de que hay obstáculos y
condicionamientos que frenan el desarrollo, pero tiene también
la certeza de que «cada uno permanece siempre, sean los que sean
los influjos que sobre él se ejercen, el artífice principal de
su éxito o de su fracaso»[39].
Esta libertad se refiere al desarrollo que tenemos ante nosotros
pero, al mismo tiempo, también a las situaciones de
subdesarrollo, que no son fruto de la casualidad o de una
necesidad histórica, sino que dependen de la responsabilidad
humana. Por eso, «los pueblos hambrientos interpelan hoy, con
acento dramático, a los pueblos opulentos»[40].
También esto es vocación, en cuanto llamada de hombres libres a
hombres libres para asumir una responsabilidad común. Pablo VI
percibía netamente la importancia de las estructuras económicas
y de las instituciones, pero se daba cuenta con igual claridad
de que la naturaleza de éstas era ser instrumentos de la
libertad humana. Sólo si es libre, el desarrollo puede ser
integralmente humano; sólo en un régimen de libertad responsable
puede crecer de manera adecuada.
18. Además de la libertad,
el desarrollo humano integral como vocación exige también que
se respete la verdad. La vocación al progreso impulsa a los
hombres a «hacer, conocer y tener más para ser más»[41].
Pero la cuestión es: ¿qué significa «ser más»? A esta pregunta,
Pablo VI responde indicando lo que comporta esencialmente el «auténtico
desarrollo»: «debe ser integral, es decir, promover a todos los
hombres y a todo el hombre»[42].
En la concurrencia entre las diferentes visiones del hombre que,
más aún que en la sociedad de Pablo VI, se proponen también en
la de hoy, la visión cristiana tiene la peculiaridad de afirmar
y justificar el valor incondicional de la persona humana y el
sentido de su crecimiento. La vocación cristiana al desarrollo
ayuda a buscar la promoción de todos los hombres y de todo el
hombre. Pablo VI escribe: «Lo que cuenta para nosotros es el
hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la
humanidad entera»[43].
La fe cristiana se ocupa del desarrollo, no apoyándose en
privilegios o posiciones de poder, ni tampoco en los méritos de
los cristianos, que ciertamente se han dado y también hoy se dan,
junto con sus naturales limitaciones[44],
sino sólo en Cristo, al cual debe remitirse toda vocación
auténtica al desarrollo humano integral. El Evangelio es un
elemento fundamental del desarrollo porque, en él, Cristo,
«en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor,
manifiesta plenamente el hombre al propio hombre»[45].
Con las enseñanzas de su Señor, la Iglesia escruta los signos de
los tiempos, los interpreta y ofrece al mundo «lo que ella posee
como propio: una visión global del hombre y de la humanidad»[46].
Precisamente porque Dios pronuncia el «sí» más grande al hombre[47],
el hombre no puede dejar de abrirse a la vocación divina para
realizar el propio desarrollo. La verdad del desarrollo consiste
en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los
hombres, no es verdadero desarrollo. Éste es el mensaje central
de la Populorum progressio, válido hoy y siempre. El
desarrollo humano integral en el plano natural, al ser respuesta
a una vocación de Dios creador[48],
requiere su autentificación en «un humanismo trascendental, que
da [al hombre] su mayor plenitud; ésta es la finalidad suprema
del desarrollo personal»[49].
Por tanto, la vocación cristiana a dicho desarrollo abarca tanto
el plano natural como el sobrenatural; éste es el motivo por el
que, «cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de
reconocer el orden natural, la finalidad y el “bien”, empieza a
disiparse»[50].
19. Finalmente, la visión
del desarrollo como vocación comporta que su centro sea la
caridad. En la Encíclica Populorum progressio, Pablo
VI señaló que las causas del subdesarrollo no son principalmente
de orden material. Nos invitó a buscarlas en otras dimensiones
del hombre. Ante todo, en la voluntad, que con frecuencia se
desentiende de los deberes de la solidaridad. Después, en el
pensamiento, que no siempre sabe orientar adecuadamente el deseo.
Por eso, para alcanzar el desarrollo hacen falta «pensadores de
reflexión profunda que busquen un humanismo nuevo, el cual
permita al hombre moderno hallarse a sí mismo»[51].
Pero eso no es todo. El subdesarrollo tiene una causa más
importante aún que la falta de pensamiento: es «la falta de
fraternidad entre los hombres y entre los pueblos»[52].
Esta fraternidad, ¿podrán lograrla alguna vez los hombres por sí
solos? La sociedad cada vez más globalizada nos hace más
cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz
de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una
convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la
hermandad. Ésta nace de una vocación transcendente de Dios
Padre, el primero que nos ha amado, y que nos ha enseñado
mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna. Pablo VI,
presentando los diversos niveles del proceso de desarrollo del
hombre, puso en lo más alto, después de haber mencionado la fe,
«la unidad de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a
participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos
los hombres»[53].
20. Estas perspectivas
abiertas por la Populorum progressio siguen siendo
fundamentales para dar vida y orientación a nuestro compromiso
por el desarrollo de los pueblos. Además, la Populorum
progressio subraya reiteradamente la urgencia de las
reformas[54] y
pide que, ante los grandes problemas de la injusticia en el
desarrollo de los pueblos, se actúe con valor y sin demora. Esta
urgencia viene impuesta también por la caridad en la
verdad. Es la caridad de Cristo la que nos impulsa: «caritas
Christi urget nos» (2 Co 5,14). Esta urgencia no se
debe sólo al estado de cosas, no se deriva solamente de la
avalancha de los acontecimientos y problemas, sino de lo que
está en juego: la necesidad de alcanzar una auténtica
fraternidad. Lograr esta meta es tan importante que exige
tomarla en consideración para comprenderla a fondo y movilizarse
concretamente con el «corazón», con el fin de hacer cambiar los
procesos económicos y sociales actuales hacia metas plenamente
humanas.
CAPÍTULO
SEGUNDO
EL DESARROLLO HUMANO
EN NUESTRO TIEMPO
21. Pablo VI tenía una
visión articulada del desarrollo. Con el término «desarrollo»
quiso indicar ante todo el objetivo de que los pueblos salieran
del hambre, la miseria, las enfermedades endémicas y el
analfabetismo. Desde el punto de vista económico, eso
significaba su participación activa y en condiciones de igualdad
en el proceso económico internacional; desde el punto de vista
social, su evolución hacia sociedades solidarias y con buen
nivel de formación; desde el punto de vista político, la
consolidación de regímenes democráticos capaces de asegurar
libertad y paz. Después de tantos años, al ver con preocupación
el desarrollo y la perspectiva de las crisis que se suceden en
estos tiempos, nos preguntamos hasta qué punto se han
cumplido las expectativas de Pablo VI siguiendo el modelo de
desarrollo que se ha adoptado en las últimas décadas. Por tanto,
reconocemos que estaba fundada la preocupación de la Iglesia por
la capacidad del hombre meramente tecnológico para fijar
objetivos realistas y poder gestionar constante y adecuadamente
los instrumentos disponibles. La ganancia es útil si, como medio,
se orienta a un fin que le dé un sentido, tanto en el modo de
adquirirla como de utilizarla. El objetivo exclusivo del
beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin
último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza. El
desarrollo económico que Pablo VI deseaba era el que produjera
un crecimiento real, extensible a todos y concretamente
sostenible. Es verdad que el desarrollo ha sido y sigue siendo
un factor positivo que ha sacado de la miseria a miles de
millones de personas y que, últimamente, ha dado a muchos países
la posibilidad de participar efectivamente en la política
internacional. Sin embargo, se ha de reconocer que el desarrollo
económico mismo ha estado, y lo está aún, aquejado por
desviaciones y problemas dramáticos, que la crisis actual ha
puesto todavía más de manifiesto. Ésta nos pone
improrrogablemente ante decisiones que afectan cada vez más al
destino mismo del hombre, el cual, por lo demás, no puede
prescindir de su naturaleza. Las fuerzas técnicas que se mueven,
las interrelaciones planetarias, los efectos perniciosos sobre
la economía real de una actividad financiera mal utilizada y en
buena parte especulativa, los imponentes flujos migratorios,
frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente,
o la explotación sin reglas de los recursos de la tierra, nos
induce hoy a reflexionar sobre las medidas necesarias para
solucionar problemas que no sólo son nuevos respecto a los
afrontados por el Papa Pablo VI, sino también, y sobre todo, que
tienen un efecto decisivo para el bien presente y futuro de la
humanidad. Los aspectos de la crisis y sus soluciones, así como
la posibilidad de un nuevo desarrollo futuro, están cada vez más
interrelacionados, se implican recíprocamente, requieren nuevos
esfuerzos de comprensión unitaria y una nueva síntesis
humanista. Nos preocupa justamente la complejidad y gravedad
de la situación económica actual, pero hemos de asumir con
realismo, confianza y esperanza las nuevas responsabilidades que
nos reclama la situación de un mundo que necesita una profunda
renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo
sobre los cuales construir un futuro mejor. La crisis nos obliga
a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar
nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias
positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se
convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo
nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en
esta clave, de manera confiada más que resignada.
22. Hoy, el cuadro del
desarrollo se despliega en múltiples ámbitos. Los actores
y las causas, tanto del subdesarrollo como del desarrollo, son
múltiples, las culpas y los méritos son muchos y diferentes.
Esto debería llevar a liberarse de las ideologías, que con
frecuencia simplifican de manera artificiosa la realidad, y a
examinar con objetividad la dimensión humana de los problemas.
Como ya señaló Juan Pablo II[55],
la línea de demarcación entre países ricos y pobres ahora no es
tan neta como en tiempos de la Populorum progressio.
La riqueza mundial crece en términos absolutos, pero aumentan
también las desigualdades. En los países ricos, nuevas
categorías sociales se empobrecen y nacen nuevas pobrezas. En
las zonas más pobres, algunos grupos gozan de un tipo de
superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo
inaceptable con situaciones persistentes de miseria
deshumanizadora. Se sigue produciendo «el escándalo de las
disparidades hirientes»[56].
Lamentablemente, hay corrupción e ilegalidad tanto en el
comportamiento de sujetos económicos y políticos de los países
ricos, nuevos y antiguos, como en los países pobres. La falta de
respeto de los derechos humanos de los trabajadores es provocada
a veces por grandes empresas multinacionales y también por
grupos de producción local. Las ayudas internacionales se han
desviado con frecuencia de su finalidad por irresponsabilidades
tanto en los donantes como en los beneficiarios. Podemos
encontrar la misma articulación de responsabilidades también en
el ámbito de las causas inmateriales o culturales del desarrollo
y el subdesarrollo. Hay formas excesivas de protección de los
conocimientos por parte de los países ricos, a través de un
empleo demasiado rígido del derecho a la propiedad intelectual,
especialmente en el campo sanitario. Al mismo tiempo, en algunos
países pobres perduran modelos culturales y normas sociales de
comportamiento que frenan el proceso de desarrollo.
23. Hoy, muchas áreas del
planeta se han desarrollado, aunque de modo problemático y
desigual, entrando a formar parte del grupo de las grandes
potencias destinado a jugar un papel importante en el futuro.
Pero se ha de subrayar que no basta progresar sólo desde el
punto de vista económico y tecnológico. El desarrollo
necesita ser ante todo auténtico e integral. El salir del atraso
económico, algo en sí mismo positivo, no soluciona la
problemática compleja de la promoción del hombre, ni en los
países protagonistas de estos adelantos, ni en los países
económicamente ya desarrollados, ni en los que todavía son
pobres, los cuales pueden sufrir, además de antiguas formas de
explotación, las consecuencias negativas que se derivan de un
crecimiento marcado por desviaciones y desequilibrios.
Tras el derrumbe de los sistemas económicos y
políticos de los países comunistas de Europa Oriental y el fin
de los llamados «bloques contrapuestos», hubiera sido necesario
un replanteamiento total del desarrollo. Lo pidió Juan Pablo II,
quien en 1987 indicó que la existencia de estos «bloques» era
una de las principales causas del subdesarrollo[57],
pues la política sustraía recursos a la economía y a la cultura,
y la ideología inhibía la libertad. En 1991, después de los
acontecimientos de 1989, pidió también que el fin de los
bloques se correspondiera con un nuevo modo de proyectar
globalmente el desarrollo, no sólo en aquellos países, sino
también en Occidente y en las partes del mundo que se estaban
desarrollando[58].
Esto ha ocurrido sólo en parte, y sigue siendo un deber llevarlo
a cabo, tal vez aprovechando precisamente las medidas necesarias
para superar los problemas económicos actuales.
24. El mundo que Pablo VI
tenía ante sí, aunque el proceso de socialización estuviera ya
avanzado y pudo hablar de una cuestión social que se había hecho
mundial, estaba aún mucho menos integrado que el actual. La
actividad económica y la función política se movían en gran
parte dentro de los mismos confines y podían contar, por tanto,
la una con la otra. La actividad productiva tenía lugar
predominantemente en los ámbitos nacionales y las inversiones
financieras circulaban de forma bastante limitada con el
extranjero, de manera que la política de muchos estados podía
fijar todavía las prioridades de la economía y, de algún modo,
gobernar su curso con los instrumentos que tenía a su
disposición. Por este motivo, la Populorum progressio
asignó un papel central, aunque no exclusivo, a los «poderes
públicos»[59].
En nuestra época, el Estado se encuentra con
el deber de afrontar las limitaciones que pone a su soberanía el
nuevo contexto económico-comercial y financiero internacional,
caracterizado también por una creciente movilidad de los
capitales financieros y los medios de producción materiales e
inmateriales. Este nuevo contexto ha modificado el poder
político de los estados.
Hoy, aprendiendo también la lección que
proviene de la crisis económica actual, en la que los poderes
públicos del Estado se ven llamados directamente a corregir
errores y disfunciones, parece más realista una renovada
valoración de su papel y de su poder, que han de ser sabiamente
reexaminados y revalorizados, de modo que sean capaces de
afrontar los desafíos del mundo actual, incluso con nuevas
modalidades de ejercerlos. Con un papel mejor ponderado de los
poderes públicos, es previsible que se fortalezcan las nuevas
formas de participación en la política nacional e internacional
que tienen lugar a través de la actuación de las organizaciones
de la sociedad civil; en este sentido, es de desear que haya
mayor atención y participación en la res publica por
parte de los ciudadanos.
25. Desde el punto de vista
social, a los sistemas de protección y previsión, ya existentes
en tiempos de Pablo VI en muchos países, les cuesta trabajo, y
les costará todavía más en el futuro, lograr sus objetivos de
verdadera justicia social dentro de un cuadro de fuerzas
profundamente transformado. El mercado, al hacerse global, ha
estimulado, sobre todo en países ricos, la búsqueda de áreas en
las que emplazar la producción a bajo coste con el fin de
reducir los precios de muchos bienes, aumentar el poder de
adquisición y acelerar por tanto el índice de crecimiento,
centrado en un mayor consumo en el propio mercado interior.
Consiguientemente, el mercado ha estimulado nuevas formas de
competencia entre los estados con el fin de atraer centros
productivos de empresas extranjeras, adoptando diversas medidas,
como una fiscalidad favorable y la falta de reglamentación del
mundo del trabajo. Estos procesos han llevado a la reducción
de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de
mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave
peligro para los derechos de los trabajadores, para los derechos
fundamentales del hombre y para la solidaridad en las
tradicionales formas del Estado social. Los sistemas de
seguridad social pueden perder la capacidad de cumplir su tarea,
tanto en los países pobres, como en los emergentes, e incluso en
los ya desarrollados desde hace tiempo. En este punto, las
políticas de balance, con los recortes al gasto social, con
frecuencia promovidos también por las instituciones financieras
internacionales, pueden dejar a los ciudadanos impotentes ante
riesgos antiguos y nuevos; dicha impotencia aumenta por la falta
de protección eficaz por parte de las asociaciones de los
trabajadores. El conjunto de los cambios sociales y económicos
hace que las organizaciones sindicales tengan mayores
dificultades para desarrollar su tarea de representación de los
intereses de los trabajadores, también porque los gobiernos, por
razones de utilidad económica, limitan a menudo las libertades
sindicales o la capacidad de negociación de los sindicatos
mismos. Las redes de solidaridad tradicionales se ven obligadas
a superar mayores obstáculos. Por tanto, la invitación de la
doctrina social de la Iglesia, empezando por la Rerum novarum[60],
a dar vida a asociaciones de trabajadores para defender sus
propios derechos ha de ser respetada, hoy más que ayer, dando
ante todo una respuesta pronta y de altas miras a la urgencia de
establecer nuevas sinergias en el ámbito internacional y local.
La movilidad laboral, asociada a la
desregulación generalizada, ha sido un fenómeno importante, no
exento de aspectos positivos porque estimula la producción de
nueva riqueza y el intercambio entre culturas diferentes. Sin
embargo, cuando la incertidumbre sobre las condiciones de
trabajo a causa de la movilidad y la desregulación se hace
endémica, surgen formas de inestabilidad psicológica, de
dificultad para abrirse caminos coherentes en la vida, incluido
el del matrimonio. Como consecuencia, se producen situaciones de
deterioro humano y de desperdicio social. Respecto a lo que
sucedía en la sociedad industrial del pasado, el paro provoca
hoy nuevas formas de irrelevancia económica, y la actual crisis
sólo puede empeorar dicha situación. El estar sin trabajo
durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la
asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad
de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves
daños en el plano psicológico y espiritual. Quisiera recordar a
todos, en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un
aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que
el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el
hombre, la persona en su integridad: «Pues el hombre es el
autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social»[61].
26. En el plano cultural,
las diferencias son aún más acusadas que en la época de Pablo
VI. Entonces, las culturas estaban generalmente bien definidas y
tenían más posibilidades de defenderse ante los intentos de
hacerlas homogéneas. Hoy, las posibilidades de interacción
entre las culturas han aumentado notablemente, dando lugar a
nuevas perspectivas de diálogo intercultural, un diálogo que,
para ser eficaz, ha de tener como punto de partida una toma de
conciencia de la identidad específica de los diversos
interlocutores. Pero no se ha de olvidar que la progresiva
mercantilización de los intercambios culturales aumenta hoy un
doble riesgo. Se nota, en primer lugar, un eclecticismo
cultural asumido con frecuencia de manera acrítica: se
piensa en las culturas como superpuestas unas a otras,
sustancialmente equivalentes e intercambiables. Eso induce a
caer en un relativismo que en nada ayuda al verdadero diálogo
intercultural; en el plano social, el relativismo cultural
provoca que los grupos culturales estén juntos o convivan, pero
separados, sin diálogo auténtico y, por lo tanto, sin verdadera
integración. Existe, en segundo lugar, el peligro opuesto de
rebajar la cultura y homologar los comportamientos y estilos
de vida. De este modo, se pierde el sentido profundo de la
cultura de las diferentes naciones, de las tradiciones de los
diversos pueblos, en cuyo marco la persona se enfrenta a las
cuestiones fundamentales de la existencia[62].
El eclecticismo y el bajo nivel cultural coinciden en separar la
cultura de la naturaleza humana. Así, las culturas ya no saben
encontrar su lugar en una naturaleza que las transciende[63],
terminando por reducir al hombre a mero dato cultural. Cuando
esto ocurre, la humanidad corre nuevos riesgos de sometimiento y
manipulación.
27. En muchos países pobres
persiste, y amenaza con acentuarse, la extrema inseguridad de
vida a causa de la falta de alimentación: el hambre causa
todavía muchas víctimas entre tantos Lázaros a los que no se les
consiente sentarse a la mesa del rico epulón, como en cambio
Pablo VI deseaba[64].
Dar de comer a los hambrientos (cf. Mt
25,35.37.42) es un imperativo ético para la Iglesia universal,
que responde a las enseñanzas de su Fundador, el Señor Jesús,
sobre la solidaridad y el compartir. Además, en la era de la
globalización, eliminar el hambre en el mundo se ha convertido
también en una meta que se ha de lograr para salvaguardar la paz
y la estabilidad del planeta. El hambre no depende tanto de la
escasez material, cuanto de la insuficiencia de recursos
sociales, el más importante de los cuales es de tipo
institucional. Es decir, falta un sistema de instituciones
económicas capaces, tanto de asegurar que se tenga acceso al
agua y a la comida de manera regular y adecuada desde el punto
de vista nutricional, como de afrontar las exigencias
relacionadas con las necesidades primarias y con las emergencias
de crisis alimentarias reales, provocadas por causas naturales o
por la irresponsabilidad política nacional e internacional. El
problema de la inseguridad alimentaria debe ser planteado en una
perspectiva de largo plazo, eliminando las causas estructurales
que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los
países más pobres mediante inversiones en infraestructuras
rurales, sistemas de riego, transportes, organización de los
mercados, formación y difusión de técnicas agrícolas apropiadas,
capaces de utilizar del mejor modo los recursos humanos,
naturales y socio-económicos, que se puedan obtener
preferiblemente en el propio lugar, para asegurar así también su
sostenibilidad a largo plazo. Todo eso ha de llevarse a cabo
implicando a las comunidades locales en las opciones y
decisiones referentes a la tierra de cultivo. En esta
perspectiva, podría ser útil tener en cuenta las nuevas
fronteras que se han abierto en el empleo correcto de las
técnicas de producción agrícola tradicional, así como las más
innovadoras, en el caso de que éstas hayan sido reconocidas,
tras una adecuada verificación, convenientes, respetuosas del
ambiente y atentas a las poblaciones más desfavorecidas. Al
mismo tiempo, no se debería descuidar la cuestión de una reforma
agraria ecuánime en los países en desarrollo. El derecho a la
alimentación y al agua tiene un papel importante para conseguir
otros derechos, comenzando ante todo por el derecho primario a
la vida. Por tanto, es necesario que madure una conciencia
solidaria que considere la alimentación y el acceso al agua
como derechos universales de todos los seres humanos, sin
distinciones ni discriminaciones[65].
Es importante destacar, además, que la vía solidaria hacia el
desarrollo de los países pobres puede ser un proyecto de
solución de la crisis global actual, como lo han intuido en los
últimos tiempos hombres políticos y responsables de
instituciones internacionales. Apoyando a los países
económicamente pobres mediante planes de financiación inspirados
en la solidaridad, con el fin de que ellos mismos puedan
satisfacer las necesidades de bienes de consumo y desarrollo de
los propios ciudadanos, no sólo se puede producir un verdadero
crecimiento económico, sino que se puede contribuir también a
sostener la capacidad productiva de los países ricos, que corre
peligro de quedar comprometida por la crisis.
28. Uno de los aspectos más
destacados del desarrollo actual es la importancia del tema del
respeto a la vida, que en modo alguno puede separarse de
las cuestiones relacionadas con el desarrollo de los pueblos. Es
un aspecto que últimamente está asumiendo cada vez mayor
relieve, obligándonos a ampliar el concepto de pobreza
[66] y de
subdesarrollo a los problemas vinculados con la acogida de la
vida, sobre todo donde ésta se ve impedida de diversas formas.
La situación de pobreza no sólo provoca
todavía en muchas zonas un alto índice de mortalidad infantil,
sino que en varias partes del mundo persisten prácticas de
control demográfico por parte de los gobiernos, que con
frecuencia difunden la contracepción y llegan incluso a imponer
también el aborto. En los países económicamente más
desarrollados, las legislaciones contrarias a la vida están muy
extendidas y han condicionado ya las costumbres y la praxis,
contribuyendo a difundir una mentalidad antinatalista, que
muchas veces se trata de transmitir también a otros estados como
si fuera un progreso cultural.
Algunas organizaciones no gubernamentales,
además, difunden el aborto, promoviendo a veces en los países
pobres la adopción de la práctica de la esterilización, incluso
en mujeres a quienes no se pide su consentimiento. Por añadidura,
existe la sospecha fundada de que, en ocasiones, las ayudas al
desarrollo se condicionan a determinadas políticas sanitarias
que implican de hecho la imposición de un fuerte control de la
natalidad. Preocupan también tanto las legislaciones que aceptan
la eutanasia como las presiones de grupos nacionales e
internacionales que reivindican su reconocimiento jurídico.
La apertura a la vida está en el centro
del verdadero desarrollo. Cuando una sociedad se encamina
hacia la negación y la supresión de la vida, acaba por no
encontrar la motivación y la energía necesaria para esforzarse
en el servicio del verdadero bien del hombre. Si se pierde la
sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida,
también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la
vida social[67]. La
acogida de la vida forja las energías morales y capacita para la
ayuda recíproca. Fomentando la apertura a la vida, los pueblos
ricos pueden comprender mejor las necesidades de los que son
pobres, evitar el empleo de ingentes recursos económicos e
intelectuales para satisfacer deseos egoístas entre los propios
ciudadanos y promover, por el contrario, buenas actuaciones en
la perspectiva de una producción moralmente sana y solidaria, en
el respeto del derecho fundamental de cada pueblo y cada persona
a la vida.
29. Hay otro aspecto de la
vida de hoy, muy estrechamente unido con el desarrollo: la
negación del derecho a la libertad religiosa. No me
refiero sólo a las luchas y conflictos que todavía se producen
en el mundo por motivos religiosos, aunque a veces la religión
sea solamente una cobertura para razones de otro tipo, como el
afán de poder y riqueza. En efecto, hoy se mata frecuentemente
en el nombre sagrado de Dios, como muchas veces ha manifestado y
deplorado públicamente mi predecesor Juan Pablo II y yo mismo[68].
La violencia frena el desarrollo auténtico e impide la evolución
de los pueblos hacia un mayor bienestar socioeconómico y
espiritual. Esto ocurre especialmente con el terrorismo de
inspiración fundamentalista[69],
que causa dolor, devastación y muerte, bloquea el diálogo entre
las naciones y desvía grandes recursos de su empleo pacífico y
civil. No obstante, se ha de añadir que, además del fanatismo
religioso que impide el ejercicio del derecho a la libertad de
religión en algunos ambientes, también la promoción programada
de la indiferencia religiosa o del ateísmo práctico por parte de
muchos países contrasta con las necesidades del desarrollo de
los pueblos, sustrayéndoles bienes espirituales y humanos.
Dios es el garante del verdadero desarrollo del hombre en
cuanto, habiéndolo creado a su imagen, funda también su dignidad
trascendente y alimenta su anhelo constitutivo de «ser más». El
ser humano no es un átomo perdido en un universo casual[70],
sino una criatura de Dios, a quien Él ha querido dar un alma
inmortal y al que ha amado desde siempre. Si el hombre fuera
fruto sólo del azar o la necesidad, o si tuviera que reducir sus
aspiraciones al horizonte angosto de las situaciones en que
vive, si todo fuera únicamente historia y cultura, y el hombre
no tuviera una naturaleza destinada a transcenderse en una vida
sobrenatural, podría hablarse de incremento o de evolución, pero
no de desarrollo. Cuando el Estado promueve, enseña, o incluso
impone formas de ateísmo práctico, priva a sus ciudadanos de la
fuerza moral y espiritual indispensable para comprometerse en el
desarrollo humano integral y les impide avanzar con renovado
dinamismo en su compromiso en favor de una respuesta humana más
generosa al amor divino[71].
Y también se da el caso de que países económicamente
desarrollados o emergentes exporten a los países pobres, en el
contexto de sus relaciones culturales, comerciales y políticas,
esta visión restringida de la persona y su destino. Éste es el
daño que el «superdesarrollo»[72]
produce al desarrollo auténtico, cuando va acompañado por el «subdesarrollo
moral»[73].
30. En esta línea, el tema
del desarrollo humano integral adquiere un alcance aún más
complejo: la correlación entre sus múltiples elementos exige un
esfuerzo para que los diferentes ámbitos del saber humano
sean interactivos, con vistas a la promoción de un verdadero
desarrollo de los pueblos. Con frecuencia, se cree que basta
aplicar el desarrollo o las medidas socioeconómicas
correspondientes mediante una actuación común. Sin embargo, este
actuar común necesita ser orientado, porque «toda acción social
implica una doctrina»[74].
Teniendo en cuenta la complejidad de los problemas, es obvio que
las diferentes disciplinas deben colaborar en una
interdisciplinariedad ordenada. La caridad no excluye el saber,
más bien lo exige, lo promueve y lo anima desde dentro. El saber
nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente, puede
reducirse a cálculo y experimentación, pero si quiere ser
sabiduría capaz de orientar al hombre a la luz de los primeros
principios y de su fin último, ha de ser «sazonado» con la «sal»
de la caridad. Sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es
estéril sin el amor. En efecto, «el que está animado de una
verdadera caridad es ingenioso para descubrir las causas de la
miseria, para encontrar los medios de combatirla, para vencerla
con intrepidez»[75].
Al afrontar los fenómenos que tenemos delante, la caridad en la
verdad exige ante todo conocer y entender, conscientes y
respetuosos de la competencia específica de cada ámbito del
saber. La caridad no es una añadidura posterior, casi como un
apéndice al trabajo ya concluido de las diferentes disciplinas,
sino que dialoga con ellas desde el principio. Las exigencias
del amor no contradicen las de la razón. El saber humano es
insuficiente y las conclusiones de las ciencias no podrán
indicar por sí solas la vía hacia el desarrollo integral del
hombre. Siempre hay que lanzarse más allá: lo exige la caridad
en la verdad[76].
Pero ir más allá nunca significa prescindir de las conclusiones
de la razón, ni contradecir sus resultados. No existe la
inteligencia y después el amor: existe el amor rico en
inteligencia y la inteligencia llena de amor.
31. Esto significa que la
valoración moral y la investigación científica deben crecer
juntas, y que la caridad ha de animarlas en un conjunto
interdisciplinar armónico, hecho de unidad y distinción. La
doctrina social de la Iglesia, que tiene «una importante
dimensión interdisciplinar»[77],
puede desempeñar en esta perspectiva una función de eficacia
extraordinaria. Permite a la fe, a la teología, a la metafísica
y a las ciencias encontrar su lugar dentro de una colaboración
al servicio del hombre. La doctrina social de la Iglesia ejerce
especialmente en esto su dimensión sapiencial. Pablo VI vio con
claridad que una de las causas del subdesarrollo es una falta de
sabiduría, de reflexión, de pensamiento capaz de elaborar una
síntesis orientadora[78],
y que requiere «una clara visión de todos los aspectos
económicos, sociales, culturales y espirituales»[79].
La excesiva sectorización del saber[80],
el cerrarse de las ciencias humanas a la metafísica[81],
las dificultades del diálogo entre las ciencias y la teología,
no sólo dañan el desarrollo del saber, sino también el
desarrollo de los pueblos, pues, cuando eso ocurre, se
obstaculiza la visión de todo el bien del hombre en las
diferentes dimensiones que lo caracterizan. Es indispensable «ampliar
nuestro concepto de razón y de su uso»[82]
para conseguir ponderar adecuadamente todos los términos de la
cuestión del desarrollo y de la solución de los problemas
socioeconómicos.
32. Las grandes novedades
que presenta hoy el cuadro del desarrollo de los pueblos
plantean en muchos casos la exigencia de nuevas soluciones.
Éstas han de buscarse, a la vez, en el respeto de las leyes
propias de cada cosa y a la luz de una visión integral del
hombre que refleje los diversos aspectos de la persona humana,
considerada con la mirada purificada por la caridad. Así se
descubrirán singulares convergencias y posibilidades concretas
de solución, sin renunciar a ningún componente fundamental de la
vida humana.
La dignidad de la persona y las exigencias de
la justicia requieren, sobre todo hoy, que las opciones
económicas no hagan aumentar de manera excesiva y moralmente
inaceptable las desigualdades
[83] y que se siga
buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo
por parte de todos, o lo mantengan. Pensándolo bien, esto es
también una exigencia de la «razón económica». El aumento
sistémico de las desigualdades entre grupos sociales dentro de
un mismo país y entre las poblaciones de los diferentes países,
es decir, el aumento masivo de la pobreza relativa, no sólo
tiende a erosionar la cohesión social y, de este modo, poner en
peligro la democracia, sino que tiene también un impacto
negativo en el plano económico por el progresivo desgaste del
«capital social», es decir, del conjunto de relaciones de
confianza, fiabilidad y respeto de las normas, que son
indispensables en toda convivencia civil.
La ciencia económica nos dice también que una
situación de inseguridad estructural da origen a actitudes
antiproductivas y al derroche de recursos humanos, en cuanto que
el trabajador tiende a adaptarse pasivamente a los mecanismos
automáticos, en vez de dar espacio a la creatividad. También
sobre este punto hay una convergencia entre ciencia económica y
valoración moral. Los costes humanos son siempre también
costes económicos y las disfunciones económicas comportan
igualmente costes humanos.
Además, se ha de recordar que rebajar las
culturas a la dimensión tecnológica, aunque puede favorecer la
obtención de beneficios a corto plazo, a la larga obstaculiza el
enriquecimiento mutuo y las dinámicas de colaboración. Es
importante distinguir entre consideraciones económicas o
sociológicas a corto y largo plazo. Reducir el nivel de tutela
de los derechos de los trabajadores y renunciar a mecanismos de
redistribución del rédito con el fin de que el país adquiera
mayor competitividad internacional, impiden consolidar un
desarrollo duradero. Por tanto, se han de valorar cuidadosamente
las consecuencias que tienen sobre las personas las tendencias
actuales hacia una economía de corto, a veces brevísimo plazo.
Esto exige «una nueva y más profunda reflexión sobre el
sentido de la economía y de sus fines»[84],
además de una honda revisión con amplitud de miras del modelo de
desarrollo, para corregir sus disfunciones y desviaciones. Lo
exige, en realidad, el estado de salud ecológica del planeta; lo
requiere sobre todo la crisis cultural y moral del hombre, cuyos
síntomas son evidentes en todas las partes del mundo desde hace
tiempo.
33. Más de cuarenta años
después de la Populorum progressio, su argumento de fondo,
el progreso, sigue siendo aún un problema abierto, que se
ha hecho más agudo y perentorio por la crisis
económico-financiera que se está produciendo. Aunque algunas
zonas del planeta que sufrían la pobreza han experimentado
cambios notables en términos de crecimiento económico y
participación en la producción mundial, otras viven todavía en
una situación de miseria comparable a la que había en tiempos de
Pablo VI y, en algún caso, puede decirse que peor. Es
significativo que algunas causas de esta situación fueran ya
señaladas en la Populorum progressio, como por ejemplo,
los altos aranceles aduaneros impuestos por los países
económicamente desarrollados, que todavía impiden a los
productos procedentes de los países pobres llegar a los mercados
de los países ricos. En cambio, otras causas que la Encíclica
sólo esbozó, han adquirido después mayor relieve. Este es el
caso de la valoración del proceso de descolonización, por
entonces en pleno auge. Pablo VI deseaba un itinerario autónomo
que se recorriera en paz y libertad. Después de más de cuarenta
años, hemos de reconocer lo difícil que ha sido este recorrido,
tanto por nuevas formas de colonialismo y dependencia de
antiguos y nuevos países hegemónicos, como por graves
irresponsabilidades internas en los propios países que se han
independizado.
La novedad principal ha sido el estallido
de la interdependencia planetaria, ya comúnmente llamada
globalización. Pablo VI lo había previsto parcialmente, pero es
sorprendente el alcance y la impetuosidad de su auge. Surgido en
los países económicamente desarrollados, este proceso ha
implicado por su naturaleza a todas las economías. Ha sido el
motor principal para que regiones enteras superaran el
subdesarrollo y es, de por sí, una gran oportunidad. Sin
embargo, sin la guía de la caridad en la verdad, este impulso
planetario puede contribuir a crear riesgo de daños hasta ahora
desconocidos y nuevas divisiones en la familia humana. Por eso,
la caridad y la verdad nos plantean un compromiso inédito y
creativo, ciertamente muy vasto y complejo. Se trata de
ensanchar la razón y hacerla capaz de conocer y orientar estas
nuevas e imponentes dinámicas, animándolas en la perspectiva
de esa «civilización del amor», de la cual Dios ha puesto la
semilla en cada pueblo y en cada cultura.
CAPÍTULO
TERCERO
FRATERNIDAD,
DESARROLLO ECONÓMICO
Y SOCIEDAD CIVIL
34. La caridad en la
verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del
don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque
frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la
existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad.
El ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y
desarrolla su dimensión trascendente. A veces, el hombre moderno
tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo,
de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la
cerrazón egoísta en sí mismo, que procede —por decirlo con una
expresión creyente— del pecado de los orígenes. La
sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la
realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación
de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad: «Ignorar
que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da
lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la
política, de la acción social y de las costumbres»[85].
Hace tiempo que la economía forma parte del conjunto de los
ámbitos en que se manifiestan los efectos perniciosos del pecado.
Nuestros días nos ofrecen una prueba evidente. Creerse
autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la
historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la
salvación con formas inmanentes de bienestar material y de
actuación social. Además, la exigencia de la economía de ser
autónoma, de no estar sujeta a «injerencias» de carácter moral,
ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos
incluso de manera destructiva. Con el pasar del tiempo, estas
posturas han desembocado en sistemas económicos, sociales y
políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de los
organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido
capaces de asegurar la justicia que prometían. Como he afirmado
en la Encíclica Spe salvi, se elimina así de la historia
la esperanza cristiana[86],
que no obstante es un poderoso recurso social al servicio del
desarrollo humano integral, en la libertad y en la justicia. La
esperanza sostiene a la razón y le da fuerza para orientar la
voluntad[87]. Está
ya presente en la fe, que la suscita. La caridad en la verdad se
nutre de ella y, al mismo tiempo, la manifiesta. Al ser un don
absolutamente gratuito de Dios, irrumpe en nuestra vida como
algo que no es debido, que trasciende toda ley de justicia. Por
su naturaleza, el don supera el mérito, su norma es sobreabundar.
Nos precede en nuestra propia alma como signo de la presencia de
Dios en nosotros y de sus expectativas para con nosotros. La
verdad que, como la caridad es don, nos supera, como enseña San
Agustín[88].
Incluso nuestra propia verdad, la de nuestra conciencia
personal, ante todo, nos ha sido «dada». En efecto, en
todo proceso cognitivo la verdad no es producida por nosotros,
sino que se encuentra o, mejor aún, se recibe. Como el amor, «no
nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido
se impone al ser humano»[89].
Al ser un don recibido por todos, la caridad
en la verdad es una fuerza que funda la comunidad, unifica a los
hombres de manera que no haya barreras o confines. La comunidad
humana puede ser organizada por nosotros mismos, pero nunca
podrá ser sólo con sus propias fuerzas una comunidad plenamente
fraterna ni aspirar a superar las fronteras, o convertirse en
una comunidad universal. La unidad del género humano, la
comunión fraterna más allá de toda división, nace de la palabra
de Dios-Amor que nos convoca. Al afrontar esta cuestión decisiva,
hemos de precisar, por un lado, que la lógica del don no excluye
la justicia ni se yuxtapone a ella como un añadido externo en un
segundo momento y, por otro, que el desarrollo económico, social
y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar
espacio al principio de gratuidad como expresión de
fraternidad.
35. Si hay confianza
recíproca y generalizada, el mercado es la institución
económica que permite el encuentro entre las personas, como
agentes económicos que utilizan el contrato como norma de sus
relaciones y que intercambian bienes y servicios de consumo para
satisfacer sus necesidades y deseos. El mercado está sujeto a
los principios de la llamada justicia conmutativa, que
regula precisamente la relación entre dar y recibir entre
iguales. Pero la doctrina social de la Iglesia no ha dejado
nunca de subrayar la importancia de la justicia distributiva
y de la justicia social para la economía de mercado, no
sólo porque está dentro de un contexto social y político más
amplio, sino también por la trama de relaciones en que se
desenvuelve. En efecto, si el mercado se rige únicamente por el
principio de la equivalencia del valor de los bienes que se
intercambian, no llega a producir la cohesión social que
necesita para su buen funcionamiento. Sin formas internas de
solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede
cumplir plenamente su propia función económica. Hoy,
precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de
confianza es algo realmente grave.
Pablo VI subraya oportunamente en la
Populorum progressio que el sistema económico mismo se
habría aventajado con la práctica generalizada de la justicia,
pues los primeros beneficiarios del desarrollo de los países
pobres hubieran sido los países ricos[90].
No se trata sólo de remediar el mal funcionamiento con las
ayudas. No se debe considerar a los pobres como un «fardo»[91],
sino como una riqueza incluso desde el punto de vista
estrictamente económico. No obstante, se ha de considerar
equivocada la visión de quienes piensan que la economía de
mercado tiene necesidad estructural de una cuota de pobreza y de
subdesarrollo para funcionar mejor. Al mercado le interesa
promover la emancipación, pero no puede lograrlo por sí mismo,
porque no puede producir lo que está fuera de su alcance. Ha de
sacar fuerzas morales de otras instancias que sean capaces de
generarlas.
36. La actividad económica
no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más
la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la
consecución del bien común, que es responsabilidad sobre
todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente
que separar la gestión económica, a la que correspondería
únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría
el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es
causa de graves desequilibrios.
La Iglesia sostiene siempre que la actividad
económica no debe considerarse antisocial. Por eso, el mercado
no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte
avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del
mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto
la muerte de las relaciones auténticamente humanas. Es verdad
que el mercado puede orientarse en sentido negativo, pero no por
su propia naturaleza, sino por una cierta ideología que lo guía
en este sentido. No se debe olvidar que el mercado no existe en
su estado puro, se adapta a las configuraciones culturales que
lo concretan y condicionan. En efecto, la economía y las
finanzas, al ser instrumentos, pueden ser mal utilizados cuando
quien los gestiona tiene sólo referencias egoístas. De esta
forma, se puede llegar a transformar medios de por sí buenos en
perniciosos. Lo que produce estas consecuencias es la razón
oscurecida del hombre, no el medio en cuanto tal. Por eso, no se
deben hacer reproches al medio o instrumento sino al hombre, a
su conciencia moral y a su responsabilidad personal y social.
La doctrina social de la Iglesia sostiene que
se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y
de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también
dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después»
de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni
inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del
hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e
institucionalizada éticamente.
El gran desafío que tenemos, planteado por
las dificultades del desarrollo en este tiempo de globalización
y agravado por la crisis económico-financiera actual, es mostrar,
tanto en el orden de las ideas como de los comportamientos, que
no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios
tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la
honestidad y la responsabilidad, sino que en las relaciones
mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del
don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener
espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una
exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la
razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la
verdad al mismo tiempo.
37. La doctrina social de la
Iglesia ha sostenido siempre que la justicia afecta a todas
las fases de la actividad económica, porque en todo momento
tiene que ver con el hombre y con sus derechos. La obtención de
recursos, la financiación, la producción, el consumo y todas las
fases del proceso económico tienen ineludiblemente implicaciones
morales. Así, toda decisión económica tiene consecuencias de
carácter moral. Lo confirman las ciencias sociales y las
tendencias de la economía contemporánea. Hace algún tiempo, tal
vez se podía confiar primero a la economía la producción de
riqueza y asignar después a la política la tarea de su
distribución. Hoy resulta más difícil, dado que las actividades
económicas no se limitan a territorios definidos, mientras que
las autoridades gubernativas siguen siendo sobre todo locales.
Además, las normas de justicia deben ser respetadas desde el
principio y durante el proceso económico, y no sólo después o
colateralmente. Para eso es necesario que en el mercado se dé
cabida a actividades económicas de sujetos que optan libremente
por ejercer su gestión movidos por principios distintos al del
mero beneficio, sin renunciar por ello a producir valor
económico. Muchos planteamientos económicos provenientes de
iniciativas religiosas y laicas demuestran que esto es realmente
posible.
En la época de la globalización, la economía
refleja modelos competitivos vinculados a culturas muy diversas
entre sí. El comportamiento económico y empresarial que se
desprende tiene en común principalmente el respeto de la
justicia conmutativa. Indudablemente, la vida económica
tiene necesidad del contrato para regular las relaciones
de intercambio entre valores equivalentes. Pero necesita
igualmente leyes justas y formas de redistribución
guiadas por la política, además de obras caracterizadas por el
espíritu del don. La economía globalizada parece
privilegiar la primera lógica, la del intercambio contractual,
pero directa o indirectamente demuestra que necesita a las otras
dos, la lógica de la política y la lógica del don sin
contrapartida.
38. En la Centesimus
annus, mi predecesor Juan Pablo II señaló esta problemática
al advertir la necesidad de un sistema basado en tres instancias:
el mercado, el Estado y la sociedad civil[92].
Consideró que la sociedad civil era el ámbito más apropiado para
una economía de la gratuidad y de la fraternidad, sin
negarla en los otros dos ámbitos. Hoy podemos decir que la vida
económica debe ser comprendida como una realidad de múltiples
dimensiones: en todas ellas, aunque en medida diferente y con
modalidades específicas, debe haber respeto a la reciprocidad
fraterna. En la época de la globalización, la actividad
económica no puede prescindir de la gratuidad, que fomenta y
extiende la solidaridad y la responsabilidad por la justicia y
el bien común en sus diversas instancias y agentes. Se trata, en
definitiva, de una forma concreta y profunda de democracia
económica. La solidaridad es en primer lugar que todos se
sientan responsables de todos[93];
por tanto no se la puede dejar solamente en manos del Estado.
Mientras antes se podía pensar que lo primero era alcanzar la
justicia y que la gratuidad venía después como un complemento,
hoy es necesario decir que sin la gratuidad no se alcanza ni
siquiera la justicia. Se requiere, por tanto, un mercado en el
cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades,
empresas que persiguen fines institucionales diversos. Junto a
la empresa privada, orientada al beneficio, y los diferentes
tipos de empresa pública, deben poderse establecer y desenvolver
aquellas organizaciones productivas que persiguen fines
mutualistas y sociales. De su recíproca interacción en el
mercado se puede esperar una especie de combinación entre los
comportamientos de empresa y, con ella, una atención más
sensible a una civilización de la economía. En este caso,
caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y
organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al
beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de
cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo.
39. Pablo VI pedía en la
Populorum progressio que se llegase a un modelo de
economía de mercado capaz de incluir, al menos tendencialmente,
a todos los pueblos, y no solamente a los particularmente
dotados. Pedía un compromiso para promover un mundo más
humano para todos, un mundo «en donde todos tengan que dar y
recibir, sin que el progreso de los unos sea un obstáculo para
el desarrollo de los otros»[94].
Así, extendía al plano universal las mismas exigencias y
aspiraciones de la Rerum novarum, escrita como
consecuencia de la revolución industrial, cuando se afirmó por
primera vez la idea —seguramente avanzada para aquel tiempo— de
que el orden civil, para sostenerse, necesitaba la intervención
redistributiva del Estado. Hoy, esta visión de la Rerum
novarum, además de puesta en crisis por los procesos de
apertura de los mercados y de las sociedades, se muestra
incompleta para satisfacer las exigencias de una economía
plenamente humana. Lo que la doctrina de la Iglesia ha sostenido
siempre, partiendo de su visión del hombre y de la sociedad, es
necesario también hoy para las dinámicas características de la
globalización.
Cuando la lógica del mercado y la lógica del
Estado se ponen de acuerdo para mantener el monopolio de sus
respectivos ámbitos de influencia, se debilita a la larga la
solidaridad en las relaciones entre los ciudadanos, la
participación, el sentido de pertenencia y el obrar
gratuitamente, que no se identifican con el «dar para tener»,
propio de la lógica de la compraventa, ni con el «dar por deber»,
propio de la lógica de las intervenciones públicas, que el
Estado impone por ley. La victoria sobre el subdesarrollo
requiere actuar no sólo en la mejora de las transacciones
basadas en la compraventa, o en las transferencias de las
estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo
en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de
actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de
gratuidad y comunión. El binomio exclusivo mercado-Estado
corroe la sociabilidad, mientras que las formas de economía
solidaria, que encuentran su mejor terreno en la sociedad civil
aunque no se reducen a ella, crean sociabilidad. El mercado de
la gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden
prescribir por ley. Sin embargo, tanto el mercado como la
política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco.
40. Las actuales dinámicas
económicas internacionales, caracterizadas por graves
distorsiones y disfunciones, requieren también cambios
profundos en el modo de entender la empresa. Antiguas
modalidades de la vida empresarial van desapareciendo, mientras
otras más prometedoras se perfilan en el horizonte. Uno de los
mayores riesgos es sin duda que la empresa responda casi
exclusivamente a las expectativas de los inversores en
detrimento de su dimensión social. Debido a su continuo
crecimiento y a la necesidad de mayores capitales, cada vez son
menos las empresas que dependen de un único empresario estable
que se sienta responsable a largo plazo, y no sólo por poco
tiempo, de la vida y los resultados de su empresa, y cada vez
son menos las empresas que dependen de un único territorio.
Además, la llamada deslocalización de la actividad productiva
puede atenuar en el empresario el sentido de responsabilidad
respecto a los interesados, como los trabajadores, los
proveedores, los consumidores, así como al medio ambiente y a la
sociedad más amplia que lo rodea, en favor de los accionistas,
que no están sujetos a un espacio concreto y gozan por tanto de
una extraordinaria movilidad. El mercado internacional de los
capitales, en efecto, ofrece hoy una gran libertad de acción.
Sin embargo, también es verdad que se está extendiendo la
conciencia de la necesidad de una «responsabilidad social» más
amplia de la empresa. Aunque no todos los planteamientos éticos
que guían hoy el debate sobre la responsabilidad social de la
empresa son aceptables según la perspectiva de la doctrina
social de la Iglesia, es cierto que se va difundiendo cada vez
más la convicción según la cual la gestión de la empresa no
puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios,
sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la
vida de la empresa: trabajadores, clientes, proveedores de
los diversos elementos de producción, la comunidad de referencia.
En los últimos años se ha notado el crecimiento de una clase
cosmopolita de manager, que a menudo responde sólo a las
pretensiones de los nuevos accionistas de referencia compuestos
generalmente por fondos anónimos que establecen su retribución.
Pero también hay muchos managers hoy que, con un análisis más
previsor, se percatan cada vez más de los profundos lazos de su
empresa con el territorio o territorios en que desarrolla su
actividad. Pablo VI invitaba a valorar seriamente el daño que la
trasferencia de capitales al extranjero, por puro provecho
personal, puede ocasionar a la propia nación[95].
Juan Pablo II advertía que invertir tiene siempre un
significado moral, además de económico[96].
Se ha de reiterar que todo esto mantiene su validez en nuestros
días a pesar de que el mercado de capitales haya sido
fuertemente liberalizado y la moderna mentalidad tecnológica
pueda inducir a pensar que invertir es sólo un hecho técnico y
no humano ni ético. No se puede negar que un cierto capital
puede hacer el bien cuando se invierte en el extranjero en vez
de en la propia patria. Pero deben quedar a salvo los vínculos
de justicia, teniendo en cuenta también cómo se ha formado ese
capital y los perjuicios que comporta para las personas el que
no se emplee en los lugares donde se ha generado[97].
Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros
esté motivado por la especulación y ceda a la tentación de
buscar únicamente un beneficio inmediato, en vez de la
sostenibilidad de la empresa a largo plazo, su propio servicio a
la economía real y la promoción, en modo adecuado y oportuno, de
iniciativas económicas también en los países necesitados de
desarrollo. Tampoco hay motivos para negar que la
deslocalización, que lleva consigo inversiones y formación,
puede hacer bien a la población del país que la recibe. El
trabajo y los conocimientos técnicos son una necesidad
universal. Sin embargo, no es lícito deslocalizar únicamente
para aprovechar particulares condiciones favorables, o peor aún,
para explotar sin aportar a la sociedad local una verdadera
contribución para el nacimiento de un sólido sistema productivo
y social, factor imprescindible para un desarrollo estable.
41. A este respecto, es útil
observar que la iniciativa empresarial tiene, y debe
asumir cada vez más, un significado polivalente. El
predominio persistente del binomio mercado-Estado nos ha
acostumbrado a pensar exclusivamente en el empresario privado de
tipo capitalista por un lado y en el directivo estatal por otro.
En realidad, la iniciativa empresarial se ha de entender de modo
articulado. Así lo revelan diversas motivaciones metaeconómicas.
El ser empresario, antes de tener un significado profesional,
tiene un significado humano[98].
Es propio de todo trabajo visto como «actus personae»[99]
y por eso es bueno que todo trabajador tenga la posibilidad de
dar la propia aportación a su labor, de modo que él mismo «sea
consciente de que está trabajando en algo propio»[100].
Por eso, Pablo VI enseñaba que «todo trabajador es un creador»[101].
Precisamente para responder a las exigencias y a la dignidad de
quien trabaja, y a las necesidades de la sociedad, existen
varios tipos de empresas, más allá de la pura distinción entre «privado»
y «público». Cada una requiere y manifiesta una capacidad de
iniciativa empresarial específica. Para realizar una economía
que en el futuro próximo sepa ponerse al servicio del bien común
nacional y mundial, es oportuno tener en cuenta este significado
amplio de iniciativa empresarial. Esta concepción más amplia
favorece el intercambio y la mutua configuración entre los
diversos tipos de iniciativa empresarial, con transvase de
competencias del mundo non profit al profit y
viceversa, del público al propio de la sociedad civil, del de
las economías avanzadas al de países en vía de desarrollo.
También la autoridad política tiene un
significado polivalente, que no se puede olvidar mientras
se camina hacia la consecución de un nuevo orden
económico-productivo, socialmente responsable y a medida del
hombre. Al igual que se pretende cultivar una iniciativa
empresarial diferenciada en el ámbito mundial, también se debe
promover una autoridad política repartida y que ha de actuar en
diversos planos. El mercado único de nuestros días no elimina el
papel de los estados, más bien obliga a los gobiernos a una
colaboración recíproca más estrecha. La sabiduría y la prudencia
aconsejan no proclamar apresuradamente la desaparición del
Estado. Con relación a la solución de la crisis actual, su papel
parece destinado a crecer, recuperando muchas competencias. Hay
naciones donde la construcción o reconstrucción del Estado sigue
siendo un elemento clave para su desarrollo. La ayuda
internacional, precisamente dentro de un proyecto inspirado
en la solidaridad para solucionar los actuales problemas
económicos, debería apoyar en primer lugar la consolidación de
los sistemas constitucionales, jurídicos y administrativos en
los países que todavía no gozan plenamente de estos bienes. Las
ayudas económicas deberían ir acompañadas de aquellas medidas
destinadas a reforzar las garantías propias de un Estado de
derecho, un sistema de orden público y de prisiones
respetuoso de los derechos humanos y a consolidar instituciones
verdaderamente democráticas. No es necesario que el Estado tenga
las mismas características en todos los sitios: el
fortalecimiento de los sistemas constitucionales débiles puede
ir acompañado perfectamente por el desarrollo de otras
instancias políticas no estatales, de carácter cultural, social,
territorial o religioso. Además, la articulación de la autoridad
política en el ámbito local, nacional o internacional, es uno de
los cauces privilegiados para poder orientar la globalización
económica. Y también el modo de evitar que ésta mine de hecho
los fundamentos de la democracia.
42. A veces se perciben
actitudes fatalistas ante la globalización, como si las
dinámicas que la producen procedieran de fuerzas anónimas e
impersonales o de estructuras independientes de la voluntad
humana[102]. A
este respecto, es bueno recordar que la globalización ha de
entenderse ciertamente como un proceso socioeconómico, pero no
es ésta su única dimensión. Tras este proceso más visible hay
realmente una humanidad cada vez más interrelacionada; hay
personas y pueblos para los que el proceso debe ser de utilidad
y desarrollo[103],
gracias a que tanto los individuos como la colectividad asumen
sus respectivas responsabilidades. La superación de las
fronteras no es sólo un hecho material, sino también cultural,
en sus causas y en sus efectos. Cuando se entiende la
globalización de manera determinista, se pierden los criterios
para valorarla y orientarla. Es una realidad humana y puede ser
fruto de diversas corrientes culturales que han de ser sometidas
a un discernimiento. La verdad de la globalización como proceso
y su criterio ético fundamental vienen dados por la unidad de la
familia humana y su crecimiento en el bien. Por tanto, hay que
esforzarse incesantemente para favorecer una orientación
cultural personalista y comunitaria, abierta a la trascendencia,
del proceso de integración planetaria.
A pesar de algunos aspectos estructurales
innegables, pero que no se deben absolutizar, «la globalización
no es, a priori, ni buena ni mala. Será lo que la gente
haga de ella»[104].
Debemos ser sus protagonistas, no las víctimas, procediendo
razonablemente, guiados por la caridad y la verdad. Oponerse
ciegamente a la globalización sería una actitud errónea,
preconcebida, que acabaría por ignorar un proceso que tiene
también aspectos positivos, con el riesgo de perder una gran
ocasión para aprovechar las múltiples oportunidades de
desarrollo que ofrece. El proceso de globalización,
adecuadamente entendido y gestionado, ofrece la posibilidad de
una gran redistribución de la riqueza a escala planetaria como
nunca se ha visto antes; pero, si se gestiona mal, puede
incrementar la pobreza y la desigualdad, contagiando además con
una crisis a todo el mundo. Es necesario corregir las
disfunciones, a veces graves, que causan nuevas divisiones
entre los pueblos y en su interior, de modo que la
redistribución de la riqueza no comporte una redistribución de
la pobreza, e incluso la acentúe, como podría hacernos temer
también una mala gestión de la situación actual. Durante mucho
tiempo se ha pensado que los pueblos pobres deberían permanecer
anclados en un estadio de desarrollo preestablecido o
contentarse con la filantropía de los pueblos desarrollados.
Pablo VI se pronunció contra esta mentalidad en la Populorum
progressio. Los recursos materiales disponibles para sacar a
estos pueblos de la miseria son hoy potencialmente mayores que
antes, pero se han servido de ellos principalmente los países
desarrollados, que han podido aprovechar mejor la liberalización
de los movimientos de capitales y de trabajo. Por tanto, la
difusión de ámbitos de bienestar en el mundo no debería ser
obstaculizada con proyectos egoístas, proteccionistas o dictados
por intereses particulares. En efecto, la participación de
países emergentes o en vías de desarrollo permite hoy gestionar
mejor la crisis. La transición que el proceso de globalización
comporta, conlleva grandes dificultades y peligros, que sólo se
podrán superar si se toma conciencia del espíritu antropológico
y ético que en el fondo impulsa la globalización hacia metas de humanización
solidaria. Desgraciadamente, este espíritu se ve con frecuencia
marginado y entendido desde perspectivas ético-culturales de
carácter individualista y utilitarista. La globalización es un
fenómeno multidimensional y polivalente, que exige ser
comprendido en la diversidad y en la unidad de todas sus
dimensiones, incluida la teológica. Esto consentirá vivir y
orientar la globalización de la humanidad en términos de
relacionalidad, comunión y participación.
CAPÍTULO CUARTO
DESARROLLO DE LOS PUEBLOS,
DERECHOS Y DEBERES, AMBIENTE
43. «La solidaridad
universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también
un deber».[105]
En la actualidad, muchos pretenden pensar que no deben nada a
nadie, si no es a sí mismos. Piensan que sólo son titulares de
derechos y con frecuencia les cuesta madurar en su
responsabilidad respecto al desarrollo integral propio y ajeno.
Por ello, es importante urgir una nueva reflexión sobre los
deberes que los derechos presuponen, y sin los cuales éstos se
convierten en algo arbitrario[106].
Hoy se da una profunda contradicción. Mientras, por un lado, se
reivindican presuntos derechos, de carácter arbitrario y
superfluo, con la pretensión de que las estructuras públicas los
reconozcan y promuevan, por otro, hay derechos elementales y
fundamentales que se ignoran y violan en gran parte de la
humanidad[107].
Se aprecia con frecuencia una relación entre la reivindicación
del derecho a lo superfluo, e incluso a la transgresión y al
vicio, en las sociedades opulentas, y la carencia de comida,
agua potable, instrucción básica o cuidados sanitarios
elementales en ciertas regiones del mundo subdesarrollado y
también en la periferia de las grandes ciudades. Dicha relación
consiste en que los derechos individuales, desvinculados de un
conjunto de deberes que les dé un sentido profundo, se
desquician y dan lugar a una espiral de exigencias prácticamente
ilimitada y carente de criterios. La exacerbación de los
derechos conduce al olvido de los deberes. Los deberes delimitan
los derechos porque remiten a un marco antropológico y ético en
cuya verdad se insertan también los derechos y así dejan de ser
arbitrarios. Por este motivo, los deberes refuerzan los derechos
y reclaman que se los defienda y promueva como un compromiso al
servicio del bien. En cambio, si los derechos del hombre se
fundamentan sólo en las deliberaciones de una asamblea de
ciudadanos, pueden ser cambiados en cualquier momento y,
consiguientemente, se relaja en la conciencia común el deber de
respetarlos y tratar de conseguirlos. Los gobiernos y los
organismos internacionales pueden olvidar entonces la
objetividad y la cualidad de «no disponibles» de los derechos.
Cuando esto sucede, se pone en peligro el verdadero desarrollo
de los pueblos[108].
Comportamientos como éstos comprometen la autoridad moral de los
organismos internacionales, sobre todo a los ojos de los países
más necesitados de desarrollo. En efecto, éstos exigen que la
comunidad internacional asuma como un deber ayudarles a ser «artífices
de su destino»[109],
es decir, a que asuman a su vez deberes. Compartir los
deberes recíprocos moviliza mucho más que la mera reivindicación
de derechos.
44. La concepción de los
derechos y de los deberes respecto al desarrollo, debe tener
también en cuenta los problemas relacionados con el
crecimiento demográfico. Es un aspecto muy importante del
verdadero desarrollo, porque afecta a los valores irrenunciables
de la vida y de la familia[110].
No es correcto considerar el aumento de población como la
primera causa del subdesarrollo, incluso desde el punto de vista
económico: baste pensar, por un lado, en la notable disminución
de la mortalidad infantil y el aumento de la edad media que se
produce en los países económicamente desarrollados y, por otra,
en los signos de crisis que se perciben en la sociedades en las
que se constata una preocupante disminución de la natalidad.
Obviamente, se ha de seguir prestando la debida atención a una
procreación responsable que, por lo demás, es una contribución
efectiva al desarrollo humano integral. La Iglesia, que se
interesa por el verdadero desarrollo del hombre, exhorta a éste
a que respete los valores humanos también en el ejercicio de la
sexualidad: ésta no puede quedar reducida a un mero hecho
hedonista y lúdico, del mismo modo que la educación sexual no se
puede limitar a una instrucción técnica, con la única
preocupación de proteger a los interesados de eventuales
contagios o del «riesgo» de procrear. Esto equivaldría a
empobrecer y descuidar el significado profundo de la sexualidad,
que debe ser en cambio reconocido y asumido con responsabilidad
por la persona y la comunidad. En efecto, la responsabilidad
evita tanto que se considere la sexualidad como una simple
fuente de placer, como que se regule con políticas de
planificación forzada de la natalidad. En ambos casos se trata
de concepciones y políticas materialistas, en las que las
personas acaban padeciendo diversas formas de violencia. Frente
a todo esto, se debe resaltar la competencia primordial que en
este campo tienen las familias[111]
respecto del Estado y sus políticas restrictivas, así como una
adecuada educación de los padres.
La apertura moralmente responsable a la
vida es una riqueza social y económica. Grandes naciones han
podido salir de la miseria gracias también al gran número y a la
capacidad de sus habitantes. Al contrario, naciones en un tiempo
florecientes pasan ahora por una fase de incertidumbre, y en
algún caso de decadencia, precisamente a causa del bajo índice
de natalidad, un problema crucial para las sociedades de mayor
bienestar. La disminución de los nacimientos, a veces por debajo
del llamado «índice de reemplazo generacional», pone en crisis
incluso a los sistemas de asistencia social, aumenta los costes,
merma la reserva del ahorro y, consiguientemente, los recursos
financieros necesarios para las inversiones, reduce la
disponibilidad de trabajadores cualificados y disminuye la
reserva de «cerebros» a los que recurrir para las necesidades de
la nación. Además, las familias pequeñas, o muy pequeñas a veces,
corren el riesgo de empobrecer las relaciones sociales y de no
asegurar formas eficaces de solidaridad. Son situaciones que
presentan síntomas de escasa confianza en el futuro y de fatiga
moral. Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso
económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la
hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las
exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la
persona. En esta perspectiva, los estados están llamados a
establecer políticas que promuevan la centralidad y la
integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un
hombre y una mujer, célula primordial y vital de la sociedad[112],
haciéndose cargo también de sus problemas económicos y fiscales,
en el respeto de su naturaleza relacional.
45. Responder a las
exigencias morales más profundas de la persona tiene también
importantes efectos beneficiosos en el plano económico. En
efecto, la economía tiene necesidad de la ética para su
correcto funcionamiento; no de una ética cualquiera, sino de
una ética amiga de la persona. Hoy se habla mucho de ética en el
campo económico, bancario y empresarial. Surgen centros de
estudio y programas formativos de business ethics; se
difunde en el mundo desarrollado el sistema de certificaciones
éticas, siguiendo la línea del movimiento de ideas nacido en
torno a la responsabilidad social de la empresa. Los bancos
proponen cuentas y fondos de inversión llamados «éticos». Se
desarrolla una «finanza ética», sobre todo mediante el
microcrédito y, más en general, la microfinanciación. Dichos
procesos son apreciados y merecen un amplio apoyo. Sus efectos
positivos llegan incluso a las áreas menos desarrolladas de la
tierra. Conviene, sin embargo, elaborar un criterio de
discernimiento válido, pues se nota un cierto abuso del adjetivo
«ético» que, usado de manera genérica, puede abarcar también
contenidos completamente distintos, hasta el punto de hacer
pasar por éticas decisiones y opciones contrarias a la justicia
y al verdadero bien del hombre.
En efecto, mucho depende del sistema moral de
referencia. Sobre este aspecto, la doctrina social de la Iglesia
ofrece una aportación específica, que se funda en la creación
del hombre «a imagen de Dios» (Gn 1,27), algo que
comporta la inviolable dignidad de la persona humana, así como
el valor trascendente de las normas morales naturales. Una ética
económica que prescinda de estos dos pilares correría el peligro
de perder inevitablemente su propio significado y prestarse así
a ser instrumentalizada; más concretamente, correría el riesgo
de amoldarse a los sistemas económico-financieros existentes, en
vez de corregir sus disfunciones. Además, podría acabar incluso
justificando la financiación de proyectos no éticos. Es
necesario, pues, no recurrir a la palabra «ética» de una manera
ideológicamente discriminatoria, dando a entender que no serían
éticas las iniciativas no etiquetadas formalmente con esa
cualificación. Conviene esforzarse —la observación aquí es
esencial— no sólo para que surjan sectores o segmentos «éticos»
de la economía o de las finanzas, sino para que toda la economía
y las finanzas sean éticas y lo sean no por una etiqueta externa,
sino por el respeto de exigencias intrínsecas de su propia
naturaleza. A este respecto, la doctrina social de la Iglesia
habla con claridad, recordando que la economía, en todas sus
ramas, es un sector de la actividad humana[113].
46. Respecto al tema de la
relación entre empresa y ética, así como de la evolución
que está teniendo el sistema productivo, parece que la
distinción hasta ahora más difundida entre empresas destinadas
al beneficio (profit) y organizaciones sin ánimo de lucro
(non profit) ya no refleja plenamente la realidad, ni es
capaz de orientar eficazmente el futuro. En estos últimos
decenios, ha ido surgiendo una amplia zona intermedia entre los
dos tipos de empresas. Esa zona intermedia está compuesta por
empresas tradicionales que, sin embargo, suscriben pactos de
ayuda a países atrasados; por fundaciones promovidas por
empresas concretas; por grupos de empresas que tienen objetivos
de utilidad social; por el amplio mundo de agentes de la llamada
economía civil y de comunión. No se trata sólo de un «tercer
sector», sino de una nueva y amplia realidad compuesta, que
implica al sector privado y público y que no excluye el
beneficio, pero lo considera instrumento para objetivos humanos
y sociales. Que estas empresas distribuyan más o menos los
beneficios, o que adopten una u otra configuración jurídica
prevista por la ley, es secundario respecto a su disponibilidad
para concebir la ganancia como un instrumento para alcanzar
objetivos de humanización del mercado y de la sociedad. Es de
desear que estas nuevas formas de empresa encuentren en todos
los países también un marco jurídico y fiscal adecuado. Así, sin
restar importancia y utilidad económica y social a las formas
tradicionales de empresa, hacen evolucionar el sistema hacia una
asunción más clara y plena de los deberes por parte de los
agentes económicos. Y no sólo esto. La misma pluralidad de
las formas institucionales de empresa es lo que promueve un
mercado más cívico y al mismo tiempo más competitivo.
47. La potenciación de los
diversos tipos de empresas y, en particular, de los que son
capaces de concebir el beneficio como un instrumento para
conseguir objetivos de humanización del mercado y de la sociedad,
hay que llevarla a cabo incluso en países excluidos o marginados
de los circuitos de la economía global, donde es muy importante
proceder con proyectos de subsidiaridad convenientemente
diseñados y gestionados, que tiendan a promover los derechos,
pero previendo siempre que se asuman también las
correspondientes responsabilidades. En las iniciativas para
el desarrollo debe quedar a salvo el principio de la
centralidad de la persona humana, que es quien debe asumirse
en primer lugar el deber del desarrollo. Lo que interesa
principalmente es la mejora de las condiciones de vida de las
personas concretas de una cierta región, para que puedan
satisfacer aquellos deberes que la indigencia no les permite
observar actualmente. La preocupación nunca puede ser una
actitud abstracta. Los programas de desarrollo, para poder
adaptarse a las situaciones concretas, han de ser flexibles; y
las personas que se beneficien deben implicarse directamente en
su planificación y convertirse en protagonistas de su
realización. También es necesario aplicar los criterios de
progresión y acompañamiento —incluido el seguimiento de los
resultados—, porque no hay recetas universalmente válidas. Mucho
depende de la gestión concreta de las intervenciones. «Constructores
de su propio desarrollo, los pueblos son los primeros
responsables de él. Pero no lo realizarán en el aislamiento»[114].
Hoy, con la consolidación del proceso de progresiva integración
del planeta, esta exhortación de Pablo VI es más válida todavía.
Las dinámicas de inclusión no tienen nada de mecánico. Las
soluciones se han de ajustar a la vida de los pueblos y de las
personas concretas, basándose en una valoración prudencial de
cada situación. Al lado de los macroproyectos son necesarios los
microproyectos y, sobre todo, es necesaria la movilización
efectiva de todos los sujetos de la sociedad civil, tanto de las
personas jurídicas como de las personas físicas.
La cooperación internacional necesita
personas que participen en el proceso del desarrollo económico y
humano, mediante la solidaridad de la presencia, el
acompañamiento, la formación y el respeto. Desde este punto de
vista, los propios organismos internacionales deberían
preguntarse sobre la eficacia real de sus aparatos burocráticos
y administrativos, frecuentemente demasiado costosos. A veces,
el destinatario de las ayudas resulta útil para quien lo ayuda
y, así, los pobres sirven para mantener costosos organismos
burocráticos, que destinan a la propia conservación un
porcentaje demasiado elevado de esos recursos que deberían ser
destinados al desarrollo. A este respecto, cabría desear que los
organismos internacionales y las organizaciones no
gubernamentales se esforzaran por una transparencia total,
informando a los donantes y a la opinión pública sobre la
proporción de los fondos recibidos que se destina a programas de
cooperación, sobre el verdadero contenido de dichos programas y,
en fin, sobre la distribución de los gastos de la institución
misma.
48. El tema del desarrollo
está también muy unido hoy a los deberes que nacen de la
relación del hombre con el ambiente natural. Éste es
un don de Dios para todos, y su uso representa para nosotros una
responsabilidad para con los pobres, las generaciones futuras y
toda la humanidad. Cuando se considera la naturaleza, y en
primer lugar al ser humano, fruto del azar o del determinismo
evolutivo, disminuye el sentido de la responsabilidad en las
conciencias. El creyente reconoce en la naturaleza el
maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios, que
el hombre puede utilizar responsablemente para satisfacer sus
legítimas necesidades —materiales e inmateriales— respetando el
equilibrio inherente a la creación misma. Si se desvanece esta
visión, se acaba por considerar la naturaleza como un tabú
intocable o, al contrario, por abusar de ella. Ambas posturas no
son conformes con la visión cristiana de la naturaleza, fruto de
la creación de Dios.
La naturaleza es expresión de un proyecto
de amor y de verdad. Ella nos precede y nos ha sido dada por
Dios como ámbito de vida. Nos habla del Creador (cf. Rm
1,20) y de su amor a la humanidad. Está destinada a encontrar la
«plenitud» en Cristo al final de los tiempos (cf. Ef
1,9-10; Col 1,19-20). También ella, por tanto, es una «vocación»[115].
La naturaleza está a nuestra disposición no como un «montón de
desechos esparcidos al azar»,[116]
sino como un don del Creador que ha diseñado sus estructuras
intrínsecas para que el hombre descubra las orientaciones que se
deben seguir para «guardarla y cultivarla» (cf. Gn 2,15).
Pero se ha de subrayar que es contrario al verdadero desarrollo
considerar la naturaleza como más importante que la persona
humana misma. Esta postura conduce a actitudes neopaganas o de
nuevo panteísmo: la salvación del hombre no puede venir
únicamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente
naturalista. Por otra parte, también es necesario refutar la
posición contraria, que mira a su completa tecnificación, porque
el ambiente natural no es sólo materia disponible a nuestro
gusto, sino obra admirable del Creador y que lleva en sí una «gramática»
que indica finalidad y criterios para un uso inteligente, no
instrumental y arbitrario. Hoy, muchos perjuicios al desarrollo
provienen en realidad de estas maneras de pensar distorsionadas.
Reducir completamente la naturaleza a un conjunto de simples
datos fácticos acaba siendo fuente de violencia para con el
ambiente, provocando además conductas que no respetan la
naturaleza del hombre mismo. Ésta, en cuanto se compone no sólo
de materia, sino también de espíritu, y por tanto rica de
significados y fines trascendentes, tiene un carácter normativo
incluso para la cultura. El hombre interpreta y modela el
ambiente natural mediante la cultura, la cual es orientada a su
vez por la libertad responsable, atenta a los dictámenes de la
ley moral. Por tanto, los proyectos para un desarrollo humano
integral no pueden ignorar a las generaciones sucesivas, sino
que han de caracterizarse por la solidaridad y la
justicia intergeneracional, teniendo en cuenta múltiples
aspectos, como el ecológico, el jurídico, el económico, el
político y el cultural[117].
49. Hoy, las cuestiones
relacionadas con el cuidado y salvaguardia del ambiente han de
tener debidamente en cuenta los problemas energéticos. En
efecto, el acaparamiento por parte de algunos estados, grupos de
poder y empresas de recursos energéticos no renovables, es un
grave obstáculo para el desarrollo de los países pobres. Éstos
no tienen medios económicos ni para acceder a las fuentes
energéticas no renovables ya existentes ni para financiar la
búsqueda de fuentes nuevas y alternativas. La acumulación de
recursos naturales, que en muchos casos se encuentran
precisamente en países pobres, causa explotación y conflictos
frecuentes entre las naciones y en su interior. Dichos
conflictos se producen con frecuencia precisamente en el
territorio de esos países, con graves consecuencias de muertes,
destrucción y mayor degradación aún. La comunidad internacional
tiene el deber imprescindible de encontrar los modos
institucionales para ordenar el aprovechamiento de los recursos
no renovables, con la participación también de los países pobres,
y planificar así conjuntamente el futuro.
En este sentido, hay también una urgente
necesidad moral de una renovada solidaridad, especialmente
en las relaciones entre países en vías de desarrollo y países
altamente industrializados[118].
Las sociedades tecnológicamente avanzadas pueden y deben
disminuir el propio gasto energético, bien porque las
actividades manufactureras evolucionan, bien porque entre sus
ciudadanos se difunde una mayor sensibilidad ecológica. Además,
se debe añadir que hoy se puede mejorar la eficacia energética y
al mismo tiempo progresar en la búsqueda de energías
alternativas. Pero es también necesaria una redistribución
planetaria de los recursos energéticos, de manera que también
los países que no los tienen puedan acceder a ellos. Su destino
no puede dejarse en manos del primero que llega o depender de la
lógica del más fuerte. Se trata de problemas relevantes que,
para ser afrontados de manera adecuada, requieren por parte de
todos una responsable toma de conciencia de las consecuencias
que afectarán a las nuevas generaciones, y sobre todo a los
numerosos jóvenes que viven en los pueblos pobres, los cuales «reclaman
tener su parte activa en la construcción de un mundo mejor»[119].
50. Esta responsabilidad es
global, porque no concierne sólo a la energía, sino a toda la
creación, para no dejarla a las nuevas generaciones empobrecida
en sus recursos. Es lícito que el hombre gobierne
responsablemente la naturaleza para custodiarla, hacerla
productiva y cultivarla también con métodos nuevos y tecnologías
avanzadas, de modo que pueda acoger y alimentar dignamente a la
población que la habita. En nuestra tierra hay lugar para todos:
en ella toda la familia humana debe encontrar los recursos
necesarios para vivir dignamente, con la ayuda de la naturaleza
misma, don de Dios a sus hijos, con el tesón del propio trabajo
y de la propia inventiva. Pero debemos considerar un deber muy
grave el dejar la tierra a las nuevas generaciones en un estado
en el que puedan habitarla dignamente y seguir cultivándola. Eso
comporta «el compromiso de decidir juntos después de haber
ponderado responsablemente la vía a seguir, con el objetivo de
fortalecer esa alianza entre ser humano y medio ambiente
que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual
procedemos y hacia el cual caminamos»[120].
Es de desear que la comunidad internacional y cada gobierno
sepan contrarrestar eficazmente los modos de utilizar el
ambiente que le sean nocivos. Y también las autoridades
competentes han de hacer los esfuerzos necesarios para que los
costes económicos y sociales que se derivan del uso de los
recursos ambientales comunes se reconozcan de manera
transparente y sean sufragados totalmente por aquellos que se
benefician, y no por otros o por las futuras generaciones. La
protección del entorno, de los recursos y del clima requiere que
todos los responsables internacionales actúen conjuntamente y
demuestren prontitud para obrar de buena fe, en el respeto de la
ley y la solidaridad con las regiones más débiles del planeta[121].
Una de las mayores tareas de la economía es precisamente el uso
más eficaz de los recursos, no el abuso, teniendo siempre
presente que el concepto de eficiencia no es axiológicamente
neutral.
51. El modo en que el
hombre trata el ambiente influye en la manera en que se trata a
sí mismo, y viceversa. Esto exige que la sociedad actual
revise seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del
mundo, tiende al hedonismo y al consumismo, despreocupándose de
los daños que de ello se derivan[122].
Es necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a
adoptar nuevos estilos de vida, «a tenor de los
cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así
como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común
sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de
los ahorros y de las inversiones»[123].
Cualquier menoscabo de la solidaridad y del civismo produce
daños ambientales, así como la degradación ambiental, a su vez,
provoca insatisfacción en las relaciones sociales. La naturaleza,
especialmente en nuestra época, está tan integrada en la
dinámica social y cultural que prácticamente ya no constituye
una variable independiente. La desertización y el
empobrecimiento productivo de algunas áreas agrícolas son
también fruto del empobrecimiento de sus habitantes y de su
atraso. Cuando se promueve el desarrollo económico y cultural de
estas poblaciones, se tutela también la naturaleza. Además,
muchos recursos naturales quedan devastados con las guerras. La
paz de los pueblos y entre los pueblos permitiría también una
mayor salvaguardia de la naturaleza. El acaparamiento de los
recursos, especialmente del agua, puede provocar graves
conflictos entre las poblaciones afectadas. Un acuerdo pacífico
sobre el uso de los recursos puede salvaguardar la naturaleza y,
al mismo tiempo, el bienestar de las sociedades interesadas.
La Iglesia tiene una responsabilidad
respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y,
al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire
como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger
sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es
necesario que exista una especie de ecología del hombre bien
entendida. En efecto, la degradación de la naturaleza está
estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia
humana: cuando se respeta la «ecología humana»[124]
en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia.
Así como las virtudes humanas están interrelacionadas, de modo
que el debilitamiento de una pone en peligro también a las otras,
así también el sistema ecológico se apoya en un proyecto que
abarca tanto la sana convivencia social como la buena relación
con la naturaleza.
Para salvaguardar la naturaleza no basta
intervenir con incentivos o desincentivos económicos, y ni
siquiera basta con una instrucción adecuada. Éstos son
instrumentos importantes, pero el problema decisivo es la
capacidad moral global de la sociedad. Si no se respeta el
derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial
la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se
sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia
común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello
de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las
nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la
educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El
libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que
concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia,
las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano
integral. Los deberes que tenemos con el ambiente están
relacionados con los que tenemos para con la persona considerada
en sí misma y en su relación con los otros. No se pueden exigir
unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad
y de la praxis actual, que envilece a la persona, trastorna el
ambiente y daña a la sociedad.
52. La verdad, y el amor que
ella desvela, no se pueden producir, sólo se pueden acoger. Su
última fuente no es, ni puede ser, el hombre, sino Dios, o sea
Aquel que es Verdad y Amor. Este principio es muy importante
para la sociedad y para el desarrollo, en cuanto que ni la
Verdad ni el Amor pueden ser sólo productos humanos; la vocación
misma al desarrollo de las personas y de los pueblos no se
fundamenta en una simple deliberación humana, sino que está
inscrita en un plano que nos precede y que para todos nosotros
es un deber que ha de ser acogido libremente. Lo que nos precede
y constituye —el Amor y la Verdad subsistentes— nos indica qué
es el bien y en qué consiste nuestra felicidad. Nos señala
así el camino hacia el verdadero desarrollo.
CAPÍTULO
QUINTO
LA COLABORACIÓN
DE LA FAMILIA HUMANA
53. Una de las pobrezas más
hondas que el hombre puede experimentar es la soledad.
Ciertamente, también las otras pobrezas, incluidas las
materiales, nacen del aislamiento, del no ser amados o de la
dificultad de amar. Con frecuencia, son provocadas por el
rechazo del amor de Dios, por una tragedia original de cerrazón
del hombre en sí mismo, pensando ser autosuficiente, o bien un
mero hecho insignificante y pasajero, un «extranjero» en un
universo que se ha formado por casualidad. El hombre está
alienado cuando vive solo o se aleja de la realidad, cuando
renuncia a pensar y creer en un Fundamento[125].
Toda la humanidad está alienada cuando se entrega a proyectos
exclusivamente humanos, a ideologías y utopías falsas[126].
Hoy la humanidad aparece mucho más interactiva que antes: esa
mayor vecindad debe transformarse en verdadera comunión. El
desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se
reconozcan como parte de una sola familia, que colabora con
verdadera comunión y está integrada por seres que no viven
simplemente uno junto al otro[127].
Pablo VI señalaba que «el mundo se encuentra
en un lamentable vacío de ideas»[128].
La afirmación contiene una constatación, pero sobre todo una
aspiración: es preciso un nuevo impulso del pensamiento para
comprender mejor lo que implica ser una familia; la interacción
entre los pueblos del planeta nos urge a dar ese impulso, para
que la integración se desarrolle bajo el signo de la solidaridad[129]
en vez del de la marginación. Dicho pensamiento obliga a una
profundización crítica y valorativa de la categoría de la
relación. Es un compromiso que no puede llevarse a cabo sólo
con las ciencias sociales, dado que requiere la aportación de
saberes como la metafísica y la teología, para captar con
claridad la dignidad trascendente del hombre.
La criatura humana, en cuanto de naturaleza
espiritual, se realiza en las relaciones interpersonales. Cuanto
más las vive de manera auténtica, tanto más madura también en la
propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose
sino poniéndose en relación con los otros y con Dios. Por tanto,
la importancia de dichas relaciones es fundamental. Esto vale
también para los pueblos. Consiguientemente, resulta muy útil
para su desarrollo una visión metafísica de la relación entre
las personas. A este respecto, la razón encuentra inspiración y
orientación en la revelación cristiana, según la cual la
comunidad de los hombres no absorbe en sí a la persona anulando
su autonomía, como ocurre en las diversas formas del
totalitarismo, sino que la valoriza más aún porque la relación
entre persona y comunidad es la de un todo hacia otro todo[130].
De la misma manera que la comunidad familiar no anula en su seno
a las personas que la componen, y la Iglesia misma valora
plenamente la «criatura nueva» (Ga 6,15; 2 Co
5,17), que por el bautismo se inserta en su Cuerpo vivo, así
también la unidad de la familia humana no anula de por sí a las
personas, los pueblos o las culturas, sino que los hace más
transparentes los unos con los otros, más unidos en su legítima
diversidad.
54. El tema del desarrollo
coincide con el de la inclusión relacional de todas las personas
y de todos los pueblos en la única comunidad de la familia
humana, que se construye en la solidaridad sobre la base de los
valores fundamentales de la justicia y la paz. Esta perspectiva
se ve iluminada de manera decisiva por la relación entre las
Personas de la Trinidad en la única Sustancia divina. La
Trinidad es absoluta unidad, en cuanto las tres Personas divinas
son relacionalidad pura. La transparencia recíproca entre las
Personas divinas es plena y el vínculo de una con otra total,
porque constituyen una absoluta unidad y unicidad. Dios nos
quiere también asociar a esa realidad de comunión: «para que
sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17,22). La Iglesia
es signo e instrumento de esta unidad[131].
También las relaciones entre los hombres a lo largo de la
historia se han beneficiado de la referencia a este Modelo
divino. En particular, a la luz del misterio revelado de la
Trinidad, se comprende que la verdadera apertura no
significa dispersión centrífuga, sino compenetración profunda.
Esto se manifiesta también en las experiencias humanas comunes
del amor y de la verdad. Como el amor sacramental une a los
esposos espiritualmente en «una sola carne» (Gn 2,24;
Mt 19,5; Ef 5,31), y de dos que eran hace de ellos
una unidad relacional y real, de manera análoga la verdad une
los espíritus entre sí y los hace pensar al unísono,
atrayéndolos y uniéndolos en ella.
55. La revelación cristiana
sobre la unidad del género humano presupone una
interpretación metafísica del humanum, en la que la
relacionalidad es elemento esencial. También otras culturas
y otras religiones enseñan la fraternidad y la paz y, por tanto,
son de gran importancia para el desarrollo humano integral. Sin
embargo, no faltan actitudes religiosas y culturales en las que
no se asume plenamente el principio del amor y de la verdad,
terminando así por frenar el verdadero desarrollo humano e
incluso por impedirlo. El mundo de hoy está siendo atravesado
por algunas culturas de trasfondo religioso, que no llevan al
hombre a la comunión, sino que lo aíslan en la búsqueda del
bienestar individual, limitándose a gratificar las expectativas
psicológicas. También una cierta proliferación de itinerarios
religiosos de pequeños grupos, e incluso de personas
individuales, así como el sincretismo religioso, pueden ser
factores de dispersión y de falta de compromiso. Un posible
efecto negativo del proceso de globalización es la tendencia a
favorecer dicho sincretismo[132],
alimentando formas de «religión» que alejan a las personas unas
de otras, en vez de hacer que se encuentren, y las apartan de la
realidad. Al mismo tiempo, persisten a veces parcelas culturales
y religiosas que encasillan la sociedad en castas sociales
estáticas, en creencias mágicas que no respetan la dignidad de
la persona, en actitudes de sumisión a fuerzas ocultas. En esos
contextos, el amor y la verdad encuentran dificultad para
afianzarse, perjudicando el auténtico desarrollo.
Por este motivo, aunque es verdad que, por un
lado, el desarrollo necesita de las religiones y de las culturas
de los diversos pueblos, por otro lado, sigue siendo verdad
también que es necesario un adecuado discernimiento. La libertad
religiosa no significa indiferentismo religioso y no comporta
que todas las religiones sean iguales[133].
El discernimiento sobre la contribución de las culturas y de las
religiones es necesario para la construcción de la comunidad
social en el respeto del bien común, sobre todo para quien
ejerce el poder político. Dicho discernimiento deberá basarse en
el criterio de la caridad y de la verdad. Puesto que está en
juego el desarrollo de las personas y de los pueblos, tendrá en
cuenta la posibilidad de emancipación y de inclusión en la
óptica de una comunidad humana verdaderamente universal. El
criterio para evaluar las culturas y las religiones es también «todo
el hombre y todos los hombres». El cristianismo, religión del
«Dios que tiene un rostro humano»[134],
lleva en sí mismo un criterio similar.
56. La religión cristiana y
las otras religiones pueden contribuir al desarrollo
solamente si Dios tiene un lugar en la esfera pública, con
específica referencia a la dimensión cultural, social, económica
y, en particular, política. La doctrina social de la Iglesia ha
nacido para reivindicar esa «carta de ciudadanía»[135]
de la religión cristiana. La negación del derecho a profesar
públicamente la propia religión y a trabajar para que las
verdades de la fe inspiren también la vida pública, tiene
consecuencias negativas sobre el verdadero desarrollo. La
exclusión de la religión del ámbito público, así como, el
fundamentalismo religioso por otro lado, impiden el encuentro
entre las personas y su colaboración para el progreso de la
humanidad. La vida pública se empobrece de motivaciones y la
política adquiere un aspecto opresor y agresivo. Se corre el
riesgo de que no se respeten los derechos humanos, bien porque
se les priva de su fundamento trascendente, bien porque no se
reconoce la libertad personal. En el laicismo y en el
fundamentalismo se pierde la posibilidad de un diálogo fecundo y
de una provechosa colaboración entre la razón y la fe religiosa.
La razón necesita siempre ser purificada por la fe, y
esto vale también para la razón política, que no debe creerse
omnipotente. A su vez, la religión tiene siempre necesidad de
ser purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro
humano. La ruptura de este diálogo comporta un coste muy gravoso
para el desarrollo de la humanidad.
57. El diálogo fecundo entre
fe y razón hace más eficaz el ejercicio de la caridad en el
ámbito social y es el marco más apropiado para promover la
colaboración fraterna entre creyentes y no creyentes, en la
perspectiva compartida de trabajar por la justicia y la paz de
la humanidad. Los Padres conciliares afirmaban en la
Constitución pastoral Gaudium et spes: «Según la opinión
casi unánime de creyentes y no creyentes, todo lo que existe en
la tierra debe ordenarse al hombre como su centro y su
culminación»[136].
Para los creyentes, el mundo no es fruto de la casualidad ni de
la necesidad, sino de un proyecto de Dios. De ahí nace el deber
de los creyentes de aunar sus esfuerzos con todos los hombres y
mujeres de buena voluntad de otras religiones, o no creyentes,
para que nuestro mundo responda efectivamente al proyecto divino:
vivir como una familia, bajo la mirada del Creador. Sin duda,
el principio de subsidiaridad[137],
expresión de la inalienable libertad, es una manifestación
particular de la caridad y criterio guía para la colaboración
fraterna de creyentes y no creyentes. La subsidiaridad es ante
todo una ayuda a la persona, a través de la autonomía de los
cuerpos intermedios. Dicha ayuda se ofrece cuando la persona y
los sujetos sociales no son capaces de valerse por sí mismos,
implicando siempre una finalidad emancipadora, porque favorece
la libertad y la participación a la hora de asumir
responsabilidades. La subsidiaridad respeta la dignidad de la
persona, en la que ve un sujeto siempre capaz de dar algo a los
otros. La subsidiaridad, al reconocer que la reciprocidad forma
parte de la constitución íntima del ser humano, es el antídoto
más eficaz contra cualquier forma de asistencialismo
paternalista. Ella puede dar razón tanto de la múltiple
articulación de los niveles y, por ello, de la pluralidad de los
sujetos, como de su coordinación. Por tanto, es un principio
particularmente adecuado para gobernar la globalización y
orientarla hacia un verdadero desarrollo humano. Para no abrir
la puerta a un peligroso poder universal de tipo monocrático,
el gobierno de la globalización debe ser de tipo subsidiario,
articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren
recíprocamente. La globalización necesita ciertamente una
autoridad, en cuanto plantea el problema de la consecución de un
bien común global; sin embargo, dicha autoridad deberá estar
organizada de modo subsidiario y con división de poderes[138],
tanto para no herir la libertad como para resultar concretamente
eficaz.
58. El principio de
subsidiaridad debe mantenerse íntimamente unido al principio de
la solidaridad y viceversa, porque así como la subsidiaridad
sin la solidaridad desemboca en el particularismo social,
también es cierto que la solidaridad sin la subsidiaridad
acabaría en el asistencialismo que humilla al necesitado. Esta
regla de carácter general se ha de tener muy en cuenta incluso
cuando se afrontan los temas sobre las ayudas internacionales
al desarrollo. Éstas, por encima de las intenciones de los
donantes, pueden mantener a veces a un pueblo en un estado de
dependencia, e incluso favorecer situaciones de dominio local y
de explotación en el país que las recibe. Las ayudas económicas,
para que lo sean de verdad, no deben perseguir otros fines. Han
de ser concedidas implicando no sólo a los gobiernos de los
países interesados, sino también a los agentes económicos
locales y a los agentes culturales de la sociedad civil,
incluidas las Iglesias locales. Los programas de ayuda han de
adaptarse cada vez más a la forma de los programas integrados y
compartidos desde la base. En efecto, sigue siendo verdad que el
recurso humano es el más valioso de los países en vías de
desarrollo: éste es el auténtico capital que se ha de potenciar
para asegurar a los países más pobres un futuro verdaderamente
autónomo. Conviene recordar también que, en el campo económico,
la ayuda principal que necesitan los países en vías de
desarrollo es permitir y favorecer cada vez más el ingreso de
sus productos en los mercados internacionales, posibilitando así
su plena participación en la vida económica internacional. En el
pasado, las ayudas han servido con demasiada frecuencia sólo
para crear mercados marginales de los productos de esos países.
Esto se debe muchas veces a una falta de verdadera demanda de
estos productos: por tanto, es necesario ayudar a esos países a
mejorar sus productos y a adaptarlos mejor a la demanda. Además,
algunos han temido con frecuencia la competencia de las
importaciones de productos, normalmente agrícolas, provenientes
de los países económicamente pobres. Sin embargo, se ha de
recordar que la posibilidad de comercializar dichos productos
significa a menudo garantizar su supervivencia a corto o largo
plazo. Un comercio internacional justo y equilibrado en el campo
agrícola puede reportar beneficios a todos, tanto en la oferta
como en la demanda. Por este motivo, no sólo es necesario
orientar comercialmente esos productos, sino establecer reglas
comerciales internacionales que los sostengan, y reforzar la
financiación del desarrollo para hacer más productivas esas
economías.
59. La cooperación para
el desarrollo no debe contemplar solamente la dimensión
económica; ha de ser una gran ocasión para el encuentro
cultural y humano. Si los sujetos de la cooperación de los
países económicamente desarrollados, como a veces sucede, no
tienen en cuenta la identidad cultural propia y ajena, con sus
valores humanos, no podrán entablar diálogo alguno con los
ciudadanos de los países pobres. Si éstos, a su vez, se abren
con indiferencia y sin discernimiento a cualquier propuesta
cultural, no estarán en condiciones de asumir la responsabilidad
de su auténtico desarrollo[139].
Las sociedades tecnológicamente avanzadas no deben confundir el
propio desarrollo tecnológico con una presunta superioridad
cultural, sino que deben redescubrir en sí mismas virtudes a
veces olvidadas, que las han hecho florecer a lo largo de su
historia. Las sociedades en crecimiento deben permanecer fieles
a lo que hay de verdaderamente humano en sus tradiciones,
evitando que superpongan automáticamente a ellas las formas de
la civilización tecnológica globalizada. En todas las culturas
se dan singulares y múltiples convergencias éticas, expresiones
de una misma naturaleza humana, querida por el Creador, y que la
sabiduría ética de la humanidad llama ley natural[140].
Dicha ley moral universal es fundamento sólido de todo diálogo
cultural, religioso y político, ayudando al pluralismo
multiforme de las diversas culturas a que no se alejen de la
búsqueda común de la verdad, del bien y de Dios. Por tanto, la
adhesión a esa ley escrita en los corazones es la base de toda
colaboración social constructiva. En todas las culturas hay
costras que limpiar y sombras que despejar. La fe cristiana, que
se encarna en las culturas trascendiéndolas, puede ayudarlas a
crecer en la convivencia y en la solidaridad universal, en
beneficio del desarrollo comunitario y planetario.
60. En la búsqueda de
soluciones para la crisis económica actual, la ayuda al
desarrollo de los países pobres debe considerarse un verdadero
instrumento de creación de riqueza para todos. ¿Qué proyecto
de ayuda puede prometer un crecimiento de tan significativo
valor —incluso para la economía mundial— como la ayuda a
poblaciones que se encuentran todavía en una fase inicial o poco
avanzada de su proceso de desarrollo económico? En esta
perspectiva, los estados económicamente más desarrollados harán
lo posible por destinar mayores porcentajes de su producto
interior bruto para ayudas al desarrollo, respetando los
compromisos que se han tomado sobre este punto en el ámbito de
la comunidad internacional. Lo podrán hacer también revisando
sus políticas internas de asistencia y de solidaridad social,
aplicando a ellas el principio de subsidiaridad y creando
sistemas de seguridad social más integrados, con la
participación activa de las personas y de la sociedad civil. De
esta manera, es posible también mejorar los servicios sociales y
asistenciales y, al mismo tiempo, ahorrar recursos, eliminando
derroches y rentas abusivas, para destinarlos a la solidaridad
internacional. Un sistema de solidaridad social más
participativo y orgánico, menos burocratizado pero no por ello
menos coordinado, podría revitalizar muchas energías hoy
adormecidas en favor también de la solidaridad entre los
pueblos.
Una posibilidad de ayuda para el desarrollo
podría venir de la aplicación eficaz de la llamada subsidiaridad
fiscal, que permitiría a los ciudadanos decidir sobre el destino
de los porcentajes de los impuestos que pagan al Estado. Esto
puede ayudar, evitando degeneraciones particularistas, a
fomentar formas de solidaridad social desde la base, con obvios
beneficios también desde el punto de vista de la solidaridad
para el desarrollo.
61. Una solidaridad más
amplia a nivel internacional se manifiesta ante todo en seguir
promoviendo, también en condiciones de crisis económica, un
mayor acceso a la educación que, por otro lado, es
una condición esencial para la eficacia de la cooperación
internacional misma. Con el término «educación» no nos referimos
sólo a la instrucción o a la formación para el trabajo, que son
dos causas importantes para el desarrollo, sino a la formación
completa de la persona. A este respecto, se ha de subrayar un
aspecto problemático: para educar es preciso saber quién es la
persona humana, conocer su naturaleza. Al afianzarse una visión
relativista de dicha naturaleza plantea serios problemas a la
educación, sobre todo a la educación moral, comprometiendo su
difusión universal. Cediendo a este relativismo, todos se
empobrecen más, con consecuencias negativas también para la
eficacia de la ayuda a las poblaciones más necesitadas, a las
que no faltan sólo recursos económicos o técnicos, sino también
modos y medios pedagógicos que ayuden a las personas a lograr su
plena realización humana.
Un ejemplo de la importancia de este problema
lo tenemos en el fenómeno del turismo internacional[141],
que puede ser un notable factor de desarrollo económico y
crecimiento cultural, pero que en ocasiones puede transformarse
en una forma de explotación y degradación moral. La situación
actual ofrece oportunidades singulares para que los aspectos
económicos del desarrollo, es decir, los flujos de dinero y la
aparición de experiencias empresariales locales significativas,
se combinen con los culturales, y en primer lugar el educativo.
En muchos casos es así, pero en muchos otros el turismo
internacional es una experiencia deseducativa, tanto para el
turista como para las poblaciones locales. Con frecuencia, éstas
se encuentran con conductas inmorales, y hasta perversas, como
en el caso del llamado turismo sexual, al que se sacrifican
tantos seres humanos, incluso de tierna edad. Es doloroso
constatar que esto ocurre muchas veces con el respaldo de
gobiernos locales, con el silencio de aquellos otros de donde
proceden los turistas y con la complicidad de tantos operadores
del sector. Aún sin llegar a ese extremo, el turismo
internacional se plantea con frecuencia de manera consumista y
hedonista, como una evasión y con modos de organización típicos
de los países de origen, de forma que no se favorece un
verdadero encuentro entre personas y culturas. Hay que pensar,
pues, en un turismo distinto, capaz de promover un verdadero conocimiento
recíproco, que nada quite al descanso y a la sana diversión: hay
que fomentar un turismo así, también a través de una relación
más estrecha con las experiencias de cooperación internacional y
de iniciativas empresariales para el desarrollo.
62. Otro aspecto digno de
atención, hablando del desarrollo humano integral, es el
fenómeno de las migraciones. Es un fenómeno que
impresiona por sus grandes dimensiones, por los problemas
sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos que
suscita, y por los dramáticos desafíos que plantea a las
comunidades nacionales y a la comunidad internacional. Podemos
decir que estamos ante un fenómeno social que marca época, que
requiere una fuerte y clarividente política de cooperación
internacional para afrontarlo debidamente. Esta política hay que
desarrollarla partiendo de una estrecha colaboración entre los
países de procedencia y de destino de los emigrantes; ha de ir
acompañada de adecuadas normativas internacionales capaces de
armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a
salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de
las familias emigrantes, así como las de las sociedades de
destino. Ningún país por sí solo puede ser capaz de hacer frente
a los problemas migratorios actuales. Todos podemos ver el
sufrimiento, el disgusto y las aspiraciones que conllevan los
flujos migratorios. Como es sabido, es un fenómeno complejo de
gestionar; sin embargo, está comprobado que los trabajadores
extranjeros, no obstante las dificultades inherentes a su
integración, contribuyen de manera significativa con su trabajo
al desarrollo económico del país que los acoge, así como a su
país de origen a través de las remesas de dinero. Obviamente,
estos trabajadores no pueden ser considerados como una mercancía
o una mera fuerza laboral. Por tanto no deben ser tratados como
cualquier otro factor de producción. Todo emigrante es una
persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales
inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier
situación[142].
63. Al considerar los
problemas del desarrollo, se ha de resaltar la relación entre
pobreza y desocupación. Los pobres son en muchos casos el
resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano,
bien porque se limitan sus posibilidades (desocupación,
subocupación), bien porque se devalúan «los derechos que fluyen
del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la
seguridad de la persona del trabajador y de su familia»[143].
Por esto, ya el 1 de mayo de 2000, mi predecesor Juan Pablo II,
de venerada memoria, con ocasión del Jubileo de los Trabajadores,
lanzó un llamamiento para «una coalición mundial a favor del
trabajo decente»[144],
alentando la estrategia de la Organización Internacional del
Trabajo. De esta manera, daba un fuerte apoyo moral a este
objetivo, como aspiración de las familias en todos los países
del mundo. Pero ¿qué significa la palabra «decente» aplicada al
trabajo? Significa un trabajo que, en cualquier sociedad, sea
expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un
trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los
trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad;
un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean
respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita
satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los
hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que
consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír
su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse
adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal,
familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición
digna a los trabajadores que llegan a la jubilación.
64. En la reflexión sobre el
tema del trabajo, es oportuno hacer un llamamiento a las
organizaciones sindicales de los trabajadores, desde siempre
alentadas y sostenidas por la Iglesia, ante la urgente exigencia
de abrirse a las nuevas perspectivas que surgen en el ámbito
laboral. Las organizaciones sindicales están llamadas a hacerse
cargo de los nuevos problemas de nuestra sociedad, superando las
limitaciones propias de los sindicatos de clase. Me refiero, por
ejemplo, a ese conjunto de cuestiones que los estudiosos de las
ciencias sociales señalan en el conflicto entre persona-trabajadora
y persona-consumidora. Sin que sea necesario adoptar la tesis de
que se ha efectuado un desplazamiento de la centralidad del
trabajador a la centralidad del consumidor, parece en cualquier
caso que éste es también un terreno para experiencias sindicales
innovadoras. El contexto global en el que se desarrolla el
trabajo requiere igualmente que las organizaciones sindicales
nacionales, ceñidas sobre todo a la defensa de los intereses de
sus afiliados, vuelvan su mirada también hacia los no afiliados
y, en particular, hacia los trabajadores de los países en vía de
desarrollo, donde tantas veces se violan los derechos sociales.
La defensa de estos trabajadores, promovida también mediante
iniciativas apropiadas en favor de los países de origen,
permitirá a las organizaciones sindicales poner de relieve las
auténticas razones éticas y culturales que las han consentido
ser, en contextos sociales y laborales diversos, un factor
decisivo para el desarrollo. Sigue siendo válida la tradicional
enseñanza de la Iglesia, que propone la distinción de papeles y
funciones entre sindicato y política. Esta distinción permitirá
a las organizaciones sindicales encontrar en la sociedad
civil el ámbito más adecuado para su necesaria actuación en
defensa y promoción del mundo del trabajo, sobre todo en favor
de los trabajadores explotados y no representados, cuya amarga
condición pasa desapercibida tantas veces ante los ojos
distraídos de la sociedad.
65. Además, se requiere que
las finanzas mismas, que han de renovar necesariamente
sus estructuras y modos de funcionamiento tras su mala
utilización, que ha dañado la economía real, vuelvan a ser un
instrumento encaminado a producir mejor riqueza y desarrollo.
Toda la economía y todas las finanzas, y no sólo algunos de sus
sectores, en cuanto instrumentos, deben ser utilizados de manera
ética para crear las condiciones adecuadas para el desarrollo
del hombre y de los pueblos. Es ciertamente útil, y en algunas
circunstancias indispensable, promover iniciativas financieras
en las que predomine la dimensión humanitaria. Sin embargo, esto
no debe hacernos olvidar que todo el sistema financiero ha de
tener como meta el sostenimiento de un verdadero desarrollo.
Sobre todo, es preciso que el intento de hacer el bien no se
contraponga al de la capacidad efectiva de producir bienes. Los
agentes financieros han de redescubrir el fundamento ético de su
actividad para no abusar de aquellos instrumentos sofisticados
con los que se podría traicionar a los ahorradores. Recta
intención, transparencia y búsqueda de los buenos resultados son
compatibles y nunca se deben separar. Si el amor es inteligente,
sabe encontrar también los modos de actuar según una
conveniencia previsible y justa, como muestran de manera
significativa muchas experiencias en el campo del crédito
cooperativo.
Tanto una regulación del sector capaz de
salvaguardar a los sujetos más débiles e impedir escandalosas
especulaciones, como la experimentación de nuevas formas de
finanzas destinadas a favorecer proyectos de desarrollo, son
experiencias positivas que se han de profundizar y alentar,
reclamando la propia responsabilidad del ahorrador.
También la experiencia de la microfinanciación, que hunde
sus raíces en la reflexión y en la actuación de los humanistas
civiles —pienso sobre todo en el origen de los Montes de Piedad—,
ha de ser reforzada y actualizada, sobre todo en estos momentos
en que los problemas financieros pueden resultar dramáticos para
los sectores más vulnerables de la población, que deben ser
protegidos de la amenaza de la usura y la desesperación. Los más
débiles deben ser educados para defenderse de la usura, así como
los pueblos pobres han de ser educados para beneficiarse
realmente del microcrédito, frenando de este modo posibles
formas de explotación en estos dos campos. Puesto que también en
los países ricos se dan nuevas formas de pobreza, la
microfinanciación puede ofrecer ayudas concretas para crear
iniciativas y sectores nuevos que favorezcan a las capas más
débiles de la sociedad, también ante una posible fase de
empobrecimiento de la sociedad.
66. La interrelación mundial
ha hecho surgir un nuevo poder político, el de los
consumidores y sus asociaciones. Es un fenómeno en el que se
debe profundizar, pues contiene elementos positivos que hay que
fomentar, como también excesos que se han de evitar. Es bueno
que las personas se den cuenta de que comprar es siempre un acto
moral, y no sólo económico. El consumidor tiene una
responsabilidad social específica, que se añade a la
responsabilidad social de la empresa. Los consumidores deben ser
constantemente educados[145]
para el papel que ejercen diariamente y que pueden desempeñar
respetando los principios morales, sin que disminuya la
racionalidad económica intrínseca en el acto de comprar. También
en el campo de las compras, precisamente en momentos como los
que se están viviendo, en los que el poder adquisitivo puede
verse reducido y se deberá consumir con mayor sobriedad, es
necesario abrir otras vías como, por ejemplo, formas de
cooperación para las adquisiciones, como ocurre con las
cooperativas de consumo, que existen desde el s. XIX, gracias
también a la iniciativa de los católicos. Además, es conveniente
favorecer formas nuevas de comercialización de productos
provenientes de áreas deprimidas del planeta para garantizar una
retribución decente a los productores, a condición de que se
trate de un mercado transparente, que los productores reciban no
sólo mayores márgenes de ganancia sino también mayor formación,
profesionalidad y tecnología y, finalmente, que dichas
experiencias de economía para el desarrollo no estén
condicionadas por visiones ideológicas partidistas. Es de desear
un papel más incisivo de los consumidores como factor de
democracia económica, siempre que ellos mismos no estén
manipulados por asociaciones escasamente representativas.
67. Ante el imparable
aumento de la interdependencia mundial, y también en presencia
de una recesión de alcance global, se siente mucho la urgencia
de la reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas
como de la arquitectura económica y financiera
internacional, para que se dé una concreción real al
concepto de familia de naciones. Y se siente la urgencia de
encontrar formas innovadoras para poner en práctica el principio
de la responsabilidad de proteger[146]
y dar también una voz eficaz en las decisiones comunes a las
naciones más pobres. Esto aparece necesario precisamente con
vistas a un ordenamiento político, jurídico y económico que
incremente y oriente la colaboración internacional hacia el
desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar la
economía mundial, para sanear las economías afectadas por la
crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios
consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la
seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia
del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia
de una verdadera Autoridad política mundial, como fue ya
esbozada por mi Predecesor, el Beato Juan XXIII. Esta Autoridad
deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera
concreta a los principios de subsidiaridad y de solidaridad,
estar ordenada a la realización del bien común[147],
comprometerse en la realización de un auténtico desarrollo
humano integral inspirado en los valores de la caridad en la
verdad. Dicha Autoridad, además, deberá estar reconocida por
todos, gozar de poder efectivo para garantizar a cada uno la
seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los
derechos[148].
Obviamente, debe tener la facultad de hacer respetar sus propias
decisiones a las diversas partes, así como las medidas de
coordinación adoptadas en los diferentes foros internacionales.
En efecto, cuando esto falta, el derecho internacional, no
obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos,
correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de
poder entre los más fuertes. El desarrollo integral de los
pueblos y la colaboración internacional exigen el
establecimiento de un grado superior de ordenamiento
internacional de tipo subsidiario para el gobierno de la
globalización[149],
que se lleve a cabo finalmente un orden social conforme al orden
moral, así como esa relación entre esfera moral y social, entre
política y mundo económico y civil, ya previsto en el Estatuto
de las Naciones Unidas.
CAPÍTULO SEXTO
EL DESARROLLO DE LOS PUEBLOS
Y LA TÉCNICA
68. El tema del desarrollo
de los pueblos está íntimamente unido al del desarrollo de cada
hombre. La persona humana tiende por naturaleza a su propio
desarrollo. Éste no está garantizado por una serie de mecanismos
naturales, sino que cada uno de nosotros es consciente de su
capacidad de decidir libre y responsablemente. Tampoco se trata
de un desarrollo a merced de nuestro capricho, ya que todos
sabemos que somos un don y no el resultado de una autogeneración.
Nuestra libertad está originariamente caracterizada por nuestro
ser, con sus propias limitaciones. Ninguno da forma a la propia
conciencia de manera arbitraria, sino que todos construyen su
propio «yo» sobre la base de un «sí mismo» que nos
ha sido dado. No sólo las demás personas se nos presentan como
no disponibles, sino también nosotros para nosotros mismos.
El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser
la única creadora de sí misma. De modo análogo, también el
desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa
que puede recrearse utilizando los «prodigios» de la tecnología.
Lo mismo ocurre con el desarrollo económico, que se manifiesta
ficticio y dañino cuando se apoya en los «prodigios» de las
finanzas para sostener un crecimiento antinatural y consumista.
Ante esta pretensión prometeica, hemos de fortalecer el aprecio
por una libertad no arbitraria, sino verdaderamente humanizada
por el reconocimiento del bien que la precede. Para alcanzar
este objetivo, es necesario que el hombre entre en sí mismo para
descubrir las normas fundamentales de la ley moral natural que
Dios ha inscrito en su corazón.
69. El problema del
desarrollo en la actualidad está estrechamente unido al
progreso tecnológico y a sus aplicaciones deslumbrantes en
campo biológico. La técnica — conviene subrayarlo — es un hecho
profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del
hombre. En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del
espíritu sobre la materia. «Siendo éste [el espíritu] “menos
esclavo de las cosas, puede más fácilmente elevarse a la
adoración y a la contemplación del Creador”»[150].
La técnica permite dominar la materia, reducir los riesgos,
ahorrar esfuerzos, mejorar las condiciones de vida. Responde a
la misma vocación del trabajo humano: en la técnica, vista como
una obra del propio talento, el hombre se reconoce a sí mismo y
realiza su propia humanidad. La técnica es el aspecto objetivo
del actuar humano[151],
cuyo origen y razón de ser está en el elemento subjetivo: el
hombre que trabaja. Por eso, la técnica nunca es sólo técnica.
Manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de
desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano hacia la
superación gradual de ciertos condicionamientos materiales.
La técnica, por lo tanto, se inserta en el mandato de
cultivar y custodiar la tierra (cf. Gn 2,15), que
Dios ha confiado al hombre, y se orienta a reforzar esa alianza
entre ser humano y medio ambiente que debe reflejar el amor
creador de Dios.
70. El desarrollo
tecnológico puede alentar la idea de la autosuficiencia de la
técnica, cuando el hombre se pregunta sólo por el cómo,
en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar.
Por eso, la técnica tiene un rostro ambiguo. Nacida de la
creatividad humana como instrumento de la libertad de la
persona, puede entenderse como elemento de una libertad absoluta,
que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas. El
proceso de globalización podría sustituir las ideologías por la
técnica[152],
transformándose ella misma en un poder ideológico, que expondría
a la humanidad al riesgo de encontrarse encerrada dentro de un
a priori del cual no podría salir para encontrar el ser y
la verdad. En ese caso, cada uno de nosotros conocería,
evaluaría y decidiría los aspectos de su vida desde un horizonte
cultural tecnocrático, al que perteneceríamos estructuralmente,
sin poder encontrar jamás un sentido que no sea producido por
nosotros mismos. Esta visión refuerza mucho hoy la mentalidad
tecnicista, que hace coincidir la verdad con lo factible. Pero
cuando el único criterio de verdad es la eficiencia y la
utilidad, se niega automáticamente el desarrollo. En efecto, el
verdadero desarrollo no consiste principalmente en hacer. La
clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender
la técnica y de captar el significado plenamente humano del
quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona
considerada en la globalidad de su ser. Incluso cuando el hombre
opera a través de un satélite o de un impulso electrónico a
distancia, su actuar permanece siempre humano, expresión de una
libertad responsable. La técnica atrae fuertemente al hombre,
porque lo rescata de las limitaciones físicas y le amplía el
horizonte. Pero la libertad humana es ella misma sólo cuando
responde a esta atracción de la técnica con decisiones que son
fruto de la responsabilidad moral. De ahí la necesidad
apremiante de una formación para un uso ético y responsable de
la técnica. Conscientes de esta atracción de la técnica sobre el
ser humano, se debe recuperar el verdadero sentido de la
libertad, que no consiste en la seducción de una autonomía
total, sino en la respuesta a la llamada del ser, comenzando por
nuestro propio ser.
71. Esta posible desviación
de la mentalidad técnica de su originario cauce humanista se
muestra hoy de manera evidente en la tecnificación del
desarrollo y de la paz. El desarrollo de los pueblos es
considerado con frecuencia como un problema de ingeniería
financiera, de apertura de mercados, de bajadas de impuestos, de
inversiones productivas, de reformas institucionales, en
definitiva como una cuestión exclusivamente técnica. Sin duda,
todos estos ámbitos tienen un papel muy importante, pero
deberíamos preguntarnos por qué las decisiones de tipo técnico
han funcionado hasta ahora sólo en parte. La causa es mucho más
profunda. El desarrollo nunca estará plenamente garantizado por
fuerzas que en gran medida son automáticas e impersonales, ya
provengan de las leyes de mercado o de políticas de carácter
internacional. El desarrollo es imposible sin hombres rectos,
sin operadores económicos y agentes políticos que sientan
fuertemente en su conciencia la llamada al bien común. Se
necesita tanto la preparación profesional como la coherencia
moral. Cuando predomina la absolutización de la técnica se
produce una confusión entre los fines y los medios, el
empresario considera como único criterio de acción el máximo
beneficio en la producción; el político, la consolidación del
poder; el científico, el resultado de sus descubrimientos. Así,
bajo esa red de relaciones económicas, financieras y políticas
persisten frecuentemente incomprensiones, malestar e injusticia;
los flujos de conocimientos técnicos aumentan, pero en beneficio
de sus propietarios, mientras que la situación real de las
poblaciones que viven bajo y casi siempre al margen de estos
flujos, permanece inalterada, sin posibilidades reales de
emancipación.
72. También la paz corre a
veces el riesgo de ser considerada como un producto de la
técnica, fruto exclusivamente de los acuerdos entre los
gobiernos o de iniciativas tendentes a asegurar ayudas
económicas eficaces. Es cierto que la construcción de la paz
necesita una red constante de contactos diplomáticos,
intercambios económicos y tecnológicos, encuentros culturales,
acuerdos en proyectos comunes, como también que se adopten
compromisos compartidos para alejar las amenazas de tipo bélico
o cortar de raíz las continuas tentaciones terroristas. No
obstante, para que esos esfuerzos produzcan efectos duraderos,
es necesario que se sustenten en valores fundamentados en la
verdad de la vida. Es decir, es preciso escuchar la voz de las
poblaciones interesadas y tener en cuenta su situación para
poder interpretar de manera adecuada sus expectativas. Todo esto
debe estar unido al esfuerzo anónimo de tantas personas que
trabajan decididamente para fomentar el encuentro entre los
pueblos y favorecer la promoción del desarrollo partiendo del
amor y de la comprensión recíproca. Entre estas personas
encontramos también fieles cristianos, implicados en la gran
tarea de dar un sentido plenamente humano al desarrollo y la paz.
73. El desarrollo
tecnológico está relacionado con la influencia cada vez mayor de
los medios de comunicación social. Es casi imposible
imaginar ya la existencia de la familia humana sin su presencia.
Para bien o para mal, se han introducido de tal manera en la
vida del mundo, que parece realmente absurda la postura de
quienes defienden su neutralidad y, consiguientemente,
reivindican su autonomía con respecto a la moral de las
personas. Muchas veces, tendencias de este tipo, que enfatizan
la naturaleza estrictamente técnica de estos medios, favorecen
de hecho su subordinación a los intereses económicos, al dominio
de los mercados, sin olvidar el deseo de imponer parámetros
culturales en función de proyectos de carácter ideológico y
político. Dada la importancia fundamental de los medios de
comunicación en determinar los cambios en el modo de percibir y
de conocer la realidad y la persona humana misma, se hace
necesaria una seria reflexión sobre su influjo, especialmente
sobre la dimensión ético-cultural de la globalización y el
desarrollo solidario de los pueblos. Al igual que ocurre con la
correcta gestión de la globalización y el desarrollo, el
sentido y la finalidad de los medios de comunicación debe
buscarse en su fundamento antropológico. Esto quiere decir
que pueden ser ocasión de humanización no sólo cuando,
gracias al desarrollo tecnológico, ofrecen mayores posibilidades
para la comunicación y la información, sino sobre todo cuando se
organizan y se orientan bajo la luz de una imagen de la persona
y el bien común que refleje sus valores universales. El mero
hecho de que los medios de comunicación social multipliquen las
posibilidades de interconexión y de circulación de ideas, no
favorece la libertad ni globaliza el desarrollo y la democracia
para todos. Para alcanzar estos objetivos se necesita que los
medios de comunicación estén centrados en la promoción de la
dignidad de las personas y de los pueblos, que estén
expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de
la verdad, del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural.
En efecto, la libertad humana está intrínsecamente ligada a
estos valores superiores. Los medios pueden ofrecer una valiosa
ayuda al aumento de la comunión en la familia humana y al
ethos de la sociedad, cuando se convierten en instrumentos
que promueven la participación universal en la búsqueda común de
lo que es justo.
74. En la actualidad, la
bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha
cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad
moral, y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo
humano e integral. Éste es un ámbito muy delicado y decisivo,
donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión
fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si
depende de Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y
las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto
que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón:
una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la
inmanencia. Estamos ante un aut aut decisivo. Pero la
racionalidad del quehacer técnico centrada sólo en sí misma se
revela como irracional, porque comporta un rechazo firme del
sentido y del valor. Por ello, la cerrazón a la trascendencia
tropieza con la dificultad de pensar cómo es posible que de la
nada haya surgido el ser y de la casualidad la inteligencia[153].
Ante estos problemas tan dramáticos, razón y fe se ayudan
mutuamente. Sólo juntas salvarán al hombre. Atraída por el
puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve avocada a
perderse en la ilusión de su propia omnipotencia. La fe sin la
razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las
personas[154].
75. Pablo VI había percibido
y señalado ya el alcance mundial de la cuestión social[155].
Siguiendo esta línea, hoy es preciso afirmar que la cuestión
social se ha convertido radicalmente en una cuestión
antropológica, en el sentido de que implica no sólo el modo
mismo de concebir, sino también de manipular la vida, cada día
más expuesta por la biotecnología a la intervención del hombre.
La fecundación in vitro, la investigación con embriones,
la posibilidad de la clonación y de la hibridación humana nacen
y se promueven en la cultura actual del desencanto total, que
cree haber desvelado cualquier misterio, puesto que se ha
llegado ya a la raíz de la vida. Es aquí donde el absolutismo de
la técnica encuentra su máxima expresión. En este tipo de
cultura, la conciencia está llamada únicamente a tomar nota de
una mera posibilidad técnica. Pero no han de minimizarse los
escenarios inquietantes para el futuro del hombre, ni los nuevos
y potentes instrumentos que la «cultura de la muerte» tiene a su
disposición. A la plaga difusa, trágica, del aborto, podría
añadirse en el futuro, aunque ya subrepticiamente in nuce,
una sistemática planificación eugenésica de los nacimientos. Por
otro lado, se va abriendo paso una mens eutanasica,
manifestación no menos abusiva del dominio sobre la vida, que en
ciertas condiciones ya no se considera digna de ser vivida.
Detrás de estos escenarios hay planteamientos culturales que
niegan la dignidad humana. A su vez, estas prácticas fomentan
una concepción materialista y mecanicista de la vida humana. ¿Quién
puede calcular los efectos negativos sobre el desarrollo de esta
mentalidad? ¿Cómo podemos extrañarnos de la indiferencia ante
tantas situaciones humanas degradantes, si la indiferencia
caracteriza nuestra actitud ante lo que es humano y lo que no lo
es? Sorprende la selección arbitraria de aquello que hoy se
propone como digno de respeto. Muchos, dispuestos a
escandalizarse por cosas secundarias, parecen tolerar
injusticias inauditas. Mientras los pobres del mundo siguen
llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el
riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una
conciencia incapaz de reconocer lo humano. Dios revela el hombre
al hombre; la razón y la fe colaboran a la hora de mostrarle el
bien, con tal que lo quiera ver; la ley natural, en la que
brilla la Razón creadora, indica la grandeza del hombre, pero
también su miseria, cuando desconoce el reclamo de la verdad
moral.
76. Uno de los aspectos del
actual espíritu tecnicista se puede apreciar en la propensión a
considerar los problemas y los fenómenos que tienen que ver con
la vida interior sólo desde un punto de vista psicológico, e
incluso meramente neurológico. De esta manera, la interioridad
del hombre se vacía y el ser conscientes de la consistencia
ontológica del alma humana, con las profundidades que los Santos
han sabido sondear, se pierde progresivamente. El problema
del desarrollo está estrechamente relacionado con el concepto
que tengamos del alma del hombre, ya que nuestro yo se ve
reducido muchas veces a la psique, y la salud del alma se
confunde con el bienestar emotivo. Estas reducciones tienen su
origen en una profunda incomprensión de lo que es la vida
espiritual y llevan a ignorar que el desarrollo del hombre y de
los pueblos depende también de las soluciones que se dan a los
problemas de carácter espiritual. El desarrollo debe abarcar,
además de un progreso material, uno espiritual, porque el
hombre es «uno en cuerpo y alma»[156],
nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente.
El ser humano se desarrolla cuando crece espiritualmente, cuando
su alma se conoce a sí misma y la verdad que Dios ha impreso
germinalmente en ella, cuando dialoga consigo mismo y con su
Creador. Lejos de Dios, el hombre está inquieto y se hace frágil.
La alienación social y psicológica, y las numerosas neurosis que
caracterizan las sociedades opulentas, remiten también a este
tipo de causas espirituales. Una sociedad del bienestar,
materialmente desarrollada, pero que oprime el alma, no está en
sí misma bien orientada hacia un auténtico desarrollo. Las
nuevas formas de esclavitud, como la droga, y la desesperación
en la que caen tantas personas, tienen una explicación no sólo
sociológica o psicológica, sino esencialmente espiritual. El
vacío en que el alma se siente abandonada, contando incluso con
numerosas terapias para el cuerpo y para la psique, hace sufrir.
No hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el
bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su
totalidad de alma y cuerpo.
77. El absolutismo de la
técnica tiende a producir una incapacidad de percibir todo
aquello que no se explica con la pura materia. Sin embargo,
todos los hombres tienen experiencia de tantos aspectos
inmateriales y espirituales de su vida. Conocer no es sólo un
acto material, porque lo conocido esconde siempre algo que va
más allá del dato empírico. Todo conocimiento, hasta el más
simple, es siempre un pequeño prodigio, porque nunca se explica
completamente con los elementos materiales que empleamos. En
toda verdad hay siempre algo más de lo que cabía esperar, en el
amor que recibimos hay siempre algo que nos sorprende. Jamás
deberíamos dejar de sorprendernos ante estos prodigios. En todo
conocimiento y acto de amor, el alma del hombre experimenta un «más»
que se asemeja mucho a un don recibido, a una altura a la que se
nos lleva. También el desarrollo del hombre y de los pueblos
alcanza un nivel parecido, si consideramos la dimensión
espiritual que debe incluir necesariamente el desarrollo
para ser auténtico. Para ello se necesitan unos ojos nuevos y un
corazón nuevo, que superen la visión materialista de los
acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo
ese «algo más» que la técnica no puede ofrecer. Por este camino
se podrá conseguir aquel desarrollo humano e integral, cuyo
criterio orientador se halla en la fuerza impulsora de la
caridad en la verdad.
CONCLUSIÓN
78. Sin Dios el hombre no
sabe adonde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante
los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos
impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro
auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: «Sin mí no
podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y nos anima: «Yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el final del mundo» (Mt
28,20). Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la
presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su
nombre y trabajan por la justicia. Pablo VI nos ha recordado en
la Populorum progressio que el hombre no es capaz de
gobernar por sí mismo su propio progreso, porque él solo no
puede fundar un verdadero humanismo. Sólo si pensamos que se nos
ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la
familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un
pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un
humanismo íntegro y verdadero. Por tanto, la fuerza más poderosa
al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano,[157]
que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad,
acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La
disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con
los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y
gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el
indiferentismo ateo, que olvida al Creador y corre el peligro de
olvidar también los valores humanos, se presentan hoy como uno
de los mayores obstáculos para el desarrollo. El humanismo
que excluye a Dios es un humanismo inhumano. Solamente un
humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y
realización de formas de vida social y civil —en el ámbito de
las estructuras, las instituciones, la cultura y el ethos—,
protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del
momento. La conciencia del amor indestructible de Dios es la que
nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia,
por el desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en
la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades
humanas. El amor de Dios nos invita a salir de lo que es
limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en
busca del bien de todos, aun cuando no se realice
inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros, las
autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre
menos de lo que anhelamos[158].
Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien
común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande.
79. El desarrollo
necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en
oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad,
caritas in veritate, del que procede el auténtico
desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don.
Por ello, también en los momentos más difíciles y complejos,
además de actuar con sensatez, hemos de volvernos ante todo a su
amor. El desarrollo conlleva atención a la vida espiritual,
tener en cuenta seriamente la experiencia de fe en Dios, de
fraternidad espiritual en Cristo, de confianza en la Providencia
y en la Misericordia divina, de amor y perdón, de renuncia a uno
mismo, de acogida del prójimo, de justicia y de paz. Todo esto
es indispensable para transformar los «corazones de piedra» en «corazones
de carne» (Ez 36,26), y hacer así la vida terrena más «divina»
y por tanto más digna del hombre. Todo esto es del
hombre, porque el hombre es sujeto de su existencia; y a la
vez es de Dios, porque Dios es el principio y el
fin de todo lo que tiene valor y nos redime: «el mundo, la vida,
la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de
Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co 3,22-23). El anhelo del
cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios
como «Padre nuestro». Que junto al Hijo unigénito, todos los
hombres puedan aprender a rezar al Padre y a suplicarle con las
palabras que el mismo Jesús nos ha enseñado, que sepamos
santificarlo viviendo según su voluntad, y tengamos también el
pan necesario de cada día, comprensión y generosidad con los que
nos ofenden, que no se nos someta excesivamente a las pruebas y
se nos libre del mal (cf. Mt 6,9-13).
Al concluir el Año Paulino, me
complace expresar este deseo con las mismas palabras del Apóstol
en su carta a los Romanos: «Que vuestra caridad no sea
una farsa: aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos
hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás
más que a uno mismo» (12,9-10). Que la Virgen María,
proclamada por Pablo VI Mater Ecclesiae y honrada por el
pueblo cristiano como Speculum iustitiae y Regina
pacis, nos proteja y nos obtenga por su intercesión
celestial la fuerza, la esperanza y la alegría necesaria para
continuar generosamente la tarea en favor del «desarrollo de
todo el hombre y de todos los hombres»[159].
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de
junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo, del año 2009, quinto
de mi Pontificado.
BENEDICTO XVI
[1]
Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo
1967), 22: AAS 59 (1967), 268; Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 69.
[2]
Homilía para la «Jornada del desarrollo» ( 23 agosto
1968): AAS 60 (1968), 626-627.
[3]
Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
2002: AAS 94 (2002), 132-140.
[4]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 26.
[5]
Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril
1963): AAS 55 (1963), 268-270.
[6]
Cf. n. 16: l.c., 265.
[7]
Cf. ibíd., 82: l.c., 297.
[8]
Ibíd., 42: l.c., 278.
[9]
Ibíd., 20: l.c., 267.
[10]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 36; Pablo VI, Carta ap.
Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 4: AAS 63
(1971), 403-404; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus
(1 mayo 1991), 43: AAS 83 (1991), 847.
[11]
Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 13: l.c.,
263-264.
[12]
Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la
doctrina social de la Iglesia, n. 76.
[13]
Cf. Discurso en la inauguración de la V Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (13 mayo 2007):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 mayo
2007), pp. 9-11.
[14]
Cf. nn. 3-5: l.c., 258-260.
[15]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis
(30 diciembre 1987) 6-7: AAS 80 (1988), 517-519.
[16]
Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14:
l.c., 264.
[17]
Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 18:
AAS 98 (2006), 232.
[18]
Ibíd., 6: l.c., 222.
[19]
Cf. Discurso a la Curia Romana con motivo de las
felicitaciones navideñas (22 diciembre 2005):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (30 diciembre
2005), pp. 9-12.
[20]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis,
3: l.c., 515.
[21]
Cf. ibíd., 1: l.c., 513-514.
[22]
Cf. ibíd., 3: l.c., 515.
[23]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens (14
septiembre 1981), 3: AAS 73 (1981), 583-584.
[24]
Cf. Id., Carta enc. Centesimus annus, 3: l.c.,
794-796.
[25]
Cf. Carta enc. Populorum progressio, 3: l.c., 258.
[26] Cf.
ibíd., 34: l.c., 274.
[27]
Cf. nn. 8-9: AAS 60 (1968), 485-487; Benedicto XVI,
Discurso a los participantes en el Congreso Internacional con
ocasión del 40 aniversario de la encíclica «Humanae vitae»
(10 mayo 2008): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(16 mayo 2008), p. 8.
[28]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae (25 marzo
1995), 93: AAS 87 (1995), 507-508.
[29]
Ibíd., 101: l.c., 516-518.
[30]
N. 29: AAS 68 (1976), 25.
[31]
Ibíd., 31: l.c., 26.
[32]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis,
41: l.c., 570-572.
[33]
Ibíd.; Id., Carta enc. Centesimus annus, 5. 54:
l.c., 799. 859-860.
[34]
N. 15: l.c., 265.
[35]
Cf. ibíd., 2: l.c., 258; León XIII, Carta enc.
Rerum novarum (15 mayo 1891): Leonis XIII P.M. Acta,
XI, Romae 1892, 97-144; Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo
rei socialis, 8: l.c., 519-520; Id., Carta enc.
Centesimus annus, 5: l.c., 799.
[36] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 2. 13:
l.c., 258. 263-264.
[37] Ibíd., 42: l.c., 278.
[38] Ibíd., 11: l.c., 262; Juan Pablo II,
Carta enc. Centesimus annus, 25: l.c.,
822-824.
[39] Carta enc. Populorum progressio, 15: l.c.,
265.
[40] Ibíd., 3: l.c., 258.
[41] Ibíd., 6: l.c., 260.
[42] Ibíd., 14: l.c., 264.
[43] Ibíd.; cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 53-62: l.c., 859-867; Id.,
Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 13-14:
AAS 71 (1979), 282-286.
[44] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
12: l.c., 262-263.
[45] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et
spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
[46] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
13: l.c., 263-264.
[47] Cf. Discurso a los participantes en la IV
Asamblea Eclesial Nacional Italiana (19 octubre 2006):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (27
octubre 2006), pp. 8-10.
[48] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
16: l.c., 265.
[49] Ibíd.
[50] Discurso en la ceremonia de acogida de los
jóvenes (17 julio 2008): L’Osservatore Romano, ed. en
lengua española (25 julio 2008), pp. 4-5.
[51] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
20: l.c., 267.
[52] Ibíd., 66: l.c., 289-290.
[53] Ibíd., 21: l.c., 267-268.
[54] Cf. nn. 3. 29. 32: l.c., 258. 272.
273.
[55] Cf. Carta enc.Sollicitudo rei socialis, 28:
l.c., 548-550.
[56] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
9: l.c., 261-262.
[57] Cf. Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 20:
l.c., 536-537.
[58] Cf. Carta enc.Centesimus annus, 22-29:
l.c., 819-830.
[59] Cf. nn. 23. 33: l.c., 268-269. 273-274.
[60] Cf. l.c., 135.
[61] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et
spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 63.
[62] Cf. Juan Pablo II, Carta enc.Centesimus annus,
24: l.c., 821-822.
[63] Cf. Id., Carta enc. Veritatis splendor (6
agosto 1993), 33. 46. 51: AAS 85 (1993), 1160.
1169-1171. 1174-1175; Id., Discurso a la Asamblea General
de la Organización de las Naciones Unidas (5 octubre
1995), 3: L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(13 octubre 1995), p. 7.
[64] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 47:
l.c., 280-281; Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo
rei socialis, 42: l.c., 572-574.
[65] Cf. Mensaje con ocasión de la Jornada
Mundial de la Alimentación 2007: AAS 99 (2007),
933-935.
[66] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae,
18. 59. 63-64: l.c., 419-421. 467-468. 472-475.
[67] Cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
2007, 5: L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(15 diciembre 2006), p. 5.
[68] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 2002, 4-7. 12-15: AAS 94
(2002), 134-136. 138-140; Id., Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 2004, 8: AAS 96 (2004), 119;
Id., Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2005,
4: AAS 97 (2005), 177-178; Benedicto XVI,
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2006, 9-10:
AAS 98 (2006), 60-61; Id., Mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz 2007, 5. 14: l.c., 5-6.
[69] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 2002, 6: l.c., 135; Benedicto
XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2006,
9-10: l.c., 60-61.
[70] Cf. Homilía durante la Santa Misa en la
explanada de «Isling» de Ratisbona (12 septiembre 2006):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (22
septiembre 2006), pp. 9-10.
[71] Cf. Carta enc. Deus caritas est, 1: l.c.,
217-218.
[72] Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei
socialis, 28: l.c., 548-550.
[73] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
19: l.c., 266-267.
[74] Ibíd., 39: l.c., 276-277.
[75] Ibíd., 75: l.c., 293-294.
[76] Cf. Carta enc. Deus caritas est, 28: l.c.,
238-240.
[77] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus,
59: l.c., 864.
[78] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 40. 85:
l.c., 277. 298-299.
[79] Ibíd., 13: l.c., 263-264.
[80] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Fides et ratio
(14 septiembre 1998), 85: AAS 91 (1999), 72-73.
[81] Cf. ibíd., 83: l.c., 70-71.
[82] Discurso en la Universidad de Ratisbona (12
septiembre 2006): L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (22 septiembre 2006), pp. 11-13.
[83] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
33: l.c., 273-274.
[84] Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial
de la Paz 2000, 15: AAS 92 (2000), 366.
[85] Catecismo de la Iglesia Católica, 407; cf.
Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 25:
l.c., 822-824.
[86] Cf. Carta enc. Spe salvi (30 noviembre
2007), 17: AAS 99 (2007), 1000.
[87] Cf. ibíd., 23: l.c., 1004-1005.
[88] San Agustín explica detalladamente esta enseñanza
en el diálogo sobre el libre albedrío (De libero arbitrio
II 3, 8 ss.). Señala la existencia en el alma humana de un «sentido
interior». Este sentido consiste en una acción que se
realiza al margen de las funciones normales de la razón, una
acción previa a la reflexión y casi instintiva, por la que
la razón, dándose cuenta de su condición transitoria y
falible, admite por encima de ella la existencia de algo
externo, absolutamente verdadero y cierto. El nombre que San
Agustín asigna a veces a esta verdad interior es el de Dios
(Confesiones X, 24, 35; XII, 25, 35; De libero
arbitrio II 3, 8), pero más a menudo el de Cristo (De
Magistro 11, 38; Confesiones VII, 18, 24; XI, 2,
4).
[89] Carta enc. Deus caritas est, 3: l.c.,
219.
[90] Cf. n. 49: l.c., 281.
[91] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus,
28: l.c., 827-828.
[92] Cf. n. 35: l.c., 836-838.
[93] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei
socialis, 38: l.c., 565-566.
[94] N. 44: l.c., 279.
[95] Cf. ibíd., 24: l.c., 269.
[96] Cf. Carta enc. Centesimus annus, 36:
l.c., 838-840.
[97] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
24: l.c., 269.
[98] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus,
32: l.c., 832-833; Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 25: l.c.,
269-270.
[99] Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens,
24: l.c., 637-638.
[100] Ibíd., 15: l.c., 616-618.
[101] Carta enc. Populorum progressio, 27:
l.c., 271.
[102] Cf. Congregación para la doctrina de la fe, Instr.
Libertatis conscientia, sobre la libertad cristiana y
la liberación (22 marzo 1987), 74: AAS 79 (1987),
587.
[103] Cf. Juan Pablo II, Entrevista al periódico
«La Croix», 20 de agosto de 1997.
[104] Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia
Academia de las Ciencias Sociales (27 abril 2001):
AAS 93 (2001), 598-601.
[105] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
17: l.c., 265-266.
[106] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 2003, 5: AAS 95 (2003), 343.
[107] Cf. ibíd.
[108] Cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
2007, 13: l.c., 6.
[109] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
65: l.c., 289.
[110] Cf., ibíd., 36-37: l.c., 275-276.
[111] Cf. ibíd., 37: l.c., 275-276.
[112] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam
actuositatem, sobre el apostolado de los laicos, 11.
[113] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
14: l.c., 264; Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 32: l.c.,
832-833.
[114] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
77: l.c., 295.
[115] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 1990, 6: AAS 82 (1990), 150.
[116] Heráclito de Éfeso (Éfeso 535 a.C. ca. — 475 a.C.
ca.), Fragmento 22B124, en: H. Diels — W. Kranz,
Die Fragmente der Vorsokratiker, Weidmann, Berlín 19526.
[117] Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz,
Compendio de la doctrina social de la Iglesia, nn.
451-487.
[118] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 1990, 10: l.c., 152-153.
[119] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
65: l.c., 289.
[120] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008,
7: AAS 100 (2008), 41.
[121] Cf. Discurso a los miembros de la Asamblea
General de la Organización de las Naciones Unidas (18
abril 2008): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(25 abril 2008), pp. 10-11.
[122] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 1990, 13: l.c., 154-155.
[123] Id., Carta enc. Centesimus annus, 36:
l.c., 838-840.
[124] Ibíd., 38: l.c., 840-841;cf.
Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
2007, 8: l.c., 6.
[125] Cf. Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus,
41: l.c., 843-845.
[126] Ibíd.
[127] Cf. Id., Carta Enc. Evangelium vitae, 20:
l.c., 422-424.
[128] Carta Enc. Populorum progressio, 85:
l.c., 298-299.
[129] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 1998, 3: AAS 90 (1998), 150;
Id., Discurso a los Miembros de la Fundación «Centesimus
Annus» pro Pontífice (9 mayo 1998), 2:
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (22 mayo
1998), p. 6; Id., Discurso a las autoridades y al Cuerpo
diplomático durante el encuentro en el «Wiener
Hofburg» (20 junio 1998), 8: L’Osservatore Romano,
ed. en lengua española (26 junio 1998), p. 10; Id.,
Mensaje al Rector Magnífico de la Universidad Católica del
Sagrado Corazón (5 mayo 2000), 6: L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (26 mayo 2000), p. 3.
[130] Según Santo Tomás «ratio partis contrariatur
rationi personae» en III Sent d. 5, 3, 2; también:
«Homo non ordinatur ad communitatem politicam secundum se
totum et secundum omnia sua» en Summa Theologiae,
I-II, q. 21, a. 4., ad 3um.
[131] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen
gentium, sobre la Iglesia, 1.
[132] Cf. Juan Pablo II, Discurso a la VI sesión
pública de las Academias Pontificias (8 noviembre 2001),
3: L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (16
noviembre 2001), p. 7.
[133] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe,
Declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la
universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia (6
agosto 2000), 22: AAS 92 (2000), 763-764; Id.,
Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al
compromiso y la conducta de los católicos en la vida
política (24 noviembre 2002), 8: AAS 96
(2004), 369-370.
[134] Carta Enc. Spe salvi, 31: l.c.,
1010; cf. Discurso a los participantes en la IV Asamblea
Eclesial Nacional Italiana (19 octubre 2006): l.c.,
8-10.
[135] Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus,
5: l.c., 798-800; cf. Benedicto XVI, Discurso a
los participantes en la IV Asamblea Eclesial Nacional
Italiana (19 octubre 2006): l.c., 8-10.
[136] N. 12.
[137] Cf. Pío XI, Carta enc. Quadragesimo anno
(15 mayo 1931): AAS 23 (1931), 203; Juan Pablo II,
Carta enc. Centesimus annus, 48: l.c.,
852-854; Catecismo de la Iglesia Católica, 1883.
[138] Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris:
l.c., 274.
[139] Cf. Pablo VI, Carta Enc. Populorum progressio,
10. 41: l.c., 262. 277-278.
[140] Cf. Discurso a los participantes en la sesión
plenaria de la Comisión Teológica Internacional (5
octubre 2007): L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (12 octubre 2007), p. 3; Discurso a los
participantes en el Congreso Internacional sobre «La ley
moral natural» organizado por la Pontificia Universidad
Lateranense (12 febrero 2007): L’Osservatore Romano,
ed. en lengua española (16 febrero 2007), p. 3.
[141] Cf. Discurso a los Obispos de Tailandia en
visita «ad limina apostolorum» (16 mayo 2008):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (30 mayo
2008), p. 14.
[142] Cf. Pontificio Consejo para la Pastoral de los
Emigrantes e Itinerantes, Instr. Erga migrantes caritas
Christi (3 mayo 2004): AAS 96 (2004), 762-822.
[143] Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens,
8: l.c., 594-598.
[144] Jubileo de los Trabajadores. Saludos
después de la Misa (1 mayo 2000): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (5 mayo 2000), p. 6.
[145] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus,
36: l.c., 838-840.
[146] Cf. Discurso a los Miembros de la Asamblea
General de la Organización de las Naciones Unidas (18
abril 2008): l.c., 10-11.
[147] Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris:
l.c., 293; Consejo Pontificio Justicia y Paz,
Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 441.
[148] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium
et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 82.
[149] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei
socialis, 43: l.c., 574-575.
[150] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
41: l.c., 277-278; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past, Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 57.
[151] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens,
5: l.c., 586-589.
[152] Cf. Pablo VI, Carta apost. Octogesima adveniens,
29: l.c., 420.
[153] Cf. Discurso a los participantes en el IV
Asamblea Eclesial Nacional Italiana, (19 octubre 2006):
l.c., 8-10; Homilía durante la Santa Misa en la
explanada de «Isling» de Ratisbona (12 septiembre 2006):
l.c., 9-10.
[154] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr.
Dignitas personae sobre algunas cuestiones de
bioética (8 septiembre 2008): AAS 100 (2008),
858-887.
[155] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 3:
l.c., 258.
[156] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et
spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 14.
[157] Cf. n. 42: l.c., 278.
[158] Cf. Carta enc. Spe salvi, 35: l.c.,
1013-1014.
[159] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio,
42: l.c., 278.
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