11/4/1915
Hija querida del Padre celestial:
Su corazón es siempre el templo del Espíritu Santo. Que Jesús visite su espíritu y la
consuele y la sostenga y saque del estado de desolación extrema en que la bondad de su
Padre ha querido colocarla. Así sea. Perdone mi atrevimiento al permitirme dirigirle esta
pobre carta mía sin haberle conocido nunca personalmente, porque debe saber que hace
muchos años ruego al Divino Maestro darme a conocer ante El su alma y sus designios
divinos sobre Ud. También ha sido beneplácito suyo manifestarme el estado actual en que
Ud. se encuentra y El mismo me manda escribirle esta carta para que con ella reciba
consuelo.
Que sea siempre bendito El también en esto. Hago votos
ardientísimos al Señor para que la presente le sirva de mucho alivio y de total
seguridad. Ahora Jesús me hace saber que no tema el amplio estado espiritual por la
crisis actual que atraviesa, ya que todo resultará a gloria suya y al perfeccionamiento
de Ud. El quiere que deje y abandone todos esos temores que tiene acerca de la salvación
eterna, que no aumente esas sombras que el demonio va haciendo cada vez más densas para
atormentarla y separarla de Dios si eso le fuera posible. Su desolación actual no es que
Dios la abandone, ya que su divina misericordia la va haciendo cada vez más acepta:
El
permite todo esto para asemejarla a su Hijo divino en las angustias del desierto, del
huerto y de la cruz. Lo mejor que puede hacer es aceptar con alegría y serenidad
la prueba presente sin desear verse liberada. Humíllese bajo la poderosa y paternal mano
de Dios, aceptando con sumisión y paciencia las tribulaciones que le envía para que
pueda exaltarla dándole su gracia cuando El la visite.
Que toda su solicitud en medio de las tribulaciones, que la invaden totalmente, se centre
en un abandono total en los brazos del Padre celeste, ya que El tiene sumo cuidado para
que su alma, tan predilecta, no sea sometida al poder de Satanás.
Humíllese,
pues, ante la Majestad de Dios y dele gracias
continuamente, a tan
buen Señor, de tantos favores con lo que sin cesar enriquece su alma de Ud. y
confíe cada vez más en su divina Misericordia. No tema, vuelvo a repetirle en el Señor,
quien le ha ayudado hasta ahora continuará hasta su salvación.
Ud. se salvará; el enemigo se revolcará en su rabia, siendo cierto que la misma mano que
la ha sostenido hasta ahora, haciéndole enumerar infinitas victorias, continuará
apoyándola hasta aquel instante en que su alma se oirá invitada por el Esposo celeste:
"ven, esposa mía, recibe la corona que te he preparado desde la eternidad."
Confianza ilimitada en el Señor debe tener pensando que el premio no está lejos: no
pasará mucho tiempo sin que se realice en Ud. lo dicho por el profeta:
"entre
las tinieblas resplandecerá la luz" y luz en verdad es su actual
desolación, luz que proviene de una singularísima gracia que no a todas las almas que
caminan al cielo concede el Señor. Más aún, son poquísimas las almas que se hacen
dignas de tal merced.
Ahora me parece que legítimamente puede ponerme esta objeción: Si es ésta una gracia
-como Ud. Dice- y toda gracia da luz al alma, por qué a mí en vez de luz me trae
tinieblas.? Esta réplica sería aceptable si se tratase de gracias de orden inferior,
quiero decir de aquellas gracias que el Señor suele conceder a todos. Aquí, en cambio,
el caso es muy diferente y yo hablo precisamente de Ud. La gracia del Señor de que se
halla penetrada, sublimará su alma hasta la unión perfecta de amor. Ahora bien,
el
alma, antes de llegar a esta unión, y diré a esta así transformación en Dios o casi
Dios por participación, necesita que sea purificada de sus defectos y de todas sus
inclinaciones hacia las cosas materiales y sobrenaturales, y esto no sólo en
cuanto a sus actos, sino también en cuanto a sus raíces en la mayor medida posible
durante la vida presente. Necesita que sea despojada de toda potencia y de toda
inclinación natural a fin de poder ser elevada a obrar de otro modo más divino que
humano. Para obrar todas estas maravillas es necesario que una causa aflictiva interior
las realice, y no es otra la gracia singularísima de que acabo de hablar y con la que el
Señor la regala. Ahora bien, toda gracia produce luz, mejor dicho, es luz y, por
consiguiente, cuanto más elevada es una gracia, tanto más sublime es su luz. Y
ya que la gracia con que el Señor la ha enriquecido al presente es tan alta y sublime que
tiende directamente a transformar el alma en una sola cosa con Dios, la luz que trae
consigo es tan altísima que, penetrando el alma de modo trabajoso y desolador, la coloca
en extrema aflicción y angustia interior de muerte. Y esto proviene de que
esta
gracia que produce luz tan sublime encuentra al principio el alma indispuesta para la
unión mística y la penetra en forma purgativa y, por consiguiente, en lugar de
iluminarla la obscurece; en lugar de consolarla la hiere, llenándola de grandes
sufrimientos en el apetito sensitivo y de graves angustias y sufrimientos espantosos en
sus potencias espirituales. Y así, cuando dicha luz, con estos medios, ha purgado
el alma, la penetra entonces de forma iluminativa y la hace ver y la lleva a la unión
perfecta con Dios.
También Santa Teresa fue sometida a tan durísima prueba: también ella experimento, y
tal vez de modo bastante más penetrante que Ud., el efecto de esta luz purísima, que le
hacía ver a Dios en lontananza sin tener posesión efectiva alguna, por lo que estaba
transida de un dolor tan agudo que la hacía morir. Pero fue precisamente esa luz, que
después de haberle purificado el espíritu con tan agudas puñaladas, lo unió finalmente
a Dios con perfecto amor. El ejemplo de esta santa, mártir de amor, sírvale de estímulo
y le haga combatir con fuerte ánimo para que, como ella, pueda obtener el premio a las
almas generosas.
Comprendo muy bien que el encuentro es duro, penosísima la lucha, pero anímese
pensando que el mérito del triunfo será y ande, la consolación inefable, la gloria
inmortal y la recompensa eterna.
Termino recomendándole que viva tranquila porque nuevamente asegura Nuestro Señor Jesús
Cristo que no hay lugar a tener miedo. Ensanche su corazón y deje al Señor que obre en
Ud. libremente.
Ruegue por mí, que continuamente la recuerdo ante el Señor. Que Jesús la consuele
siempre.
Un pobre
sacerdote capuchino.
Mis queridísimos hijos:
¡La gracia del Señor sobreabunde en
vuestros corazones transformándolos totalmente en El! Recibo con indecible
consolación vuestra carta rebosante de filial afecto y me anima a ser sincero siempre con
vosotros y a no dejar de amonestaros con franqueza en lo que os veo defectuosos. Dios sea
bendito, carísimos hijos, por la santísima bondad que prodiga a esas vuestras almas que
mi corazón ama verdadera e incomparablemente como a mí mismo. En primer lugar tengo que
congratularme con vosotros de la constancia que tenéis en el servicio del Señor.
Esta vuestra constancia me hace esperar que, reconociendo vuestros defectos, en los que
habitualmente caéis sin determinada y deliberada voluntad, os resolveréis a extirparlos
con la asistencia de la gracia divina que os sobreabunda. ¿,Cuáles son, pues, los
defectos que os reconocéis y que han echado raíces en alguno de vosotros, aunque no en
todos? No me modero en notificároslos. Sé que entre vosotros los hay que han olvidado
prontamente la gran estima que se debe a quien tiene sobre ellos la dirección inmediata.
Se responde con arrogancia a esta dirección y, lo que es peor, se hace uno el sordo
cuando es reprendido por alguna travesura. Referente a esto, tengo que lamentarme
vivamente con los culpables. A ésos no les recuerdo otra cosa, ni les reprendo, más que
la solemne promesa que me hicieron momentos antes de separarse de mí. Tengo la esperanza
de que no volverán a caer en semejantes faltas. Todo me hace esperar la confianza total
que tengo en Dios y la gran estima que me tienen estos queridos muchachos. Aparte de esto
que os he comunicado no tengo motivos más que para congratularme con vosotros. Veo que
vuestros corazones están siempre llenos de buenos deseos y esto me hace esperar que os
entregaréis con todas vuestras fuerzas a corregiros de lo que os he manifestado en esta
carta y también de todo aquello que os dije mientras fui vuestro director. Sé que os
entristeceréis porque no podréis corregiros eficazmente de vuestras imperfecciones, pero
debéis haceros fuertes, carísimos hijos, y recordad lo que tan a menudo os he repetido
sobre el particular, o sea, que debéis trabajar igualmente en la práctica de la
fidelidad a Dios para renovar vuestros propósitos con la misma frecuencia con que los
transgredís y estando de sobre aviso para reconocer vuestra miseria y así no
transgredirlos. Tened mucho cuidado de vuestros corazones para purificarlos y
fortalecerlos a medida del número y magnitud de las inspiraciones que recibáis. Elevad
frecuentemente vuestras almas a Dios; leed buenos libros con la mayor frecuencia que
posible os sea, pero con mucha devoción; sed asiduos en la meditación, en las oraciones
y en el examen de conciencia varias veces al día. Amad mi alma, que ama perfectamente la
vuestra; y encomendadme siempre a la divina piedad como incesantemente hago por vosotros.
No
penséis jamás, mis queridísimos hijos, que la distancia del lugar separe las almas que
Dios ha unido con el vínculo de su amor. Los hijos del siglo se encuentran todos
separados los unos de los otros, porque tienen el corazón en distinto lugar; pero los
hijos de Dios, teniendo el corazón donde tienen su tesoro y no teniendo todos más que un
mismo tesoro, que es el mismo Dios, están, por consiguiente, siempre
unidos...
Padre
Pío, Capuchino
17/11/1914
Jesús
la consuele siempre y la guarde en su santo amor. Así sea. Bendigo, amo y ruego siempre
al Señor y en todo momento de mi vida le doy las gracias por tantos favores como ha
concedido a Ud. y a su hermana. Sea, por siempre, jamás, bendecido el Padre de los
huérfanos por haber devuelto en su bondad la vida a Juana. No les oculto el peligro
extremo que corrió: fue arrebatada de las fauces de la muerte: había sido destinada a
unirse con sus padres allá arriba. Solamente las numerosas oraciones pudieron suspender
la ejecución. Les digo esto no para despertar en Ud. espanto y terror y sí para
excitarles al agradecimiento y a una mayor confianza en el Autor de todo bien. ¡Cuán
bueno es nuestro Dios! El quiso evitarles semejante desgracia. Vuelvo a exhortarles a
confiar siempre en Dios y a no abandonarse a sí mismas como por desgracia suele ocurrir:
No
den lugar a la tristeza en el alma que impide la libre operación del Espíritu Santo.
Entristezcámonos, sí, pero con santa tristeza al ver el mal que tanto se propaga y las
muchas almas que apartaban de la fe. Ese no querer someter el propio juicio al de los
demás, ni siquiera al del muy experto en la cuestión, es signo de poca docilidad y signo
de soberbia. Uds. mismas lo reconocen, Uds. mismas están de acuerdo. Pues bien, anímense
y eviten el caer en ello; sean todo ojos al respecto; el Señor está con Uds. atento
siempre a escuchar sus secretas confidencias.
Si yo realmente he presionado y presiono al Corazón del Padre celestial por la salud de
Juana y por la de Uds., El lo sabe. La curación perfecta de la enfermedad que martiriza a
la pobre Juana no serviría a dar gloria a Dios, ni a la salvación de su alma, ni a la
edificación de las personas que viven del espíritu de Jesús; por lo cual no puedo
continuar, no puedo importunar más a su divina Majestad para que se la conceda. Rezaré,
sí, y no la olvidaré, dondequiera que esté y en cualquier estado que me encuentre, para
que el Señor quiera concederle habitualmente la salud que necesita para cumplir su
oficio. Tengo la esperanza de que el Señor, siempre bondadoso, no rechazará la oración
de su siervo y de que me concederá en favor de la pobre enferma más aún de lo que me
atrevo a pedirle. El otro motivo por el cual me retraigo de pedir la curación perfecta de
Juana, es porque su enfermedad le sirve de medio muy eficaz en el ejercicio de la virtud,
y yo no puedo privar a esta alma generosa de tantos tesoros, por una piedad y un
amor que Uds. entienden equivocadamente. Y Ud. recuerde que si hoy se encuentra
en el buen camino es por aquella gracia que la Virgen de Pompeya le obtuvo en favor de su
hermana. Consideren esto y no pretendan lo que el Señor no querría ni haría, porque se
trata de imperfección en la fe por parte de Uds. Piensen en lo que les he dicho; que el
Señor sé lo haga comprender. Manténganse fuertes en la fe y quedarán rechazadas todas
las malas artes del enemigo. Esta es la advertencia que nos da San Pedro, Príncipe de los
apóstoles: "Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario el diablo, como
león rugiente, os acorrala buscando presa; resistidles firmes en la fe," y
para dar mayores ánimos añade: "Sabiendo que lo mismo tienen que sufrir vuestros
hermanos que pueblan el mundo." Sí, querida, en el momento de la lucha recuerden su
fe en las verdades cristianas y de modo singular reaviven su fe en las promesas de vida
eterna que el Señor ha hecho a quienes combatan con ánimo y fortaleza. Que les infunda
ánimo y valor el saber que no se está solo cuando se sufre, ya que todos los cristianos
del mundo sufren las mismas penas y se hallan expuestos a las mismas tribulaciones.
Recordemos también que el destino de las almas elegidas es el sufrimiento,
condición a la que Dios, autor de todo y de todos los dones conductores a la salvación,
ha fijado para darnos la gloria.
Arriba los corazones llenos de confianza en solo Dios. Humillémonos bajo su mano
poderosa, aceptando con buena cara las tribulaciones que nos manda, para que pueda
exaltarnos el día de su llegada. Toda nuestra solicitud la ponemos en su amor más de lo
que se pueda decir o imaginar.
Padre
Pío, Capuchino
San Giovanni
Rotondo, 3-9-1918.
Carísimo :
Que Jesús te conforte y esté siempre contigo.
Recibo tu carta en la que me describes tus imperfecciones y tus penas, y querría poder
aliviarte y enviarte algún remedio a tu enfermedad. Pero, hijo mío, siento no poder
hacerlo como seria mi deseo, porque ni el tiempo me lo permite ni me acompañan las
fuerzas ni físicas ni morales. Me encuentro muy mal y me doy cuenta de haber llegado a
ser superlativamente pesado a mí mismo.
La mayor parte de lo que me dices y de lo que silencias no necesita, de ordinario, más
remedio que el paso del tiempo y de los ejercicios practicados según la regla bajo la
cual se vive.
Hay igualmente algunas enfermedades físicas cuya curación no se consigue tomando
medicamentos y sí, con modo idóneo de vivir. El amor propio, la propia estima,
la falsa libertad de espíritu, son raíces que no pueden arrancarse del corazón
facilmente; pero puede impedirse que produzcan sus frutos, que son los pecados.
Porque sus brotes y salidas, o sea las primeras sacudidas y primeros movimientos,
no pueden impedirse del todo mientras estamos en este mundo; pero se puede, y en esto
debemos poner todo nuestro cuidado, moderar y disminuir su ímpetu y manera con la
práctica asidua de la virtud contraria y particularmente de la humildad, de la obediencia
y del amor a Dios.
Hay que tener paciencia, pues, y no desanimarse por cualquier imperfección o porque se
cae en ella frecuentemente sin quererlo. Quisiera tener un buen martillo para romper la
punta de tu espíritu, que es demasiado sutil en los pensamientos de tu avanzar
espiritual. Pero te lo he dicho muchas veces, querido, y te lo repito otra más:
en
la vida espiritual hay que caminar con gran confianza.
Si obras bien, alaba y dale gracias al Señor por ello; si te acaece obrar mal,
humíllate, sonrójate ante Dios de tu infidelidad, pero sin desanimarte; pide perdón,
haz propósito, vuelve al buen camino y tira derecho con mayor vigilancia. Ya sé muy bien
que no quieres obrar mal dándote cuenta; y las faltas que cometes inadvertidamente sólo
deben servirte para adquirir humildad.
No temas y no te angusties con las dudas de tu conciencia, porque ya sabes que obrando con
diligencia y haciendo tú cuanto puedas, sólo te queda pedirle a Dios su amor, ya que El
no desea otra cosa que el tuyo.
Practica cuanto has aprendido de mí y otros; no temas y procura cultivar con tu amor, con
diligencia, la suavidad y la humildad interior. Había prometido ir ahí a pasar unos
meses y poder veros a todos y deciros cosas hermosas de Jesús; y confortaros y
confirmaros en las santas resoluciones; pero conviene renunciar, aun sintiéndolo mucho,
por ahora, a causa del motivo arriba expresado. Por ahora, Jesús no me lo permite y fiat!
Cumpliré la promesa en cuanto el Señor lo quiera. Pido continua y ardientemente al cielo
mil bendiciones para ti y para nuestros hermanos, y sobre todo para que seas humilde y
manso de corazón, y para que aproveches de las pruebas a que piadosamente te somete el
Señor, recibiéndolas amorosamente por amor a quien por el nuestro toleró tantísimas.
Salúdame a todos, os abrazo a todos. Salúdame a Fray Marcelino y dile que recibí su
tarjeta y se lo agradezco de corazón, y si necesita algo de mí antes de que vaya yo
ahí, que me escriba tan sólo.
Padre
Pío
Muy
Rvdo. Padre:
La paz del
dulcísimo Jesús esté siempre en su corazón y su santísima gracia le haga santo. Su
alma es muy acepta al Padre Celeste; por eso le ruego que no tema, pues no hay motivo
alguno. Agradezcamos a la Piedad del Señor por haberle hecho digno de su respeto. En
cuanto al estado de aquellas almas por las que se ha interesado preguntándome: He aquí
lo que el tiernísimo Jesús se ha designado darme a entender. Aquella alma que vivió
pecadora fue vencida al fin de su vida por la divina gracia. De aquellas otras dos almas
el Señor nada ha dicho hasta el presente. ¡Qué bueno es, querido Padre, nuestro tiernísimo
Jesús! ¡Oh si todos los hombres comprendiesen su Amor!
Encomiéndeme al
Señor.
Un pobre
frailecillo.
Mi queridísima
Hija:
Continua
poseyéndote toda Jesús, y mirándote como elegida. Recibo la tuya y he comprendido todo,
y lo he comprendido todo en toda su verdad, expresada con tanta exactitud y claridad y sin
contrariarla en nada. Por eso puedes y debes estar tranquila en lo referente a esa duda
que te preocupa y trastorna. Ya no es la Justicia, mi buena hija, es el Amor crucificado
que te crucifica y te quiere asociada a sus amarguísimas penas y sin más apoyo que el de
las angustias de la desolación. La justicia nada tiene que vengar en ti, pero sí en
otros, y tú, víctima, debes por los hermanos aquello que falta todavía en la Pasión de
Jesucristo. Esta es la verdad y sólo la verdad. No te afanes buscando a Dios
lejos de ti: está dentro de ti, contigo, en tus gemidos, mientras le buscas está como
una madre que incita a su hijito a que la busque y ella se encuentra detrás y con sus
manos le impide que llegue.
Desgraciadamente comprendo las angustias de tu estado; se asemejan a las del infierno,
pero no te preocupes, no te asustes. Además no sé qué aconsejarte, hijita, para aliviar
tu martirio; y es inútil porque el Omnipotente te quiere en holocausto. Sólo te aconsejo
que imites a Isaac en manos de Abraham y que esperes contra toda esperanza.
Los
mártires no sólo sufrieron sino que murieron en el dolor y no encontraron a Dios más
que en la muerte. No temas de ningún modo las vejaciones de Satanás: nada
podrá El contra quien está sostenido de modo singular por la gracia vigilante del Padre
celeste. Debe bastarte saber que en este furioso asedio tu alma no ofende a Dios y le da
además la más hermosa prueba de su felicidad, al mismo tiempo que va embelleciéndose a
los ojos divinos. Esta es la verdad, y si dijera otra cosa no sería cierto. Guárdeme el
Señor de caer en tamaño desatino. Quisiera también que durante la tempestad gritases
siempre: ¡Señor, sálvame,! para que no te hagas acreedora al reproche: "Alma de
poca fe, por qué has dudado.?" Déjate, pues, llevar, arrastrar y tragar por la
tempestad, que en el fondo del mar encontrarás, como Jonás, el Señor que te salva.
Cuando me escribas cuéntame también el sueño que tuviste.
Te agradezco cuanto haces por mí ante el Altísimo. Y ahora, qué diré, hija, de mí? Estoy siempre colgado en el duro patíbulo de la cruz
sin ayuda y sin descanso. Mi alma va muriendo en su dolor, sin el consuelo de poder ver un
día el rostro de Dios que con tanta ansia se busca y nunca se encuentra.
¡Ay de mí! Qué podré hacer para alcanzar la gracia de aquel Dios que tal vez rechacé
y del que justamente soy rechazado., ¡Dios mío!, no soy capaz de decir otra cosa.
La plenitud del dolor me mata y me hace perder el sentido. Ayúdame con tus plegarias ante
el Señor, para que la prueba resulte agradable a Dios y sirva de rehabilitación a mi
alma. Me encuentro levantado no sé como en el ara de la Cruz desde el día de la fiesta
de los santos Apóstoles, sin jamás descender ni por un instante. Anteriormente era
interrumpido el suplicio algún instante, pero desde aquel día, hasta aquí, el
sufrimiento es continuo sin intemipción alguna. Y este penar va siempre en aumento.
¡Fiat!
Te bendigo con paternal cariño y a ti me encomiendo.
Padre
Pío
San Giovanni Rotondo, 21-7-1918.
I. M. F. P.
Siento como mías
todas sus aflicciones. El verle tan conmovida me mueve espontáneamente a decir al Señor
que mande al enemigo, que desista del feroz asedio, o que le dé a Ud. más fortaleza para
resignarse con suavidad a su voluntad santísima.
Mientras me aflijo y ruego de esta manera, siento una alegría espiritual al considerar el
singularísimo amor que Jesús le tiene. Señal cierta de este amor es la tempestad que
ruge sobre su cabeza y que la va transformando por entero. No crea que ésta es una
condición personal; Es Dios mismo quien advierte que la tentación es una prueba de que
el alma se está uniendo con Dios: "Hijo, si te aprestas a servir a Dios,
prepara tu alma a la tribulación."
El que se vea perseguida quiere decir que está en el camino del servicio divino y cuanto
mas amiga y fiel sea de Dios tanto más arreciará contra Ud. la tentación. La
tribulación es señal clarísima de que el alma está unida a Dios: "Con El estoy en
la tribulación." Todo lo que rodea a su alma de desalentador no puede ser que Dios
castigue sus comuniones y confesiones mal hechas, ni por otras prácticas de piedad
realizadas sin cuidado; créame, esos pensamientos son verdaderas y clarísimas
tentaciones que debe desechar lejos de Ud. porque no es verdad de ninguna forma que ofenda
a Dios, ya que el mismo Señor con su gracia vigilante la preserva. Cuando el alma gime y
tiene miedo de ofender a Dios no le ofende, está lejísimo de tal cosa. La gracia divina
está con Ud. y el Señor la quiere muchísimo. Las sombras, los temores, las
persecuciones contrarias con artefactos diabólicos que debe despreciar Ud. en nombre de
Jesús. No dé oídos a estas tentaciones. Pertenece al enemigo el hacer creer que nuestra
vida pasada esté totalmente sembrada de pecados. Escúcheme, la conjuro de parte de
Jesús que procure sentir que precisamente esto es lo que dice el Esposo del alma y que yo
le digo ser su presente estado: Un efecto de su amor para con Dios y una prueba del
incomparable amor de Dios para Ud. Rechace todos esos temores, no aumente las sombras que
el enemigo va haciendo cada vez más densas para atormentarlas y alejarla si le fuera
posible hasta de la comunión diaria. Consuélese y alégrese sabiendo que el
Padre celestial permite estos ataques del enemigo para que su misericordia la asemeje más
a su divino Hijo en las angustias del desierto, del huerto y de la cruz; si, el Padre
celestial quiere que se asemeje a su Unigénito, que habiendo asumido sobre sí la
iniquidad de los hombres fue atormentado de manera terrible e inefable. Esté,
pues, agradecida, porque la trata como alma predilecta, que pueda seguir de cerca a Jesús
por la cuesta del calvario; y yo veo con emoción y alegría vivísimas en mi corazón
esta manera de obrar de la gracia de Dios con Ud., queridísima hermana del
corazón.
Padre Pío
Queridísima
hija:
Jesús te bendiga,
sea siempre el Rey de tu corazón y te trate como le agrade protegiendo tu alma en la
durísima prueba espiritual, que si es prueba efectiva, también será prueba amorosa.
Constantemente elevo oraciones al Señor por ti: Te ruego estés firme, segura, constante,
que permanezcas inmutable contra cualquier prueba y persuasión contraria: No temas,
vuelvo a decirte, hija mía. Permanece en las aseguraciones que te he hecho y que te hago
en el dulcísimo Jesús. El está contigo y se complace en tu alma y tú ámalo y sírvelo
con fidelidad y delicadeza sin que tú lo sepas y lo conozcas.
No ofendes en modo alguno al Señor; más bien lo quieres con un amor grandísimo, y es
por esto por lo que el Señor ha puesto su mirada de suma complacencia sobre ti. El te ama
con predilección, y es precisamente por esto que te va sometiendo a todas las pruebas de
su dolorosísima pasión. Así pues, hija mía, es tu estado admirable desde todos los
puntos de vista. Resígnate y fortalécete por las consideraciones de lo que te digo y que
te vienen hechas por quien ocupa el lugar de Dios y que te ama inmensamente en El. Que te
sea suficiente, queridísima hija, estas consideraciones y perdóname si no me extiendo
más como desearía, porque también yo me encuentro herido por la epidemia. ¡Qué
contento estaría yo si esta enfermedad fuese propicia a darme el último golpe de
gracia!, mas es inútil esperarlo. Hay que continuar viviendo y por mucho tiempo
todavía, para poder apurar enteramente el cáliz de Getsemaní hasta las últimas gotas y
exhalar el último suspiro de vida en el Calvario entre el abandono de todo y de todos.
Mis sufrimientos interiores crecen y crecen cada vez más sin el menor descanso. Pero te
suplico que no te aflijas en demasía por esto, sabiendo que así lo quiere el Señor,
porque así desea ser amado de sus criaturas.
No deseo otra cosa, pues, de ti, sino que como una nueva María asistas al crucificado con
tus oraciones y sufrimientos y ofrezcas las penas de El a la divina justicia para que un
día tenga misericordia de mi.
Acabo de recibir noticias de casa que me hacen saber que he perdido una hermana y un
sobrino, y que mi madre se encuentra también ella en triste estado. Te dejo que supongas
el desgarro de mi alma y de mi corazón, y no me queda más que hacer y repetir con Job:
"Dios
me lo dio, Dios me lo quitó, sea bendito su santo nombre." Una oración por
la pobre difunta y otra por mi madre a fin de que sea apartada de la muerte, si a Dios le
place, y que El de a todos la santa resignación.
Te bendigo con todo afecto.
Padre
Pío
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