1. “¡La paz esté con vosotros!”. En nombre
del Señor que irrumpe en el Cenáculo de Jerusalén al atardecer de la
Pascua, repetimos: “La paz esté con vosotros!” (Jn 20, 21). ¡Que el
misterio de su muerte y resurrección os consuele y dé sentido a toda
vuestra vida! ¡Que Él os guarde en la alegría de la esperanza! Porque
Cristo vive en su Iglesia; según su promesa está con nosotros todos los
días hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20). En el Santísimo Sacramento
de la Eucaristía, Él mismo se nos entrega y con Él nos dona la alegría
de amar como Él ama, pidiéndonos que compartamos su Amor victorioso con
nuestros hermanos y hermanas del mundo entero. Este es el mensaje de
gozo que os anunciamos, queridos hermanos y hermanas, al final del
Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía.
Bendito sea Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo que nos ha reunido
nuevamente, como en el Cenáculo, con María, Madre del Señor y Madre
nuestra, para hacer memoria del don supremo de la Santísima Eucaristía.
2. Convocados a Roma por Su Santidad el Papa Juan Pablo II, de venerable
memoria, y confirmados por Su Santidad Benedicto XVI, hemos llegado
desde de los cinco continentes para rezar y reflexionar juntos sobre la
Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. La
finalidad del Sínodo ha sido ofrecer al Santo Padre algunas propuestas
útiles para actualizar la pastoral eucarística de la Iglesia. Hemos
podido experimentar lo que la sagrada Eucaristía significa desde los
orígenes: una sola fe y una sola Iglesia, alimentada por un mismo Pan de
vida y en comunión visible con el sucesor de Pedro.
3. El diálogo fraterno entre obispos e invitados-oyentes, así como el
diálogo con los representantes ecuménicos, ha renovado nuestra
convicción de que la Sagrada Eucaristía no sólo anima y transforma la
vida de nuestras Iglesias particulares de Oriente y Occidente, sino
también las múltiples actividades humanas en los muy diversos medios en
los que vivimos. Experimentamos una profunda alegría al constatar la
unidad de nuestra fe eucarística dentro de la gran variedad de ritos,
culturas y situaciones pastorales. La presencia de tantos hermanos
obispos nos ha permitido experimentar de forma todavía más directa la
riqueza de nuestras diferentes tradiciones litúrgicas. Una riqueza que
hace resplandecer la profundidad del único misterio eucarístico.
Os invitamos a rezar con más fervor, hermanos y hermanas cristianos de
todas las confesiones, para que llegue el día de la reconciliación y de
la plena unidad visible de la Iglesia, en la celebración de la Santa
Eucaristía, en conformidad con la oración del Señor la víspera de su
muerte: “Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn
17, 21).
4. Profundamente agradecidos a Dios por el pontificado del Santo Padre
Juan Pablo II y por su última encíclica Ecclesia de Eucharistia, seguida
de la carta apostólica Mane nobiscum Domine, que abría el Año
eucarístico, pedimos a Dios que multiplique los frutos de su testimonio
y de su enseñanza. Nuestra gratitud va también a todo el pueblo de Dios
cuya proximidad y solidaridad hemos percibido durante estas tres semanas
de oración y de reflexión. Las Iglesias particulares en China, y sus
obispos que no han podido unirse a nuestros trabajos, han ocupado un
lugar especial en nuestros pensamientos y oraciones.
A todos vosotros, obispos, sacerdotes y diáconos, misioneros del mundo
entero, hombres y mujeres consagrados, fieles laicos y también a
vosotros hombres y mujeres de buena voluntad, responsables de los medios
de comunicación: ¡En nombre de Cristo Resucitado: paz y alegría en el
Espíritu Santo!
En escucha del sufrimiento del mundo
5. La Asamblea Sinodal ha sido un tiempo intenso de intercambios y
testimonios sobre la vida de la Iglesia en los diversos continentes.
Hemos tomado conciencia de las situaciones dramáticas y de los
sufrimientos causados por las guerras, el hambre, las diferentes formas
de terrorismo y de injusticia, que afectan a la vida cotidiana de
centenares de millones de seres humanos. Las explosiones de violencia en
Medio Oriente y en África nos han sensibilizado ante el olvido que sufre
el continente africano en la opinión pública mundial. Los desastres
naturales, que parecen hacerse más frecuentes, obligan a considerar la
naturaleza con más respeto y a reforzar los lazos de solidaridad con las
poblaciones afectadas.
No hemos permanecido en silencio ante los graves problemas causados por
la secularización, presente sobre todo en Occidente, que conducen a la
indiferencia religiosa y a varias manifestaciones de relativismo. Hemos
recordado y denunciado las situaciones de injusticia y de pobreza
extrema que proliferan por todas partes pero especialmente en América
Latina, en África y en Asia. Todos estos sufrimientos claman a Dios e
interpelan la conciencia de la humanidad. Ante ellos nos preguntamos:
¿en qué se transforma la aldea global de nuestra tierra, con un ambiente
amenazado que corre el riesgo de ir a la ruina? ¿Qué hacer para que, en
esta era de globalización, la solidaridad triunfe sobre el sufrimiento y
la miseria? Nuestro pensamiento se dirige también a los que gobiernan
las Naciones, para que, con diligencia, aseguren a todos el bien común y
promuevan la dignidad de cada persona, desde su concepción hasta su
muerte natural. Les pedimos que promuevan leyes respetuosas del derecho
natural respecto al matrimonio y a la familia. Por nuestra parte
continuaremos a participar activamente en el esfuerzo común para crear
las condiciones duraderas de un progreso real para toda la familia
humana, en el que a nadie falte el pan de cada día.
6. Hemos llevado estos sufrimientos y problemas a la celebración y a la
adoración eucarísticas. En nuestros debates, escuchándonos con hondura
los unos a los otros, nos ha emocionado y conmovido el testimonio de
mártires en varios puntos de la tierra que, como en toda la historia de
la Iglesia, no faltan en nuestros días. Los Padres sinodales han
recordado que, gracias a la Santísima Eucaristía, los mártires han
encontrado el vigor necesario para vencer el odio con el amor y la
violencia con el perdón.
“Haced esto en conmemoración mía”
7. La víspera de su pasión, “Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y
lo dio a sus discípulos diciendo: ‘Tomad, comed, esto es mi Cuerpo’.
Después, tomando una copa, dio gracias y se la pasó diciendo: ‘Bebed
todos de ella; porque esta es mi sangre, sangre de la alianza, que va a
ser derramada por la multitud en remisión de los pecados’” (Mt 26,
25-28); “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24-25). Desde
el inicio la Iglesia hace memoria de la muerte y resurrección de Jesús
con sus mismas palabras y sus mismos gestos en la Última Cena, pidiendo
al Espíritu Santo que transforme el pan y el vino en el Cuerpo y en la
Sangre del Señor. Con la Tradición constante de la Iglesia creemos
firmemente y enseñamos que las palabras de Jesús que el sacerdote
pronuncia en la Misa, por el poder del Espíritu, realizan lo que
significan. Realizan la presencia real de Cristo resucitado (CIC 1366).
La Iglesia vive de este don supremo que la reúne, la purifica y la
transforma en un solo Cuerpo de Cristo animado por un solo Espíritu (cf.
Ef 5, 29).
La Eucaristía es el don del Amor del Padre que ha enviado a su Hijo
único para que el mundo se salve por medio de Él (cf. Jn 3, 17); amor de
Cristo que nos ha amado hasta el extremo (cf. Jn 13, 1); amor de Dios
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5), que
clama en nosotros “¡Abbá, Padre!” (Ga 4, 6; Rm 8, 15). Así pues, al
celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, anunciamos con gozo la
salvación del mundo proclamando la muerte victoriosa del Señor hasta que
venga; y al comulgar de su Cuerpo, recibimos las “arras” de nuestra
resurrección.
8. Cuarenta años después del Concilio Vaticano II, hemos querido
verificar en qué medida los misterios de la fe se expresan y celebran
adecuadamente en nuestras asambleas litúrgicas. El Sínodo reafirma que
el Concilio Vaticano II ha puesto las bases necesarias para una reforma
litúrgica auténtica. Es importante cultivar sus frutos positivos y
corregir los abusos que se hayan introducido en la práctica litúrgica.
Estamos convencidos de que el respeto del carácter sagrado de la
liturgia pasa por una fidelidad auténtica a las normas litúrgicas de la
autoridad legítima. Que nadie se considere dueño de la liturgia de la
Iglesia. La fe viva, que reconoce la presencia del Señor, constituye la
primera condición para una celebración bella que culmine con el Amén
para gloria de Dios.
Luces en la vida eucarística de la Iglesia
9. Los trabajos del Sínodo se han desarrollado en una atmósfera de
alegría y de fraternidad, alimentada por la discusión abierta de los
problemas y el testimonio espontáneo de los frutos del año eucarístico.
La escucha y las intervenciones de nuestro Santo Padre Benedicto XVI han
sido para todos nosotros un ejemplo y una ayuda preciosa. Muchos
testimonios nos han hablado de hechos positivos y consoladores. Por
ejemplo la toma de conciencia de la importancia de la Misa dominical; el
aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en varias
partes del mundo; la experiencia fuerte de las Jornadas Mundiales de la
Juventud que han culminado en Colonia, Alemania; el desarrollo de
numerosas iniciativas para la adoración del Santísimo Sacramento
prácticamente en todo el mundo; la renovación de la catequesis del
Bautismo y de la Eucaristía a la luz del Catecismo de la Iglesia
Católica; el crecimiento de movimientos y comunidades que forman
misioneros para la nueva evangelización; el aumento de grupos de
monaguillos que dan la esperanza de nuevas vocaciones; y muchas otras
experiencias que suscitan nuestra acción de gracias.
En fin, los Padres sinodales desean que el Año eucarístico sea un inicio
y un punto de apoyo para una nueva evangelización, a partir de la
Eucaristía, de la humanidad en vías de globalización.
10. Deseamos que el “estupor eucarístico” (EE 6) lleve a los fieles a
una vida de fe cada vez más fuerte. Con este fin, las tradiciones
orientales, ortodoxas y católicas, celebran la Divina Liturgia, cultivan
la oración de Jesús, el ayuno eucarístico, mientras que la tradición
latina propone una “espiritualidad eucarística” que culmina en la
celebración e incluye también la adoración del Santísimo Sacramento
fuera de la Misa, las bendiciones eucarísticas, las procesiones con el
Santísimo Sacramento, y otras sanas manifestaciones de la piedad
popular. Esta espiritualidad será sin duda de lo más fecundo para
sostener la vida cotidiana y reforzar nuestro testimonio.
11. Damos gracias a Dios porque en varios países donde los sacerdotes
estaban ausentes o confinados a la clandestinidad, la Iglesia puede
ahora celebrar libremente los Santos Misterios. La libertad de
evangelizar y los testimonios de renovado fervor despiertan poco a poco
la fe en zonas profundamente descristianizadas. Saludamos con afecto y
alentamos a los que aún sufren persecución. Pedimos también que donde
los cristianos son minoría puedan celebrar el Día del Señor con toda
libertad.
Retos para una renovación eucarística
12. La vida de nuestras Iglesias está marcada también por sombras y
problemas que no hemos eludido. Pensamos ante todo en la pérdida del
sentido del pecado y en la crisis persistente de la práctica del
sacramento de la penitencia. Es importante que se redescubra su sentido
profundo: es una conversión y un remedio precioso dado por Cristo
resucitado para la remisión de los pecados (cf. Jn 20, 23) y el
crecimiento en el amor a Dios y a nuestros hermanos.
Es interesante subrayar que un número creciente de jóvenes, habiendo
recibido una catequesis adecuada, practican la confesión personal de los
pecados y muestran una sensibilidad a la reconciliación requerida para
recibir dignamente la santa comunión.
13. Por otro lado, la falta de sacerdotes para celebrar la Eucaristía
del domingo nos preocupa enormemente y nos invita a rezar y a promover
más activamente las vocaciones sacerdotales. Algunos sacerdotes se ven
obligados a multiplicar las celebraciones y los desplazamientos de un
lugar a otro para responder lo mejor posible a las necesidades de los
fieles, al precio de grandes fatigas. Merecen nuestra estima y
solidaridad. Nuestro agradecimiento se dirige también a los numerosos
misioneros cuyo entusiasmo en el anuncio del Evangelio permite seguir
siendo fieles al mandato del Señor de ir al mundo entero y bautizar en
su Nombre (cf. Mt 28, 19).
14. Por otro lado, estamos preocupados porque la falta del sacerdote
impide la celebración de la Misa, el Día del Señor. En los distintos
continentes que padecen esa falta de sacerdotes existen diferentes
formas de celebraciones dominicales. Por otra parte, la práctica de la
“comunión espiritual”, muy apreciada por la tradición católica,
ciertamente se podría y debería promover y explicar mejor, tanto para
ayudar a los fieles a mejorar la comunión sacramental, como para dar un
verdadero consuelo a los que, por diversas razones, no pueden recibir la
comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo. Creemos que esta práctica
ayudaría a las personas solas, en particular a discapacitados, ancianos,
prisioneros y refugiados.
15. Conocemos la tristeza de los que no pueden recibir la comunión
sacramental por causa de una situación familiar no conforme con el
mandamiento del Señor (cf. Mt 19, 3-9). Algunas personas divorciadas y
vueltas a casar aceptan con dolor no poder comulgar sacramentalmente y
lo ofrecen a Dios. Otras no entienden esta restricción y viven una gran
frustración interior. Aunque no estemos de acuerdo con su elección (cf.
Catecismo de la Iglesia Católica 2384), reafirmamos que no son excluidos
de la vida de la Iglesia. Les pedimos que participen en la Misa
dominical y escuchen frecuentemente la Palabra de Dios para que alimente
su vida de fe, de caridad y de conversión. Deseamos decirles que estamos
cercanos a ellos con la oración y la solicitud pastoral. Juntos pedimos
al Señor obedecer fielmente a su voluntad.
16. Hemos constatado también en ciertos ambientes una disminución del
sentido de lo sagrado que afecta no sólo a la participación activa y
fructuosa de los fieles en la Misa, sino también a la manera de celebrar
y a la cualidad del testimonio de vida que los cristianos están llamados
a dar. Tratemos de reavivar, a través de la Sagrada Eucaristía, el
sentido y el gozo de pertenecer a la comunidad católica, ya que en
ciertos países se multiplican los abandonos. La descristianización
reclama una mejor formación a la vida cristiana en las familias, para
que la práctica de los sacramentos se renueve y manifieste realmente el
contenido de la fe. Invitamos pues a los padres, pastores y catequistas
a movilizarse en un gran trabajo de evangelización y de educación a la
fe al inicio de este nuevo milenio.
17. Ante el Señor de la historia y ante el futuro del mundo, los pobres
de siempre y los nuevos, las víctimas de injusticias, cada vez más
numerosas, y todos los olvidados de la tierra nos interpelan, nos
recuerdan a Cristo en agonía hasta el final de los tiempos. Estos
sufrimientos no pueden ser extraños a la celebración del misterio
eucarístico, que compromete a todos nosotros a obrar por la justicia y
la transformación del mundo de manera activa y consciente, a partir de
la enseñanza social de la Iglesia que promueve la centralidad y dignidad
de la persona.
“No podemos engañarnos: es por el amor mutuo y, en particular, por la
solicitud que manifestaremos a los que están en necesidad por lo que
seremos reconocido como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13, 35;
Mt 25, 31-46). Este es el criterio que probará la autenticidad de
nuestras celebraciones eucarísticas” (Mane nobiscum Domine 28).
Seréis mis testigos
18. “Jesús, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó
hasta el extremo” (Jn 13, 1). San Juan revela el sentido de la
Institución de la Santísima Eucaristía por medio de la narración del
lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 1-20). Jesús se abaja a lavar los pies
de sus discípulos como signo de su Amor supremo. Este gesto profético
anticipa su abajamiento del día siguiente en la muerte de la cruz, que
redime el pecado del mundo y lava nuestras almas de toda mancha. La
Sagrada Eucaristía es el don del Amor, un encuentro con Dios que nos ama
y una fuente que mana vida eterna. Obispos, sacerdotes y diáconos somos
los primeros testigos y servidores de este Amor
19. Queridos sacerdotes, hemos pensado mucho en vosotros en estos días.
Conocemos vuestra generosidad y vuestros retos. En comunión con nosotros
vuestros obispos lleváis el peso del servicio pastoral cotidiano al lado
del pueblo de Dios. Anunciáis la Palabra de Dios procurando introducir a
los fieles en el misterio eucarístico. ¡Qué espléndida gracia la de
vuestro ministerio! Rezamos con vosotros y por vosotros para que juntos
seamos fieles al amor del Señor; os pedimos ser, con nosotros y
siguiendo el ejemplo del Santo Padre Benedicto XVI, “humildes obreros de
la viña del Señor”, con una vida sacerdotal coherente. Que la paz de
Cristo que dais a los pecadores arrepentidos y a las asambleas
eucarísticas, resplandezca sobre vosotros y sobre las comunidades que
viven de vuestro testimonio.
Con gratitud recordamos el empeño de los diáconos permanentes, de los
catequistas, de los agentes de pastoral y de numerosos laicos que
activamente trabajan en favor de la comunidad. ¡Pueda vuestro servicio
ser siempre fecundo y generoso, apoyados por una plena comunión de
intenciones y de acción con los Pastores de la comunidad!
20. Amados hermanos y hermanas, cualquiera que sea el estado de vida en
el que somos llamados a vivir nuestra vocación bautismal, revistámonos
de los sentimientos de Cristo Jesús (cf. Fil 2, 2) y compitamos en
humildad los unos con los otros a ejemplo de Jesucristo. Nuestra caridad
mutua no es solamente una imitación del Señor, es una prueba viva de su
presencia activa en medio de nosotros. Saludamos y damos las gracias a
todas las personas consagradas, porción escogida de la viña del Señor,
que testimonian gratuitamente la Buena Nueva del Esposo que viene (cf.
Ap 22, 17-20). Vuestro testimonio eucarístico de seguimiento de Cristo
es un grito de amor en la noche del mundo, un eco del Stabat Mater y del
Magnificat. Que la Mujer eucarística por excelencia, coronada de
estrellas e inmensamente fecunda, la Virgen de la Asunción y de la
Inmaculada Concepción, os mantenga en el servicio de Dios y de los
pobres, en la alegría de Pascua, para la esperanza del mundo.
21. Queridos jóvenes, el Santo Padre Benedicto XVI os ha dicho e
insistido que no perdéis nada dándoos a Cristo. Repetimos sus palabras
fuertes y serenas de la Misa de comienzo de su ministerio que os
orientan hacia la verdadera felicidad, respetando por completo vuestra
libertad: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo.
Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en
par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”. Confiamos
en vuestras capacidades y en vuestro deseo de desarrollar los valores
positivos del mundo y de cambiar lo que es injusto y violento. Contad
con nuestro apoyo y nuestra oración para que juntos nos enfrentemos con
el reto de construir el futuro con Cristo. Sois los “centinelas de la
aurora” y los “exploradores del futuro”. No dejéis de beber en la fuente
de la fuerza divina de la Sagrada Eucaristía para realizar las
transformaciones necesarias.
A los jóvenes seminaristas que se preparan para el ministerio sacerdotal
y que comparten con su generación las mismas esperanzas para el futuro,
les deseamos que su vida de formación esté impregnada de una auténtica
espiritualidad eucarística.
22. Queridos esposos cristianos y familias, vuestra vocación a la
santidad, como iglesia doméstica, se alimenta en la Mesa de la
Eucaristía. En el sacramento del matrimonio vuestra fe transforma la
unión conyugal en un templo del Espíritu Santo, en fuente fecunda de
nueva vida que engendra los hijos, fruto de vuestro amor. Hemos hablado
a menudo de vosotros en el Sínodo, porque somos conscientes de las
fragilidades y de las incertidumbres del mundo presente. No os
desaniméis en el esfuerzo por educar vuestros hijos en la fe. Sois el
semillero de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. No
olvidéis que Cristo habita en vuestra unión y la bendice con todas las
gracias que necesitáis para vivir santamente vuestra vocación. Os
animamos a conservar la costumbre de participar en familia en la
Eucaristía dominical. Alegráis así el corazón de Jesús que dijo: “Dejad
que los niños se acerquen a mí” (Mc 10, 14).
23. Deseamos dirigir una palabra especial a todos los que sufren,
especialmente a los enfermos y discapacitados que están unidos al
sacrificio de Cristo por su sufrimiento (cf. Rm 12, 2). Por el dolor que
sentís en vuestro cuerpo y en vuestro corazón participáis de manera
singular en el sacrificio de la Eucaristía, como testigos privilegiados
del amor que de ella deriva. Estamos seguros de que en el momento en el
que experimentamos la debilidad y nuestros propios límites, la fuerza de
la Eucaristía puede ser una gran ayuda. Unidos al misterio pascual de
Cristo, encontramos la respuesta a las cuestiones candentes del
sufrimiento y de la muerte, sobre todo cuando la enfermedad toca a niños
inocentes. Nos sentimos cercanos a todos vosotros pero especialmente a
los moribundos que reciben el Cuerpo de Cristo como viático para su
último paso al Reino.
Que todos sean uno
24. El Santo Padre Benedicto XVI ha reiterado el compromiso solemne de
la Iglesia con la causa ecuménica. Todos somos responsables de esta
unidad (cf. Jn 17, 21), pues somos miembros de la familia de Dios por
nuestro bautismo, hemos recibido la misma gracia y dignidad fundamental
y compartimos el inestimable don sacramental de la vida divina. Todos
sentimos el dolor de la separación que impide la celebración común de la
Santa Eucaristía. Queremos intensificar en las comunidades la oración
por la unidad, el intercambio de dones entre las Iglesias y las
comunidades eclesiales, así como los contactos respetuosos y fraternos
entre todos, para conocernos mejor y amarnos, respetando y apreciando
nuestras diferencias y nuestros valores comunes. Normas precisas de la
Iglesia determinan cómo hay que conducirse respecto a la comunión
eucarística de los hermanos y hermanas que no están todavía en plena
comunión con nosotros. Una sana disciplina impide la confusión y los
gestos precipitados que pueden obstaculizar aún más la verdadera
comunión.
25. Como cristianos nos reconocemos muy cercanos a todos los otros
descendientes de Abraham: a los judíos, herederos de la primera Alianza,
y a los musulmanes. Al celebrar la sagrada Eucaristía, nos consideramos
también, como dice San Agustín, “sacramento de la humanidad” (De civ.
Dei, 16), voz de todas las oraciones y súplicas que suben de la tierra
hacia Dios.
Conclusión: una paz llena de esperanza
Amados hermanos y hermanas, 26. Damos gracias a Dios por esta XI
Asamblea Sinodal, que nos ha hecho volver a la fuente del misterio de la
Iglesia, cuarenta años después del Concilio Vaticano II. Terminamos así
felizmente el Año de la Eucaristía, confirmados en la unidad y renovados
en el entusiasmo apostólico y misionero.
A comienzos del siglo cuarto, el culto cristiano aún estaba prohibido
por las autoridades imperiales. Los cristianos del norte de África,
vinculados con fuerza a la celebración del Día del Señor, desafiaron la
prohibición. Murieron mártires declarando que no podían vivir sin la
celebración dominical de la Eucaristía. Los 49 mártires de Abitinia,
unidos a tantos santos y beatos que han hecho de la Eucaristía el centro
de sus vidas, interceden por nosotros al inicio del nuevo milenio. Nos
enseñan la fidelidad al encuentro de la Nueva Alianza con Cristo
resucitado.
Al final de este Sínodo, experimentamos la paz llena de esperanza que
los discípulos de Emaús, con el corazón encendido, recibieron del Señor
resucitado. Se levantaron y volvieron apresuradamente a Jerusalén para
compartir su alegría con sus hermanos y hermanas en la fe. Os deseamos
que vayáis alegremente a su encuentro en la Santa Eucaristía y que
experimentéis la verdad de su palabra: “Y yo estoy con vosotros hasta el
fin del mundo” (Mt 28, 20).
¡Queridos hermanos y hermanas, la Paz esté con vosotros!
Tomado del sitio web
www.vatican.va